La Psicología no solo se centra en estudiar la mente humana. Para muchos psicólogos, los representantes de la corriente conductista de la psicología, el objeto de estudio es la conducta, es decir, los actos realizados por una gran variedad de seres vivos, siempre que estos puedan ser modificados mediante el aprendizaje. Es decir, que el estudio del comportamiento animal también ha recibido el interés de muchos psicólogos.

Aunque B. F. Skinner sea probablemente el investigador conductista más conocido, este debe parte de su relevancia a otro científico que trabajó algunas décadas antes de él: Edward Thorndike. Y de todas las aportaciones que este último realizó al mundo de la psicología, la llamada Ley del Efecto de Thorndike es seguramente la más importante. Veamos en qué consiste.

La ley del efecto de Edward Thorndike

La idea fundamental que expresa la Ley del Efecto es que, si una consecuencia percibida como positiva (y por tanto, satisfactoria) ocurre justo después de una acción, es más posible que esa misma acción vuelva a producirse. En cambio, si después de una acción llega un estímulo desagradable o doloroso, las posibilidades de repetir esa acción disminuirían.

Por otro lado, esta ley fue propuesta tanto para describir el comportamiento animal como el de los seres humanos. Una de las características del conductismo, que Thorndike ayudó a inaugurar, era que al restar importancia o incluso negar la funcionalidad de la consciencia en los actos sus esquemas podían ser aplicados a muchas formas de vida, prácticamente todas aquellas capaces de aprender: ratones, moluscos, etc.

Implicaciones para el condicionamiento operante

Si bien Thorndike no es formalmente un representante del conductismo, su Ley del Efecto es un concepto a partir del cual los conductistas trabajaron para desarrollar programas de modificación conductual basados en contingencias, es decir, relaciones entre estímulos y respuestas.

Por ejemplo, el condicionamiento operante puede ser entendido como una ampliación de la Ley del Efecto. Este concepto es una forma de modificación del comportamiento fundamentado en el modo en el que la asociación entre una acción y una consecuencia afecta a los patrones de conducta aprendidos.

Por ejemplo, el psicólogo B. F. Skinner utilizó este tipo de condicionamiento para, poco a poco, ir premiando la acción de palomas usadas en su laboratorio haciendo que fuesen interiorizando cadenas de conductas que resultasen en la realización de un acto más complejo. Al principio se les da una recompensa al impulsar una pelota pequeña con el pico, y a medida que van haciendo eso, se les dan más recompensas al realizar acciones complementarias; al final, terminan jugando a ping pong, recibiendo un premio por cada punto ganado a la paloma contraria.

La Ley de Hebb

En cierto modo, la Ley del Efecto de Thorndike refleja una aportación que realizó posteriormente el neuropsicólogo Donald Hebb, la llamada Ley de Hebb. Según esta, las neuronas que se activan a la vez ven incrementadas las posibilidades de conectarse a la vez en el futuro. En este cso, una coincidencia en el tiempo (la activación de células nerviosas) influye sobre una potencialidad de evento futuro (el mismo patrón de activación, más adelante).

Sin embargo, la Ley del Efecto de Edward Thorndike no se centra en un análisis puramente biológico o neurológico de lo que ocurre en nuestro sistema nervioso, sino que se fundamente básicamente en la conducta, al estilo de psicólogos conductistas como John B. Watson.

Críticas a la Ley del Efecto

La Ley del Efecto es hija de su tiempo, y naturalmente su validez no es plenamente vigente, si bien fue un valioso primer paso para la psicología conductista. Las principales críticas que se han realizado en su contra tienen que ver con sus implicaciones acerca de lo que ocurre después de que una acción tenga efectos desagradables.

Por ejemplo, el dolor, en un contexto sexual, puede actuar como el placer en algunas personas. Hay un cierto grado de incertidumbre acerca de qué estímulos son aversivos y cuáles no para un individuo concreto, especialmente teniendo en cuenta que el lenguaje y el pensamiento abstracto típico de los seres humanos criados en sociedad ofrecen una nueva manera de experimentar los estímulos más básicos.

Otro ejemplo de esto lo encontraríamos en la percepción del castigo físico o incluso de la tortura. Para algunas personas fuertemente adoctrinadas, este tipo de sufrimiento puede resultar deseable como forma de martirio, y por eso no resulta imposible que las ejecuciones ejemplarizantes funcionen como un incentivo para quebrantar las normas, por ejemplo, mediante los atentados basados en el fundamentalismo religioso.

Por otro lado, tampoco queda claro qué es un estímulo deseable; posiblemente no exista una recompensa universal igualmente válida para todos los individuos, y por eso en muchos casos hay que indagar antes acerca de lo que resulta deseable y, además, sobre el tipo de reforzadores que se encuentran disponibles en el entorno “natural” de un individuo: si se acostumbra a alguien a recibir una gratificación que solo se da en ambiente de laboratorio, la conducta que promueve puede desaparecer.