Varias conductas que rompen con las normas.

Uno de los fenómenos normales que aparece dentro del desarrollo vital de la persona, sobre todo en etapas infantiles y adolescentes, es la necesidad de desafío a la autoridad. Pero lo que en un principio puede ser considerado como un acto propio de la edad o las circunstancias puede esconder un patrón de conducta alterado.

Cuando estos desafíos a la autoridad se acompañan de otros comportamientos considerados antisociales, podemos considerarlos como conductas disruptivas. A lo largo de este artículo analizaremos las características de estas así como sus posibles causas y los trastornos psicológicos a las que se asocian.

¿Qué son las conductas disruptivas?

Tradicionalmente, se ha entendido como conductas disruptivas todas aquellas actuaciones o comportamientos considerados como antisociales debido que difieren de las pautas de conductas y valores sociales aceptados.

Además, estas conductas se perciben como una amenaza para la armonía, concordia y paz de la sociedad e, incluso, un riesgo para la supervivencia del conjunto de personas. Estas conductas se manifiestan a través de actos de hostilidad y provocación que alentan al desorden y a la irrupción de las rutinas y actividades tanto a nivel individual como social.

A pesar de que estas conductas pueden darse en una persona de cualquier edad, de manera aislada y puntual o provocadas por algún hecho o situación que supone un gran impacto o trauma para la persona, existen una serie de alteraciones del comportamiento en las que estas conductas conforman algunos de los principales síntomas.

Según el Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM) estas alteraciones pueden clasificarse dentro del grupo de trastornos disruptivos del control de los impulsos y de la conducta, en los cuales se incluyen tanto trastornos infantiles y juveniles como de adultos.

El grupo de trastornos del comportamiento característicos de niños y adolescente son definidos por la presencia de conductas disruptivas continuas. Estas conductas incluyen todo tipo de comportamientos hostiles y desafiantes de ciertos menores hacia cualquier tipo de figura de autoridad.

Mientras que es habitual, y propio del desarrollo del menor, que los niños atraviesen períodos en los que intentan buscar dónde se encuentra en límite en sus comportamientos negativos, los niños con algún tipo de trastorno de conductas disruptiva llevan al extremo la consecución de estos actos y comportamientos, llegando a afectar a su vida cotidiana, así como a la vida de quienes les rodean.

Dentro de esta clasificación del DSM de los trastornos disruptivos encontramos los siguientes desórdenes:

¿Cuales son las señales o síntomas?

Si bien es cierto que cada una de las categorías diagnósticas descritas anteriormente poseen su propio cuadro clínico con todo tipo de síntomas distintivos, existen una serie de síntomas o señales de alarma que nos pueden guiar a la hora de detectar si una persona sufre o está desarrollando alguna de las alteraciones conductuales anteriores, sobre todo si se trata de niños.

Estos indicios los podemos categorizar en tres grupos diferentes: síntomas conductuales, síntomas cognitivos, síntomas psicosociales.

1. Síntomas conductuales

Son, fundamentalmente, los siguientes.

  • Aislamiento social
  • Comportamientos de acoso hacia otras personas.
  • Tendencia a las conductas negativas.
  • Conductas de robo o hurto.
  • Destrucción o daños intencionales a la propiedad ajena, pública o privada.
  • Tendencia a culpabilizar a los demás.
  • Desafiar activamente la autoridad.
  • Negativa a cumplir normas o reglas.
  • Muestras de crueldad con animales.
  • Tendencia a jugar con fuego.

2. Síntomas cognitivos

Estos son los síntomas cognitivos habituales.

  • Problemas de concentración.
  • Sentimientos frecuentes de frustración.
  • Deterioro de la memoria.
  • Incapacidad o problemas para reflexionar antes de hablar.
  • Dificultades para resolver problemas.

3. Síntomas psicosociales

Estos son los aspectos más relacionales de este fenómeno psicológico.

  • Falta de empatía.
  • Falta de remordimiento.
  • Sentimiento de grandiosidad.
  • Negatividad persistente.
  • Irritabilidad constante y persistente.
  • Baja autoestima.

¿Qué causa este tipo de conductas?

Al igual que ocurre con los síntomas, cada trastorno de la conducta disruptiva posee una serie de causas propias. Sin embargo, sí existen una serie de factores de riesgo que favorecen la aparición y desarrollo de estas conductas disruptivas. Entre ellos encontramos:

  • Exposición a la violencia.
  • Antecedentes familiares de enfermedad mental o abuso de sustancias.
  • Violencia doméstica.
  • Sufrimiento de abuso y/o negligencia.
  • Crianza deficiente o inconsistente.

Desórdenes asociados a la conducta disruptiva

Tal y como mencionábamos, las conductas disruptivas no tienen por qué estar asociadas necesariamente con un trastorno psicológico. No obstante, cuando estas aparecen de manera persistente y acompañadas de otros síntomas sí cabe la posibilidad de que se trate de uno de los trastornos de la conducta disruptiva.

1. Trastorno negativista desafiante (TND)

El trastornos negativista desafiante se define por la aparición en el niño de un patrón de comportamientos negativistas, desafiantes, desobedientes y hostiles hacia figuras de autoridad.

Un niño con TND puede discutir constantemente con los adultos, perder el control de sus emociones muy fácilmente, negarse a seguir las reglas, molestar continuamente a los demás y comportarse de manera enfadada, resentida y vengativa. En estos casos es muy habitual que el niño provoque constantes conflictos y situaciones disciplinarias tanto en la escuela como en casa.

En una gran proporción de casos, sin un diagnósticos y tratamiento temprano, los síntomas del trastorno negativista desafiante empeoran con el tiempo y, en ocasiones, se convierten en lo suficientemente graves como para desencadenar un diagnóstico de trastorno de la conducta.

2. Trastorno explosivo intermitente

Esta alteración de la conducta se trata de un trastorno psicológico en el que la persona manifiesta un patrón aleatorio de respuestas conductuales disruptivas, agresivas y desproporcionadas. En la mayoría de los casos, son estas causadas o provocadas por un motivo concreto, ni sin una finalidad aparente; llegando a ocasionar daños y perjuicios severos en el entorno social de la persona y en ella misma.

3. Trastorno de la conducta

El trastorno de conducta se trata de una versión más grave del trastorno negativista desafiante. Definido por el propio DSM como un patrón de conducta repetitivo y persistente en el que la persona viola los derechos básicos de otros, así como las principales normas sociales vinculadas a la edad del sujeto.

Este desorden puede llegar a involucrar agresiones serias hacia las personas o el daño a animales, destrucción deliberada de la propiedad o vandalismo, robos, faltar a las clases e intentar pasar por alto las normas sociales sin ser atrapado.

4. Trastorno de la personalidad antisocial

En este caso, el cuadro clínico es muy similar al del trastorno de conducta pero con el requisito de que solamente puede ser diagnosticado en mayores de 15 años. Además de las conductas que aparecen en el diagnóstico anterior, el trastorno de personalidad antisocial también encontramos otras conductas disruptivas como

  • Falta de adaptación a las normas sociales y a la legalidad.
  • Impulsividad.
  • Incapacidad de adquirir responsabilidades.
  • Despreocupación por la propia seguridad o la de los demás.

5. Piromanía

Conocidos popularmente como pirómanos, estos sujetos muestran conductas que se distinguen por la reiteración de actos o tentativas de provocar incendios o prender fuego, sin un objetivo o motivación aparente, tanto a la propiedad ajena como a cualquier tipo de objeto.

6. Cleptomanía

Finalmente, el último de los trastornos psicológicos en los que la conducta disruptiva es uno de los principales síntomas es la cleptomanía. En ella, la persona manifiesta una conducta reiterada de hurto o de apropiación de lo ajeno. Lo que distingue este trastorno del acto de robar habitual es que la persona no busca enriquecerse o conseguir bienes materiales, sino que el momento del robo es en sí mismo una finalidad.