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Voy a contarles un experimento llevado a cabo con niños hace algunos años.

El procedimiento consistía en lo siguiente: se colocaban dos juguetes (robots, por ejemplo, que emitían sonidos y destellos de luces) a la vista de un bebé, a una distancia prudencial. La llegada al primer robot era obstaculizada por una barrera de acrílico transparente, que permitía ver el juguete, pero dificultaba tocarlo. La llegada al segundo robot no era obstaculizada de ninguna manera.

Por irracional que parezca, la mayoría de los bebés se dirigían tan rápido como podían al primer robot, y trataban de tomarlo intentando pasar por encima de la valla. Lo más llamativo del asunto, era que cuanto más alta era la barrera que separaba a los bebés del juguete, más rápido gateaban y más energías invertían en tratar de tocar el robot.

Cuando lo difícil se vuelve irresistible

Por extraño que parezca, los bebés mostraban una preferencia mucho más acusada por los juguetes que les resultaban difíciles de alcanzar. 

Este es tan solo un ejemplo de un fenómeno singular que caracteriza al ser humano y condiciona su conducta ya desde la cuna misma: reaccionamos con vehemencia, oponiendo resistencia, ante todo aquello que obstaculice o limite nuestras libertades personales y capacidad de decisión. Nos gusta tener el control, o al menos, pensar que lo tenemos.

El caso de los famosos como algo inalcanzable

Otro buen ejemplo lo constituyen las estrellas de la farándula.

La verdad es que la mayoría de los actores y la actrices famosos no son, en promedio, ni más bellos ni más inteligentes que el común de la gente que camina por la calle. Las mujeres más bonitas, me consta, y de esto puedo hablar por la simple autoridad que me confiere el hecho de ser hombre, no salen en las revistas de moda ni protagonizan novelas en televisión. Por el contrario, las he visto en el transporte público, en el supermercado del barrio, y paseando al perro en la plaza.

Si nos desesperamos por pedirle un autógrafo o por sacarnos una foto con el deportista del momento que casualmente está sentado en la mesa de al lado en el restaurante al que fuimos a cenar el sábado por la noche, o si tenemos romances lujuriosos en nuestra imaginación con la modelo de pasarela del momento es, en gran parte, porque los percibimos como únicos en su género, y fundamentalmente inalcanzables. Sí, así como los bebés veían a los robots de juguete detrás de la valla.

Lo prohibido atrae

Dice la biblia, que en la época de la creación misma, incluso Adán y Eva metieron la pata hasta el cuello, sesgados (y cegados) por la posibilidad de acceder a lo inaccesible. La pareja de tortolitos podía comer de todos los arbustos que poblaban el fastuoso paraíso, menos del fruto prohibido. La regla era simple, clara y contundente; no daba lugar a mayores interpretaciones.

Pues bien, de todos los árboles y manzanas disponibles en la vastedad de la pradera divina, ¿cuál les pareció más apetecible en primer lugar? Justamente, el único que se les había prohibido.

Lo mismo ocurre hoy en día con las versiones puras de cualquier director del séptimo arte, sin los cortes impuestos por la productora cinematográfica, lo que comúnmente se conoce como “versión extendida”. La película que supuestamente escapa a la censura que se ha ejercido sobre la obra original del cineasta, es presentada habitualmente con cierto aire de mística y exclusividad, se vende por separado en DVD, y resulta siempre mucho más deseable por el público en general.

La autocensura es un fenómeno que muchas agrupaciones y partidos políticos utilizan para llamar la atención sobre el mensaje que desean transmitir.

En lugar de buscar la difusión masiva de sus propuestas, procuran vender la idea de una censura ejercida por la autoridades o el gobierno de turno. “Nos quieren callar” y “no quieren que digamos la verdad” son frases supuestamente anti-publicitarias características que explotan el deseo típico humano de obtener lo que le está vedado.

Todos quienes me conocen saben que soy un fanático recalcitrante de “Los Simpson”. Hay un episodio en que el jefe de policía tiene que acudir a una emergencia. Está en su casa, al cuidado de su hijo, si mal no recuerdo. Ante la imposibilidad de dejarlo bajo supervisión adulta; antes de salir le advierte con seriedad al pequeño niño de que en su ausencia puede jugar con todos los juguetes que quiera, pero que de ninguna manera abra el “armario misterioso de los secretos prohibidos”. Bueno, si el amigo lector no vio el capítulo o no es aficionado de la serie, ya se estará imaginando a donde se dirigió presuroso el niño tan pronto como el jefe cruzó el umbral de la puerta.

El caso de la crisis argentina y el corralito

Quienes viven en Argentina y tienen ya cierta edad, recordarán el mundialmente famoso “corralito” que en el año 2001 decretó por aquel entonces quien fuera el ministro de economía.

Este político dispuso por la cadena nacional que a partir de ese momento, todos aquellos habitantes que poseían ahorros personales en los bancos, solo podían retirar la absurda cifra de $ 250 por semana en concepto de cualquier uso que se le quisiera dar a ese dinero. Lo que ocurrió a continuación dio la vuelta al mundo.

La gente, que una semana antes no tenía intención de sacar su dinero del banco, súbitamente experimentó la imperiosa necesidad de hacerlo. La medida disparó una auténtica desesperación colectiva entre la población por tener en sus propias manos lo que legítimamente le pertenecía.

Las protestas sociales se acumularon y el caos se apoderó de las calles. En pocos días, el presidente de la nación tuvo que renunciar, acosado y desbordado ante un estallido social que terminó con varios muertos y decenas de heridos.

Superada la crisis de por aquel entonces, muchos años después, un gobierno diferente al mando en el estado argentino dictaminó severas restricciones a la compra de moneda extranjera, fundamentalmente dólares y euros, en lo que terminó llamándose “cepo cambiario”.

Comprando billetes como si no hubiera mañana

Hasta ese momento, cualquier ciudadano común era libre de adquirir moneda estadounidense o europea en cualquier banco sin mayores requisitos o condiciones. A partir de la instauración del cepo, la prohibición para comprar dólares fue prácticamente total, con lo cual, este extraño fenómeno psicológico apareció nuevamente en escena.

Estando los verdosos billetes restringidos para casi todo el mundo, se convirtieron en la figurita difícil de conseguir, lo que trajo aparejado no solo severas complicaciones para la economía local, sino también la proliferación de casas clandestinas de cambio por todas partes, y la instauración de un mercado paralelo que al poco tiempo estaba fuera de control.

Más de una vez he pensado seriamente en la posibilidad de enviar por correo a la Casa Rosada una copia de este artículo. O bien ofrecerles asesoría psicológica. No puedo creer que después de años completos de experiencia de primera mano, sigan cometiendo los mismos errores estúpidos una y otra vez.

Beneficiándose de la atracción por lo difícil

Como contrapartida, los que sí hicieron las cosas bien en la década del 80 fue la banda de rock nacional “Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”. Ellos aplicaron el concepto que hoy estamos aquí debatiendo a la perfección, y en su propio beneficio.

En primer lugar, los Redonditos daban conciertos en vivo muy esporádicamente. A los sumo, lo hacían solo una vez al año, con lo cual, gracias a la escasez de la oferta, se aseguraban que los recitales fueran siempre multitudinarios.

Como corolario, se presentaban en puntos bien alejados de Buenos Aires, donde se encontraba la mayor concentración de público que los seguía. Al igual que las barreras de acrílico que les dificultaban a los bebés tocar el juguete, los Redonditos daban sus conciertos en La Plata, Mendoza, e incluso Uruguay, asegurándose el difícil acceso para buena parte de sus fans y por consiguiente un mayor grado de interés para sus seguidores.

Seguramente algún lector estará pensando que en realidad los Redonditos presentaban sus shows en Uruguay para beneplácito del público uruguayo. Pues no. Ese es un punto de vista bastante ingenuo sobre el asunto y en rigor a la verdad, si hay algo de lo que los miembros de la banda y su producción nunca pecaron, fue de ingenuos.

Concluyendo

Las cosas nos resultan más deseables y valiosas en la medida que no las podemos tener, y menos deseables y valiosas en tanto mayor sea su carácter percibido de ordinario, corriente y de fácil acceso.

Y esto es así desde los orígenes mismos de la humanidad, desde le época de las cavernas, contexto en el que escaseaban todos los elementos básicos que necesitábamos para sobrevivir a la infancia, alcanzar la adultez y poder reproducirnos.

Hoy en día, prácticamente todo lo que antes era difícil de obtener, lo podemos solicitar por delivery en nuestro propio domicilio. No obstante, seguimos tomando decisiones en base a una premisa mental inconsciente, y que nos lleva a creer que lo que se consigue con esfuerzo, o reviste cierto grado de exclusividad, es más importante o valioso para nosotros, y lo queremos a toda costa.