Por mucho que seamos animales racionales, eso no significa que tengamos una imagen razonable y realista de aquello que tenemos más a mano: nosotros mismos. Puede resultar paradójico, pero tener acceso a casi toda la información sobre quiénes somos y cómo nos sentimos no significa que esta sea fiable.

De hecho, hay muchas situaciones en las que quienes mejor nos comprenden son los demás, por el simple hecho de ser otras personas. La visión sesgada sobre el propio Yo es una carga que llevamos cada uno de nosotros, mientras que nuestros amigos, familiares y colegas ya cuentan con la ventaja de observarnos desde una perspectiva más distanciada y, en muchas ocasiones, analítica. 

En definitiva, hay muchas maneras en las que nos mentimos a nosotros mismos para no comprometer ciertos aspectos de la propia mentalidad.

La importancia de la disonancia cognitiva

¿A qué se debe que intentemos permanecer ciegos a aquellos aspectos de la realidad que no nos gustan, si conocerlos nos podría ser útiles para solucionarlos? La respuesta está en un concepto muy conocido en el mundo de la psicología: la disonancia cognitiva.

¿Reconoces ese sentimiento de malestar que experimentas cuando te das cuenta que dos creencias por las que sientes apego o que, al menos, te parecen razonables? Ahí está la clave. Resumiendo un poco, la disonancia cognitiva es el estado de tensión que aparece cuando dos o más creencias entran en contradicción, ya que son incompatibles.

Hay varias maneras de evitar la disonancia cognitiva o de cesar su existencia, y muchas de ellas no nos llevan a comprender mejor la realidad a partir de la reflexión de lo que creíamos saber hasta el momento. En este caso, lo que ocurre es que nos engañamos a nosotros mismos. Esto ocurre de diferentes formas, tal y como veremos ahora.

De estas maneras nos mentimos a nosotros mismos

Aunque no lo parezca, la mayoría de las personas estamos más que encantadas de recurrir al autoengaño para mantener intacta la imagen mental acerca de quiénes somos. Y es que la autoimagen es muy delicada y, en ocasiones, los mecanismos que utilizamos para no confrontarla con la realidad son automáticos.

Ahora bien, por la misma razón por la cual intentamos preservar esta autoimagen de manera automática, resulta complicado darnos cuenta de esos momentos en los que nos estamos engañando a nosotros mismos.

Para que te sea más fácil detectar las señales de alerta relativas al autoengaño, a continuación puedes ver las 4 maneras en las que solemos engañarnos a nosotros mismos.

1. Confundir la necesidad con la voluntad

En muchas ocasiones, situaciones en las que una parte domina a la otra quedan camufladas bajo una falsa imagen de libertad. Por ejemplo, hay relaciones de pareja en las que el pegamento que una a las dos partes es, simplemente, el miedo a la soledad de una de ellas. Este temor hace que la relación siga su curso a pesar de ser claramente dañina y asimétrica. 

En estos casos, la persona que se mantiene por culpa de las dinámicas de dependencia cree que todos esos momentos de incomodidad que experimenta se deben a los sacrificios que se supone que debemos realizar por el bien del amor romántico. Cualquier indicio de que lo que realmente está ocurriendo es que su pareja la vampiriza, será ignorado por todos los medios.

Por cierto, algo similar ocurre muchas veces en la relación que las personas recientemente adictas mantienen con la sustancia que consumen.

2. Jugar con el significado de las palabras

A la hora de aliviar el malestar producido por la disonancia cognitiva, una de las estrategias más recurridas consiste en modificar nuestro sistema de creencias para asignar un nuevo significado a alguna de las que entraban en contradicción y, así, conseguir que “encaje” bien en la propia mentalidad.

Si esto da como resultado una reflexión profunda sobre nuestras creencias y terminamos aceptando que la realidad no es tan simple como creíamos al principio, posiblemente esa será una experiencia constructiva y aleccionadora. Pero si el único objetivo que se persigue con esto es aplacar cuanto antes esa ansiedad nacida de la incertidumbre de no saber qué creer, caeremos en el autoengaño.

Concretamente, lo que suele hacerse en estos casos es “remover” un poco los conceptos que utilizamos para comprender ciertas parcelas de la realidad para que su significado se vuelva más ambiguo y se cree la ilusión de que la idea que antes entraba en confrontación con ellas, ahora encaja.

Por ejemplo, alguien que puede creer que la homosexualidad es antinatural porque no favorece la reproducción pero, confrontado con la idea de que muchas personas heterosexuales deciden no tener hijos, defender la idea de que la homosexualidad es antinatural porque es una anormalidad estadística, y así hasta darle al concepto de “antinatural” tantas definiciones como haga falta.

3. Evitar el contacto con ideas peligrosas

Otra forma de engañarnos a nosotros mismos consiste en ignorar por completo una de esas “ideas peligrosas”, no prestarle atención, hacerle el vacío. De este modo, es frecuente que si alguien saca este tema de conversación, el otro replique con un “bueno, no discutamos” o, sarcásticamente, con un “bueno, vale, solo tú tienes la verdad absoluta”. Son formas de ganar una discusión no ganándola, un recurso perezoso para no estar en una situación incómoda.

4. Creer que somos los únicos que somos únicos

Este es un pensamiento muy recurrente que se utiliza como escudo para nuestra autoimagen cuando todo a nuestro alrededor nos grita a la cara que tenemos un problema. Básicamente, consiste en creer que por mucho que el mundo exterior se rija atendiendo a verdades objetivas, nuestro caso es único y especial, y nadie puede decirnos qué nos pasa o qué nos pasará.

Por ejemplo, esto se da mucho con la adicción al tabaco: vemos que las personas que se fuman más de tres cigarros al día tienen serios problemas para dejar de consumirlo, pero creemos que nosotros, que hacemos lo mismo, ni hemos desarrollado una adicción ni tendríamos problemas si quisiéramos abandonar ese hábito.