Los problemas psicológicos y conductuales no solamente se presentan en la edad adulta, sino que deben tenerse en cuenta también en edades tempranas, durante la niñez

Si se dejan pasar y no se tratan adecuadamente, las consecuencias pueden ser negativas y los síntomas pueden irse agravando con el paso del tiempo.

Entrevista a una psicóloga infantil

Por suerte, es posible acudir profesionales de la Psicología especializados en terapia infantil, que ayudan a los más pequeños a desarrollar y construir la autoestima sana, mejorar la comunicación, las habilidades sociales, estimular el desarrollo y mejorar su inteligencia emocional y relacional.

La psicoterapia con niños presenta algunas diferencias respecto a la terapia con adultos (por ejemplo, implica a la familia en el proceso terapéutico y utiliza el juego como elemento clave), y por eso hemos querido hablar Mireia Garibaldi Giménez, psicóloga y psicopedagoga del Instituto Mensalus, una de las clínicas más prestigiosas de España, para que nos ayuda a entender en qué consiste esta forma de terapia.

Si quieres saber más sobre el Instituto Mensalus, puedes leer este artículo: “Descubre el Centro de Psicología Mensalus con este fotorreportaje”.

Las características de la psicología infantil

Jonathan García-Allen: ¿Cuáles crees que son las principales diferencias entre la terapia infantil y la terapia para adultos?

Mireia Garibaldi: Toda psicoterapia, ya sea con niños y adolescentes o con adultos, consta básicamente de 4 elementos: el terapeuta, el paciente, la relación terapéutica y el proceso terapéutico. Estos son los 4 elementos en los que se diferencian los dos tipos de terapias.

Empezando por el primer elemento, el terapeuta infantil debe tener una formación distinta al terapeuta de adultos, con conocimientos específicos para ese tipo de población y las formas de intervenir en ella. Un buen ejemplo es la necesidad de conocer las etapas y los hitos del desarrollo evolutivo (cognitivo, social, emocional, etc.) en las diferentes fases y edades.

En cuanto al segundo elemento, el paciente, es evidente que intervenimos en un tipo de población muy concreta pero a su vez muy heterogénea, pues no es lo mismo tratar a un niño de 5 años que a uno de 10 o de 15, por lo que siguiendo el punto anterior, conocer bien las características evolutivas de cada uno es imprescindible para ejercer. Por lo que referencia a la relación terapéutica, varía en sus elementos principales: el encuadre, la asimetría, y la alianza. 

Por ejemplo, en terapia infantil la alianza con el paciente no es única, es decir, no se establece únicamente con el niño, sino que normalmente se debe llevar a cabo una alianza múltiple, pues también debe hacerse con padres, profesores, etc.

Por último, las diferencias respecto al proceso están muy relacionadas con la especificidad en las técnicas de evaluación e intervención, que son distintas a las que se usan para adultos, como podría ser, por ejemplo, el uso del dibujo.

Suele asociarse la terapia basada en el juego a la terapia infantil. Pero, ¿en qué consiste? ¿Son lo mismo?

La terapia basada en el juego es un tipo de intervención en terapia infantil en que se utilizan distintos procesos que para los niños son lúdicos con un doble objetivo: por un lado, el de evaluar y obtener información de la situación problema y, por otro, el de intervenir sobre el mismo.

Dado que las características cognitivas, sociales y emocionales de los niños son muy diferentes a las de los adultos, que probablemente llegarán a consulta y expresarán con mayor o menor precisión sus problemas, los niños necesitan vías alternativas a la comunicación y al lenguaje oral y directo para poder trabajar. 

Por ejemplo, si un adolescente puede expresar en consulta de forma directa que le preocupan las discusiones que hay en un su casa y exponerlo al terapeuta, un niño necesitará una vía indirecta como puede ser el juego simbólico para hacerlo, es decir, mediante muñecos que representarán a sus personas significativas cercanas (padres, hermanos, etc.) podrá expresar y reproducir lo que sucede en su entorno o cómo se siente indirectamente a través de ellos. Lo mismo sucederá para trabajar distintos objetivos de la intervención.

Podemos intervenir usando el juego simbólico u otro tipos de juegos para objetivos específicos, como por ejemplo juegos de construcción para trabajar la noción espacial y la motricidad fina en casos de dificultades de aprendizaje como una dislexia.No obstante, es importante señalar que en las terapias infantiles no solamente se usa el juego, sino que éste es un recurso muy importante pero no único y terapia infantil y juego no son sinónimos.

¿A quién hace más daño un ataque de ira o una respuesta desproporcionada de un padre, al progenitor o a su hijo?

A ambos les afectará muy negativamente este tipo de respuestas, pero de forma muy distinta. Dejando a un lado los progenitores que no son conscientes de lo perjudicial de este tipo de reacciones, en consulta es muy frecuente encontrar padres que sí que son conscientes de que sus formas de gestionar algunas situaciones con sus hijos no son las más adecuadas y que en ocasiones sus reacciones son desproporcionadas, pero que no tienen vías alternativas y herramientas para hacerlo de otra forma cuando se encuentran sobrepasados.

Es muy habitual observar sentimientos de impotencia e incluso de culpa cuando hablan de este tipo de episodios, por lo que es importante, dentro de un proceso, ayudarles a que aprendan nuevas formas de gestionar situaciones en las que pueden sentirse sin recursos. Una cosa es cierta, y es que tanto los adultos como los niños reaccionamos de formas inapropiadas cuando no tenemos los suficientes recursos para gestionar las situaciones y los problemas del día a día, por lo que ambos necesitaremos ayuda para ello.

Y evidentemente, para los niños, respuestas de ira y/o desproporcionadas de forma habitual por parte de sus padres propician la creación de un tipo de apego poco seguro, lo que afectará a su desarrollo social y emocional, a su autoestima, a la forma de comportarse, etc. pudiendo tener dificultades en sus relaciones futuras ya de adolescentes y adultos. Es imprescindible recordar que muchas conductas se aprenden por imitación de los referentes, que en la infancia son los padres.

¿Cuáles son los trastornos o problemas más comunes que sueles tratar en las sesiones terapéuticas?

En mi consulta suelo atender a muchos niños que acuden debido a dificultades en el rendimiento académico o por problemas de conducta. En ocasiones, esto no son problemas en sí mismos, sino expresiones de una problemática subyacente. Es decir, sí es verdad que existen trastornos específicos del aprendizaje y trastornos de conducta como tales, que en sí mismos son lo que genera disfuncionalidad en la vida del niño y su entorno, pero en otras ocasiones, una bajada en el rendimiento escolar o un comportamiento inadecuado son solamente síntomas de algo que va más allá, como puede ser un caso de bullying, problemas en las relaciones familiares, etc.

Cuando los padres me exponen una problemática, siempre les pongo el ejemplo de la fiebre: alguien puede acudir al médico con fiebre como síntoma, pero no será lo mismo una fiebre por una infección urinaria severa a una fiebre por un resfriado. El síntoma es el mismo, pero la base y el tratamiento serán muy distintos. Por ello es importante explorar adecuadamente esos “síntomas” que los niños expresan, pues un mismo comportamiento puede tener distintos orígenes.

Así pues, a parte de los problemas en el rendimiento escolar y los problemas de conducta en todas sus vertientes (dificultades en el control de impulsos, rabietas, desobediencia hacia las figuras de autoridad, etc.), casuísticas muy habituales en consulta son: las dificultades en las relaciones sociales, miedos y fobias, intervenciones en procesos de separación, divorcio y/o reagrupamientos familiares o trastornos del espectro autista.

¿Cuál es el papel que tienen los padres cuando acuden con su hijo a un psicólogo/a infantil?

El papel de los padres es esencial en cualquier proceso de intervención que se lleva a cabo con un niño. Este punto es importante exponerlo desde el primer momento que se inicia una terapia, en el setting o encuadre, para que los padres puedan ajustar las expectativas del proceso.

En ocasiones, los padres creen que al llevar a su hijo a un psicólogo infantil, éste solamente trabajará con el niño, lo que es totalmente erróneo. Como se ha comentado anteriormente, se debe llevar a cabo una alianza múltiple tanto con el niño como con sus padres y otras personas y/o instituciones en las que se ve implicado el niño (colegio, centro abierto, centros de salud mental infantil y juvenil, etc.) para que la intervención tenga el mayor éxito posible.

Se deberá orientar a los padres para que puedan trabajar con su hijo fuera de las sesiones de consulta, ya sea ofreciéndoles pautas de manejo o enseñándoles ejercicios y/o técnicas específicas a aplicar en el contexto natural del niño. Sin esta intervención, supervisada en todo momento por el terapeuta, será difícil que los cambios que puedan irse observando en consulta se generalicen fuera de la misma (aunque es evidente que cada proceso es único y dependerá de cada caso).

¿Qué importancia tiene la familia en el desarrollo de la autoestima de los hijos?

El papel de la familia es básico en todas las facetas del desarrollo infantil (emocional, social, etc.) y entre ellas, en la autoestima. Ésta es la valoración que una persona hace de ella misma, según pensamientos, evaluaciones, creencias, sentimientos y emociones sobre su forma de ser, actuar, su físico, etc. 

Por lo tanto, esta evaluación va a estar estrechamente relacionada con la valoración que hacen las personas significativas de su entorno y, las principales personas significativas para los niños son sus padres. Durante la infancia, ellos son sus referentes, sus figuras de apego principales, por lo que ejercen una influencia importantísima en la creación de una autoestima ajustada y sana. Poseer bajas expectativas sobre lo que es capaz de hacer un niño o realizar comentarios negativos constantemente sobre él, harán que el niño perciba una baja valoración de él mismo por parte de sus progenitores, lo que al final repercutirá en esa valoración propia de él mismo, devaluándose.

Tiene lógica pensar que si, por ejemplo, un padre o una madre constantemente le repite a su hijo que es un vago que n sabe hacer nada, el niño pueda llegar a la siguiente conclusión: “si mis padres, que representan que son los que más me conocen y quieren, piensan así de mí… es así como soy”. Por ello es imprescindible potenciar el desarrollo de capacidades, reforzar los éxitos y dar confianza a los hijos en relación a sus capacidades, para que ellos mismos puedan desarrollar esa confianza y respeto hacia ellos mismos, señales de una buena autoestima.

El castigo es un tema polémico. ¿Se puede emplear el castigo en la educación de un hijo? ¿Cuál es la mejor manera de aplicarlo?

El castigo es una técnica de modificación de conducta basada en los principios conductuales de condicionamiento operante, que tiene como objetivo disminuir o eliminar la aparición de una conducta no deseada.

Principalmente, existen dos tipos de castigos: el castigo positivo, que consiste en aplicar un estímulo aversivo de forma contingente a una determinada conducta (por ejemplo, copiar 100 veces una frase por un mal comportamiento), y el castigo negativo, que consiste en retirar un estímulo positivo después de la realización de cierta conducta (por ejemplo, dejar a un niño sin su hora de juego).

Pese a que es cierto que el castigo en ocasiones es eficaz para eliminar conductas rápidamente, no considero que sea el método más idóneo para hacerlo, a parte de que no es aplicable en todos los casos, siempre lo considero una última opción (por delante encontramos el refuerzo positivo). Esto es porque en muchas ocasiones las conductas se disminuyen o eliminan a corto plazo por el propio miedo a la amenaza del castigo y no porque exista una reflexión real sobre la conducta no adecuada que haga avanzar y aprender al niño, por lo que los cambios no suelen mantenerse a largo plazo.

Además, este miedo, puede afectar negativamente a la relación entre la persona que lo aplica y el niño, creándose una relación amenazante basada en el temor, que en ocasiones puede llevar a conductas defensivas o explosiones de ira aún mayores, que empeorarán la situación. Todo ello, sumado a que si el niño no comprende exactamente el porqué del castigo y de lo erróneo de su conducta, su autoestima se verá afectada negativamente.Evidentemente, el castigo físico es algo totalmente injustificado en cualquiera de los casos, que solamente llevará a generar en niño y en la relación con el adulto.

¿Qué beneficios aporta el refuerzo positivo y qué consecuencias tiene en el carácter y bienestar emocional de un hijo?

El refuerzo positivo consiste en aplicar un estímulo gratificante después de la realización de una conducta adecuada para que esta aparezca o aumente. Es la forma principal de educar a los hijos en la creación de una autoestima sana, con un apego seguro y basado en la confianza y el respeto. Es importante diferenciar entre premio y refuerzo positivo, pues cuando hablamos de refuerzo positivo no siempre hablamos de un premio material, pudiendo ser una verbalización positiva por parte del padre (“estoy muy orgulloso de lo que has hecho”) o un acto en el que se le da atención (jugar juntos).

Para los niños, sobre todo los más pequeños, no hay refuerzo positivo mayor que la atención de sus padres. Por lo que es importante que, cuando los niños hacen cosas bien (por ejemplo, están sentados jugando autónomamente durante un rato de forma adecuada) les premiemos con un rato de juego compartido. Es habitual que, ante estos momentos, los padres aprovechen para llevar a cabo otras cosas, por lo que al final, los niños aprenden que para tener la atención de sus padres deben realizar conductas menos adecuadas.

También es importante remarcar que debemos reforzar las cosas que hacen los niños de forma independiente entre ellas, es decir, si un niño lleva a cabo dos conductas inadecuadas y una correcta, debemos seguir reforzando esa conducta adecuada para que siga apareciendo, pese a que haya hecho otras cosas de forma incorrecta. Por ejemplo, si un niño recoge su vaso pero deja su plato, es más efectivo felicitarle por haber recogido el vaso, que reñirle por haberse dejado el plato, sino sentirá que aquello que ha hecho bien no ha sido reconocido, por lo que dejará de hacerlo.

Por ello el refuerzo es tan importante, no solamente en las conductas que hacen los niños, sino en la formación de su carácter y su autoestima, aportándoles bienestar emocional.

Según la Asociación Española de Pediatría y Atención Primaria, el 15% de los niños presenta problemas de desobediencia. ¿Qué puede hacer un padre en esta situación?

Ante un problema de desobediencia continuada, es importante acudir al especialista, en este caso el psicólogo infantil, para evaluar la situación y determinar si ésta es una conducta normativa para la edad y el desarrollo evolutivo del niño (por ejemplo, existe una etapa infantil entre 1 y 2 años en que es habitual que los niños mantengan una negación constante), si forma parte de la personalidad o manera de actuar del niño (por ejemplo, si se trata de un niño con un temperamento innato de base) o si existe la presencia de un trastorno o problemática concreto (como podría ser un trastorno negativista desafiante, por ejemplo).

Una vez se ha evaluado la situación, es importante intervenir con pautas profesionales sea cual sea el caso, pues según si esta desobediencia tiene un origen u otro, la orientación variará (como en el ejemplo de la fiebre).

El proceso de crianza es muy complejo, pero… ¿podrías dar a nuestros lectores (aquellos que son padres) algunos consejos básicos para educar a sus hijos?

Basándome en mis conocimientos profesionales, pero también en mi experiencia con niños y familias, existen algunas pautas básicas para todos los padres que favorecerán una crianza y una educación de calidad:

  • Educar dentro de unos límites y unas normas básicas, estables, coherentes y consensuadas, que ofrezcan un contexto de seguridad y protección al niño para que aprenda a distinguir lo que está bien de lo que está mal.
  • Basarse en modelos de comunicación asertiva en la que se puedan expresar los deseos, puntos de vista y opiniones, así como los sentimientos y emociones, respetándose a uno mismo y también a los demás. Expresar y escuchar.
  • Predicar con el ejemplo. No podemos pedirle a un niño que no grite y decírselo gritando.
  • Usar un estilo educativo democrático, ni excesivamente laxo, ni excesivamente autoritario.

Fomentar la autonomía, la capacidad personal y la valía del niño. Darle oportunidades para aprender, incluyendo el hecho de equivocarse en este aprendizaje. Si se lo hacemos todo, nunca sabrá hacerlo solo y el mensaje que le enviaremos implícito será “te lo hago yo porque no confío en que tú solo puedas hacerlo”, por lo que lo mermaremos su autoestima.