Se habla muchas veces de dos tipos de envidia: la envidia pura, basada en la hostilidad hacia el prójimo, y la envidia sana, de la que en muchas ocasiones solo sabemos que, por algún motivo, no es tan nociva como la otra.

Pero... ¿qué es realmente la envidia sana y hasta qué punto puede perjudicarnos?

¿Qué es la envidia?

Apelando a la la definición más consensuada, la envidia puede ser entendida como una forma de codicia, un sentimiento producido por nuestro deseo de poseer algo que tiene alguien que no somos nosotros y que creemos que debería ser nuestro. El hecho que veamos cómo alguien tiene algo deseable que nos ha sido negado a nosotros hace que aparezcan sentimientos desagradables y dolorosos.

Parte de esta sensación de malestar que produce la envidia se basa en lo que se conoce como disonancia cognitiva: experimentamos cómo hay una incongruencia entre nuestro esquema mental de cómo son las cosas y cómo son las cosas realmente, más allá de nuestras ideas y creencias.

En este caso, creemos que algo nos pertenece y, sin embargo, la realidad nos demuestra que no es así. De este modo, la envidia nos sitúa en una situación muy incómoda: la de aceptar que las ideas acerca de nosotros mismos (y, por lo tanto, las que tienen que ver con nuestra autoestima) son demasiado optimistas, o la de creer que hemos sido víctimas de una injusticia, algo que debe ser resuelto mediante nuestro esfuerzo para poder acercarnos a lo que creemos que tenemos legitimidad de reclamar.

La envidia sana, un concepto polémico

Así pues, el concepto genérico de "envidia" que no recoge los matices de la idea de la envidia sana, está ligado a las sensaciones desagradables. Pero... ¿podría existir un fenómeno similar a este que no produzca una cantidad mínima de dolor? ¿Es la envidia sana algo totalmente diferente de la envidia sin más, o es simplemente la versión más leve y relativamente indolora de este fenómeno?

En el año 2015, un equipo de investigadores publicó una investigación muy específica sobre este tema que refuerza la primera opción. En este estudio se comprobó que hay diferencias significativas que permiten distinguir entre dos clases de envidia: una maligna y otra benigna.

En la primera la persona que experimenta esta sensación centra sus pensamientos en la persona que ha tenido acceso a aquello que se codicia y que no se ha conseguido para unos mismo. Además, las personas que presentan este tipo de envidia en un contexto determinado muestran una mayor tendencia a alegrarse imaginando que algo malo le pasa a la persona de la cual sienten envidia. Las personas que experimentan envidia sana o benigna, sin embargo, centran sus pensamientos no en la persona que posee algo que se quiere, sino en lo que se esta posee y se quiere para uno mismo.

Así pues, mientras que la envidia maligna gira alrededor de los pensamientos sobre "la suerte" que ha tenido otra persona y la posición de desventaja sobre la que ha partido uno mismo, la envidia sana nos predispone, aparentemente, a adoptar un punto de vista más pragmático y constructivo.

Lo malo de la envidia sana

Entonces... ¿se puede concluir sin más que la envidia sana es la mejor manera posible de experimentar envidia? Es una conclusión apresurada. Aunque puede que la envidia sana se experimente de manera menos desagradable que la otra, merece la pena hacerse la siguiente pregunta: ¿cuál de estos dos tipos de envidia nos vuelve más capaces de detectar las injusticias allí donde las hay? A falta de más investigaciones que ayuden a responder esta pregunta, la envidia "maligna" tiene muchos números de ser la que nos predispone a ello.

La envidia sana, al centrarse simplemente en aquello que queremos, puede estar relacionada con una incapacidad para analizar el contexto en el que la otra persona ha tenido acceso a un recurso de disponibilidad limitada que nos ha sido privado. De algún modo, traslada la responsabilidad de lo que ha pasado a uno mismo, siendo que en ocasiones el hecho de que no podamos disponer de algo no tiene por qué deberse a un problema que tengamos nosotros individualmente (falta de actitud, pereza, etc.) sino que puede deberse a problemáticas sociales, que no pueden ser reducidas a lo que hace cada individuo por su propia cuenta.

Por ejemplo, sentir envidia de una persona que domina un buen nivel de inglés puede ser consecuencia de que, simplemente, en nuestro barrio las escuelas a las que tuvimos la opción de asistir tienen una falta seria de recursos y de financiación que no permitió que pudiésemos aprender inglés en buenas condiciones.

Como siempre, la clave para encontrarle un sentido a ciertos fenómenos psicológicos está en saber contextualizar este tipo de investigaciones contrastándolas con estudios realizados desde las ciencias sociales.