Pexels

La vida sigue... La vida siempre sigue, pero muchas veces sin que nos apetezca nada, tardamos en volvernos a enganchar a los valores que nos mantienen con futuro cuando esté de repente se trunca.

Queremos predecir lo que pasará y dedicamos muchísima energía a establecer una estabilidad que nos de la tranquilidad del mar en calma, pero a veces el tiempo cambia, a veces vienen olas y otras veces aparecen tsunamis que nos destruyen no sólo lo construido sino lo que teníamos cimentado, incluso lo imaginado que nos mantenía con ilusión y nos motivaba a levantarnos cada día por la mañana. Entonces es cuando necesitamos la resiliencia.

Artículo recomendado:  "Los 10 hábitos típicos de las personas resilientes"

Resiliencia: una virtud para afrontar las malas rachas

¿Qué hacer cuando atravesamos un mal momento? La alternativa es tan simple que resulta cruel, la alternativa es seguir viviendo, porque vivir también es sufrir, es avanzar sin ganas, es desconcierto, miedo, rabia...

Nos tenemos que dar permiso para esta etapa, al fin y al cabo es una  fase lógica del duelo.

La sociedad nos llena el plan de vida de un montón de premisas que debemos cumplir para ser feliz y que además parece que sino lo hacemos nos culpabilizan por elegir ser unos insatisfechos, como si el estado emocional pudiese programarse y mantener activo en modo alegría hasta que tú decides modificarlo. Por desgracia, esto no es así.

¿Cómo afrontamos un proceso de pérdida o una etapa triste?

En cuanto a cómo encaramos estos momentos de bajo ánimo, suceden muchas cosas diferentes.  Algunas personas que creen en ello y por suerte su mar está en calma, pueden permitirse mirar otras lagunas, plantearse que pueden venir marejadas o algún temporal inesperado o que ahora que el mar está tranquilo es una pena no disfrutarlo teniendo alguien más con quien estar, un trabajo mejor, una nariz más pequeña...

Otros son deportistas de élite en esta disciplina, continuamente sortean ola tras ola, sin tiempo para disfrutar la calma, simplemente se ocupan de solventar todo lo que llega sin prestar atención a nada y al menos mientras dura esa etapa tan ajetreada no sienten demasiado el malestar, que sin embargo notan después como una resaca física y emocional, proporcional a la vorágine en la que ha estado inmersa.

Otras personas se acostumbran a vivir con malestar, pero con la sensación permanente de ser responsables, esto les tranquiliza les da al menos sensación de control, pero el mar tampoco puede controlarse como si se tratase de la piscina de mi casa, así que de manera inesperada, sin merecerlo, sin predecirlo, nos destroza la vida un temporal y... ¿qué hago después?

Aprendiendo a vivir de otra manera

Esta es la más complicada de las situaciones, en las que el dolor es tan intenso que todo a tu alrededor pasa a un segundo plano, en el que cualquier comentario quejoso por algo que a ti te resulta una banalidad te ofende, y te sumerge en el silencio de la incomprensión y de la  tristeza.

Se suele decir que los dolores más amargos son íntimos, duelen tanto que no queremos exponernos a la doble victimización de la incomprensión y callamos, oyendo como un ruido molesto las grandes dificultades que encuentran otros a su día a día y que tu darías demasiado por intercambiar.

En ese momento en el que llegas a la conclusión que una sola frase tuya, un titular de tus desgracias, minimizaría por completo sus problemas, te cargas de ira y lo gritarías, para decidir optar de nuevo por el silencio, no compensa, al final no compensa... Y es ahí cuando necesitamos herramientas para poder salir del atolladero. La herramienta clave es la resiliencia, una aptitud que se puede mejorar y que nos impulsa a ser capaces de salir bien parados de las situaciones más adversas

Así pues, ¿cómo reforzar nuestra capacidad de resiliencia?

Lo más eficaz para desarrollar la resiliencia es adoptar una serie de hábitos y actitudes, además de establecer ciertas pautas de autodescubrimiento, como las siguientes:

  • Identificar qué estás experimentando a nivel emocional.
  • identificar las somatizaciones que reflejan lo que sientes en tu cuerpo.
  • Cuestionarte qué harías en ese momento sino te sintieses así y tratar de llevarlo a cabo.
  • Cargar de sentido cada acción que lleves a cabo.
  • Actuar para mejorar tu vida a largo plazo y no para eliminar el malestar que sientes.
  • Observar tu patrón de respuesta automático.
  • Crear una lista alternativa de diferentes estrategias para afrontar el malestar.
  • Decidir cuáles de ellas sirven para eliminar malestar y cuáles son para construir una vida que compensa.
  • Comenzar a elegir de una manera consciente cada decisión que habitualmente se toma de manera impulsiva.
  • Permitirse equivocarse, aceptar el malestar es el mayor aprendizaje y aumenta la tolerancia convirtiéndonos en personas más libres.

Aprendiendo a relativizar

Uno de los aspectos más importantes de la resiliencia consiste en tener claro que, queramos o no, nunca seremos capaces de realizar apreciaciones totalmente objetivas acerca de la realidad. Este hecho, que lo filosofía viene explorando desde hace cientos de años a través de una de sus ramas (la epistemología), hace que se nos plantee esta cuestión: puesto que siempre deberemos interpretar lo que nos ocurre, ¿cuál es la mejor manera de hacerlo?

La clave de la resiliencia es saber que debemos evitar que nos arrastre el pesimismo, ya que este también se basa en una serie de invenciones constantes acerca de lo que nos ocurre. El hecho de que el pesimismo y la tristeza nos mantengan sumidos en el malestar no hace que esta lectura de la realidad sea más fiable.

Por consiguiente, puesto que hagamos lo que hagamos no alcanzaremos a conocer de un modo directo la realidad, elijamos construir una interpretación de nuestra vida que tenga un significado importante para nosotros. Es cuestión de elegir, en igualdad de condiciones, un relato vital que nos permita seguir avanzando.

De esta habilidad, que requiere tiempo y práctica, nacerá la resiliencia, la cual nos servirá para empoderarnos y para estar un poco más cerca de esa felicidad por la que tanto hemos luchado.