Una reflexión sobre el doble filo de los diagnósticos.

Desde los inicios de la psicología como ciencia encargada del estudio de la mente y el comportamiento humano, numerosas investigaciones se han llevado a cabo para determinar los orígenes, consecuencias y factores perpetuadores de la gran mayoría de los trastornos psicológicos.

Pero... ¿tiene esta iniciativa por poner nombres a fenómenos psicológicos algún inconveniente?

La investigación de los trastornos mentales

La Asociación Americana de Psiquiatría (APA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) son dos de las organizaciones que más tiempo y esfuerzo han invertido en tratar de comprender en mayor profundidad y proporcionar una clarificación acerca de cómo funcionan los trastornos mentales, cuáles son los síntomas asociados a cada uno de ellos, cómo detectarlos (cuántos síntomas deben estar presentes para poder establecer un diagnóstico certero y durante cuánto tiempo), etc. Esta información queda plasmada en sus correspondientes manuales de diagnóstico: el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V) y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10).

También la APA y otras instituciones como el National Institute for Health and Care Excellente (NICE) se han encargado desde los años 90 de comprobar qué tratamientos son los más eficaces para cada tipo de trastorno, tratando de establecer validaciones empíricas de diferentes modos de llevar a cabo un proceso terapéutico.

En concreto, la división 12 de la APA, creó en 1993 un grupo de trabajo sobre la promoción y difusión de los tratamientos psicológicos basados en las conclusiones de sus investigaciones, llevando a la elaboración de guías de tratamiento con una base teórico-práctica adaptada a las características de cada trastorno.

Por otro lado, la actuación del NICE engloba la facilitación de información, la educación y orientación, la promoción de la prevención y la propuesta de formas de proceder en atención primaria y servicios especializados.

Diferentes perspectivas desde las que investigar

La principal diferencia que podemos encontrar entre un organismo y otro es cómo la APA se centra en la investigación de trastornos “clásicos” o “puros”, mientras que el NICE aborda problemáticas que no necesariamente cumplen con un diagnóstico clínico, sino que pone en marcha estrategias para mejorar la salud mental en general (embarazos, adherencia al tratamiento, sospechas de maltrato en la infancia, bienestar en la tercera edad, etc.).

En el caso de la APA, el “purismo” es un factor que suele limitar la actuación clínica debido a que es poco frecuente que un trastorno aparezca en su forma más pura y fácilmente reconocible, sino que suelen cumplirse criterios para otros trastornos (comorbilidad) o presentar variaciones de mayor complejidad.

Por tanto, en psicología a día de hoy contamos con un amplio margen de investigación no sólo sobre las diferentes tipologías de trastornos que podemos encontrar, sino sobre cuáles son los modos más adecuados de acercarnos a ellas (hasta la fecha).

¿El diagnóstico psicológico es útil?

Habitualmente, el procedimiento cuando se va a realizar algún tipo de tratamiento psicológico es comenzar por una fase de evaluación. En esta fase, la entrevista conocida como clínica nos proporciona una gran cantidad de información sobre la situación del paciente en cuestión.

En función de la corriente de terapia desde la que trabaje cada psicólogo, las entrevistas pueden tener un formato más abierto o más estructurado, pero siempre tendrán el objetivo de conocer en la mayor profundidad el funcionamiento y entorno de la persona que se tiene delante.

La fase de evaluación nos puede permitir establecer un diagnóstico si existe un trastorno, ya que algunas de las dificultades que se presentan en consulta (conocidas como códigos Z) no se engloban en los manuales de diagnóstico debido a que se consideran situaciones críticas/cambios en el ciclo vital más que trastornos mentales (casos de separación, insatisfacción matrimonial, dificultades para manejar la conducta de los hijos, duelos, etc.).

En el caso de que exista un trastorno, en la fase de evaluación (en la que además de entrevistas, se pueden emplear cuestionarios estandarizados) habremos podido clarificar la sintomatología, el transcurso y la evolución del estado del paciente, así como ponerle un nombre a la experiencia que está viviendo.

Este diagnóstico, en base a lo ya mencionado, nos permite de forma muy útil conocer con qué dificultad nos estamos relacionando y establecer el modo de tratamiento más adecuado para cada persona, de manera que abordemos la problemática de la forma más efectiva y eficiente posible.

¿Debemos ofrecer un diagnóstico siempre?

Como profesionales de la salud debemos tener en cuenta que cada persona es completamente diferente a cualquier otra, y que lo que transmitiríamos a un paciente puede resultar nocivo para otro.

El diagnóstico ayuda a los profesionales a entender y clarificar la situación que tenemos delante, así como a maquetar y planificar nuestro modo de actuación para solventarla. Sin embargo, debemos ser muy cuidadosos a la hora de establecer diagnósticos, ya que se corren varios peligros:

La etiqueta puede convertirse de forma indirecta en una definición de la persona

Es decir, ya no hablamos de “X tiene esquizofrenia”, sino que podemos incurrir en “X es esquizofrénico/a”.

El diagnóstico puede llevar a una victimización del paciente

Ya sea de forma prudente o no, establecer un diagnóstico puede llevar a que la persona se vea absorbida por su etiqueta: “no puedo hacer X porque soy agorafóbico/a".

El diagnóstico poco detallado puede llevar a un estado de confusión en el paciente

Si no se proporciona la suficiente información y el paciente no entiende qué es lo que realmente le ocurre, es muy probable que “rellene” los huecos de información con datos que puede extraer de fuentes menos fiables que un profesional de la salud, generando expectativas negativas y poco realistas sobre su estado mental.

La etiqueta diagnóstica puede generar sentimientos de culpa

“Algo he hecho para merecer esto”.

Conclusión

Teniendo esto en cuenta, sobra decir que para los psicólogos es extremadamente complicado no establecer un diagnóstico mental de la situación que se nos presenta, ya que las etiquetas diagnósticas nos facilitan la comprensión de la información en nuestros esquemas mentales.

Pero, pese a esto, si el paciente no solicita directamente un diagnóstico por alguna razón, es probable que no necesite saber qué nombre lleva la experiencia por la que está pasando, y simplemente busque resolverla.

Por otro lado, si encontramos una gran insistencia en “etiquetar” lo que está sucediendo, es importante que primero se clarifique si la solicitud tiene una base sólida en la persona o puede estar influida y empujada por otros medios con los que se relaciona (vínculos sociales, datos en internet, etc.).