Un repaso a las características que indican madurez psicológica. Unsplash.

La expresión “ser un inmaduro” es una etiqueta que se utiliza de forma muy habitual para describir a aquellas personas que en alguna de sus áreas vitales no se desenvuelve de una forma coherente, competente o estable. A pesar de que este tipo de funcionamiento personal resulta desadaptativo, no existe como categoría concreta en el actual sistema de clasificación de los trastornos mentales, el DSM-V. Sin embargo, este estilo comportamental y actitudinal puede presentarse de forma subyacente como un elemento común en diversos trastornos de personalidad.

Eso sí; de la misma manera de la que podemos hablar, usando un lenguaje cotidiano, de personas inmaduras, también es posible hablar sobre personas psicológicamente maduras. Veamos qué las caracteriza.

El estilo de personalidad madura

Para el psiquiatra y experto Enrique Rojas (2001) existen tres ámbitos a los cuales puede circunscribirse el denominado estado de madurez personal: el afectivo, el intelectual y el profesional. En términos del autor la madurez es un estado de conocimiento y buen juicio, prudencia y saber, que se ha ido alcanzando y que lleva a gestionar de manera positiva la propia psicología. De esa forma, una persona que se encuentra en dicho estado dispone de un nivel adecuado de capacidad para conducir su vida de manera competente y eficaz a nivel emocional.

Un aspecto clave es entender este constructo como un proceso dinámico, un fenómeno que no presenta una finalidad o destino concretos, sino que se va modulando constante y permanentemente a lo largo del ciclo vital. Por tanto, debe desterrarse la idea de que existe un grado de madurez personal perfecta e ideal a la cual llegar y mantener de forma estática.

Claves neuroanatómicas de la madurez psicológica

Cuando se hace referencia al desarrollo neuroanatómico de las distintas estructuras y conexiones que forman el cerebro humano, infinidad de investigaciones han demostrado cómo las zonas de los lóbulos frontales poseen un papel central en el comportamiento ligado a la toma de decisiones, a la capacidad de planificar eventos futuros, a la flexibilidad a la hora de llevar a cabo razonamientos complejos en la resolución de problemas e improvisar y adoptar un comportamiento adaptativo o flexible, etc.

Estas competencias parecen muy ligadas a la definición que se ha indicado anteriormente sobre lo que implica un estilo personal maduro; son las habilidades que le dan al ser humano tal categoría y lo diferencia de otras especies animales menos desarrolladas intelectualmente.

Los estudios científicos han determinado que dichas áreas frontales no llegan a su completo desarrollo hasta bien iniciada la tercera década de vida, aproximadamente a los 25 años. Además, los estudios que han fundamentado el conocimiento que hoy día se tiene sobre el concepto de inteligencia emocional, muy vinculado también a la cuestión de la madurez personal, afirman cómo de determinante resulta la circuitería neuronal establecida entre el lóbulo frontal y las estructuras del sistema límbico, cuya función es la regulación de los estados emocionales.

A grandes rasgos, puede decirse que este último es el encargado de controlar las respuestas fisiológicas más instintivas de estrés, rabia o miedo e interviene en los procesos motivacionales y en el aprendizaje de comportamientos más complejos y elaborados en base a experiencias pasadas. Por contra, la zona orbitofrontal modula los sentimientos analíticamente y da las órdenes sobre cómo proceder conductualmente cuando se recibe la información del sistema límbico conforme el individuo está experiementando un estado emocional determinado. Fallos en las conexiones entre ambas áreas ocasionan respuestas irreflexivas, desmesuradas y desadaptadas socialmente.

Un ejemplo clásico que explica este fenómeno se encuentra en la literatura que fundamentó el desarrollo de la neurociencia como tal: el caso de Phineas Gage (1948), un capataz que trabajaba en la construcción de ferrocarriles y que sufrió graves alteraciones en la personalidad tras un impresionante accidente en el que una vara de metal le atravesó por completo el cerebro en la parte frontal.

Principales características de las personas psicológicamente maduras

Lo expuesto hasta ahora parece indicar una gran relación entre los constructos de madurez personal, competencia en la regulación emocional y del mundo afectivo en general. En este sentido, los individuos que gozan de un buen nivel de madurez en el terreno de los sentimientos se desenvuelven hábilmente en las siguientes competencias (Rojas, 2001):

1. Conocer la naturaleza del mundo emocional

Es decir, que las personas psicológicamente maduras son capaces de observarse a sí mismas y de asociar situaciones o eventos a experiencias emocionales.

2. Establecer unas bases sólidas en el área sentimental

Esta cualidad se refiere al hecho de haber experimentado el sentimiento de amor en su profundidad y a conocer las implicaciones y compromisos necesarios para el mantenimiento de tal relación amorosa.

3. Poseer una visión realista de la pareja

Evitar las idealizaciones y percepciones sesgadas del otro es imprescindible. Disponer de unas expectativas demasiado elevadas de la relación y del otro miembro de la pareja dificulta la resolución positiva de las adversidades o desencuentros que puedan surgir entre ambos.

4. Considerar a la otra persona y a la relación como una parcela más de la vida

La independencia emocional respecto de los demás se vincula muy estrechamente con un buen nivel de autoestima y seguridad en uno mismo, hecho fundamental en el establecimiento de relaciones interpersonales saludables.

5. Comprender la naturaleza dinámica de las emociones y los sentimientos

Ello implica considerar que estos fenómenos son mutables y modificables en el tiempo y que, es necesario realizar acciones y conductas cotidianas que los alimenten en positivo de forma constante.

6. Ser capaz de dar y recibir amor de forma sana

Este punto implica tener la capacidad para comunicar el afecto con verbalizaciones y acciones, así como también ser consciente de que este hecho forma parte de la naturaleza humana. En efecto, una persona madura comprende que es merecedora del afecto de forma intrínseca por parte de la otra persona y, por tanto, que desea corresponder a esta de la misma manera.

7. Estar preparado para construir un proyecto en común con otra persona

Principalmente, este aspecto implica compartir áreas de la vida propia con otro individuo de forma satisfactoria y además tener la competencia y el compromiso en desear solucionar posibles conflictos que puedan surgir en su trascurso.

8. Disponer de las cualidades suficientes de inteligencia, voluntad y compromiso

Estas tres cualidades implican la habilidad para encontrar el equilibrio entre la consecución de las metas vitales propias y aquellas comunes a la pareja. Estas últimas deben ser compartidas por ambos miembros de forma voluntaria, por lo que una comunicación efectiva entre las dos partes deviene un aspecto fundamental y necesario.

9. Mantener el sentimiento de amor a largo plazo

Es importante cobrar consciencia de que es positivo no caer en una sucesión de fases de enamoramiento superficiales. Este punto se vincula muy estrechamente con el anterior en lo referido al nivel de compromiso necesario para que dicho proyecto sentimental disponga de una continuidad satisfactoria.

10. Autorregularse

Finalmente, es importante interiorizar que uno mismo puede aprender a regular internamente sus emociones y sentimientos. Muy relacionado con el punto primero, un individuo maduro es capaz de no dejarse llevar por sus emociones y es competente identificándolas, comunicándolas y analizarlas racionalmente a fin de conseguir un comportamiento final más adaptativo.

A modo de conclusión

Se ha podido observar a lo largo del texto que, a grandes rasgos, una persona madura psicológicamente posee las cualidades de inteligencia emocional; sentido del compromiso, de la responsabilidad y del esfuerzo; un estilo de funcionamiento (intra e interpersonal) racional y regulado donde se equilibra el mundo de las emociones respecto del mundo de lo cognitivo; y, finalmente, un grado suficiente de comportamiento ético y moral.

Además, también son ingredientes relevantes aspectos como disponer de un buen nivel de competencia en el conocimiento propio, donde se asumen fortalezas y debilidades; una adecuada capacidad para analizar, reflexionar y tomar decisiones de forma coherente y basada en argumentos sólidos; y un desarrollo positivo de la autoimagen en el que la independencia emocional respecto del otro es el principal componente.

Referencias bibliográficas:

  • Pereda, I. (2018) El mapa del cerebro. Bonalletra Alcompas, S.L.: España.
  • Rojas, E. (2001) ¿Quién eres? De la personalidad a la autoestima (4a ed.) Temas de Hoy: Madrid.