Pixabay

Qué gran lucha la que nos toca enfrentar a muchos de nosotros contra la pereza. Ese deseo de dejar para mañana (o pasado) lo que tenemos que hacer hoy (fenómeno que se conoce con el nombre de procrastinación). Y qué envidia me provocan, lo confieso, aquellos que son capaces de no desfallecer, de mantener el rumbo firme hacia su objetivo.

Acabo de asumir que me dominan al menos dos pecados capitales, pero en realidad casi nadie se escapa. A todas las edades y en todas las épocas de nuestra vida ahí está la pereza, agazapada y acechándonos dispuesta a dominarnos.

Pereza, flojera, vagancia, holgazanería… muchos sinónimos para un mismo estado de ánimo

Da igual si lo que nos ocupa es escribir, trabajar, hacer una dietadejar de fumarestudiar para un exámen o ir al gimnasio, no importa, la pereza se nos colgará de la espalda en cualquier momento para tratar de que abandonemos nuestras “labores”

Su objetivo no es otro que el de empujarnos en todo momento hacia el placer; un placer inmediato que nos evade del deber, que nos salva temporalmente de lo que no nos apetece hacer. Se trata del binomio inacción frente a movimiento, entropía frente a expansión.

Por qué debemos liberarnos de la pereza

Vencer la pereza produce satisfacción interna, sube la autoestima; mientras que dejarse arrastrar por ella nos la baja y puede terminar por deprimirnos. ¿Cómo ocurre esto? ahora lo entenderás.

Pongamos por caso que mi objetivo es perder peso. En esta situación la pereza aparecerá como una invitación constante a regalarme un momento de placer, por ejemplo abriendo un paquete de patatas fritas para escapar temporalmente de los sufrimientos a los que la disciplina dietética me obliga.

Pasado el momento de disfrute, una vez las primeras papas hayan pasado más allá del paladar, la vocecita (o el vozarrón) de mi Padre interno, ése que nos regaña por dentro haciéndonos sentir culpables, volverá su furia contra mí a modo de castigo: “¡Eres incapaz de mantener un mínimo de disciplina! ¡Nunca adelgazarás! ¡Nadie te va a querer así! ¡Estarás toda la vida hecho una foca!”, etc.

La retahíla de lindezas que somos capaces de decimos internamente debería estar penada por la ley.

Abandonarnos al placer inmediato baja nuestra autoestima

El abandono del deber por el placer inmediato trae automáticamente consigo el reproche interno. Nos convertimos en críticos de nosotros mismos, crueles y despiadados en muchas ocasiones, hasta llegar a odiarnos. Y por si fuera poco activamos la comparación con los demás, a quienes desde el sesgo psicológico que supone no estar en la cabeza del otro, juzgamos como mejores que nosotros, como más capaces.

De esta manera, el efecto negativo que tienen la pereza y el consiguiente autoreproche no es otro que el de afectar a nuestra autoestima: al nivel de valoración y de amor que sentimos hacia nuestra propia persona. La pereza hace que me quiera menos, que baje la consideración que tengo por mí.

Y cuanto menos me enfrento a ella, más poder tiene sobre mí. Es como una bola de nieve colina abajo, su fuerza es cada vez mayor a medida que avanza. En este caso la bola está formada por la pereza, el autorreproche y la baja autoestima que a medida que van ganando fuerza dentro nosotros deprimen nuestro estado de ánimo.

Una reflexión para afrontar la pereza y superarla

En el fondo, todo es cuestión de actitud, por eso los hay decididos a enfrentarse a ella con tesón y los hay (me incluyo ahí) que a veces ganan y otras muchas pierden. Y en este asunto de la vida no hay más que receta que la de luchar.

Superar la pereza, hacer lo que sabemos que hemos de hacer nos sube la autoestima, nos alegra el espíritu y nos aleja de la depresión. Para ello no hay más que cambiar el chip y asumir el sufrimiento que conlleva ir a por nuestro objetivo echándole un par de narices. Insisto, es sólo cuestión de actitud y hábito. Optar por evadirme o por afrontar. Quizás ahora, que sabes que el asunto también implica a tu autoestima y a tu salud psíquica te lo pienses mejor antes de dejarte arrastrar hacia el placer inmediato.