Quiero hacerle una pregunta: ¿cómo puede usted saber si una persona determinada es cariñosa, o egoísta, o violenta, o cualquier otro calificativo que se le ocurra?

Por razones puramente operativas, no puedo escuchar su respuesta, pero puedo imaginarla: Seguramente usted me diría que para saber si la persona en cuestión posee esas cualidades primero debería poder observar cómo se comporta. Y esto no me sorprende. Juzgamos a los demás, y eventualmente le aplicamos calificativos, observando cómo se conducen en su vida cotidiana.

Lo que sí resulta ser un hecho bastante curioso es que muchas veces utilizamos la misma metodología para juzgarnos a nosotros mismos. Sabemos si somos cariñosos haciendo un repaso mental de los gestos de cariño que habitualmente tenemos con nuestra pareja, o nuestros hijos, por ejemplo.

Usualmente la dinámica sigue ese orden, aunque no lleguemos a ser consciente de ella: Primero nos fijamos en cómo nos comportamos y luego nos aplicamos un rótulo, o nos incorporamos a una categoría determinada, ya sea la de valiente, gracioso, optimista o sensible. Esta es la primera cuestión que deseo dejar establecida para poder responder a la pregunta que da forma al título de este artículo. 

La coherencia como valor

Y hablando de cualidades humanas, la segunda cuestión a tener en cuenta es la necesidad de congruencia que experimentamos la mayoría de los seres humanos.

La coherencia, definida como cierta sintonía entre lo que una persona dice y hace, es una virtud muy valorada en todas las culturas. Lo contrario, la incoherencia, se traduce en comportamiento errático, inconsistente o impredecible. Y la verdad es que a nadie la gustan las personas que no logran ajustarse a una línea de conducta.

Es normal que a aquellas personas que cambian de opinión constantemente, o son fácilmente influenciables, se las tilde de flojas, débiles de voluntad, o lisa y llanamente tontas. Así, la coherencia es una característica de personalidad muy apreciada. Cuando nos formamos una imagen sobre nosotros, nos esforzamos por ser consecuentes con esa imagen.

En todo momento, nuestra propia conducta nos dice mucho sobre nosotros, incluso en época de elecciones. Cuando votamos por el candidato Fulano, paralelamente construimos todo un andamiaje que empieza a funcionar como sostén y facilitador que nos ayudará a volver a votar en las elecciones siguientes. En ese sentido, si ya nos decidimos por Fulano la primera vez, es coherente para nosotros continuar en la misma línea de acción y volver a votar por Fulano la segunda vez.

Sesgos electorales y persistencia

El fenómeno cobra aún más fuerza si cuando elegimos nuestro candidato la primera vez, lo pregonamos a viva voz y se lo hacemos saber a todo el mundo. Cuando comunicamos abiertamente nuestro apoyo a Fulano en una especia de militancia partidaria amateur, la necesidad de ser coherente ante la mirada atenta de los demás se nos impone con una fuerza aún mayor.

Alcanzado este punto, a la hora de volver a votar, no solo sufrimos la presión interna para ser coherentes con nuestra decisión anterior, también sufrimos una presión externa por parte de aquellos que nos conocen.

Pero el tema no se agota allí, sino que tiene algunos ribetes más sorprendentes todavía: Se ha demostró experimentalmente que cuando una persona se ha formado una opinión sobre un tema cualquiera, mostrarle evidencia concreta que demuestre que la verdad se encuentra en la vereda de enfrente, no sirve para persuadirlo la gran mayoría de las veces; peor aún, toda prueba sólida que indique que tal o cual persona podría estar equivocada, contrariamente a lo que dice el sentido común, ayuda a que esa persona se aferre aún más a su creencia.

A este curioso fenómeno psicológico se lo conoce como “persistencia” y según se teoriza, una vez que alguien ha invertido tiempo y esfuerzo para convencerse de algo, se ciñe con vehemencia a esa idea ante cualquier atisbo de duda o amenaza externa. Sepa que desarmar una creencia enquistada en la mente es extremadamente doloroso para el cerebro.

Por qué siempre votamos al mismo candidato

No importa demasiado el zafarrancho brutal en materia económica o educativa que pueda estar haciendo el político inoperante de turno; a quienes los votaron, no les queda más remedio que seguir defendiéndolo a ultranza, poniendo parches aquí y allá, y construyendo toda clase de racionalizaciones y falaces justificaciones que ayuden a sostener el andamiaje cognitivo precario que ahora se tambalea.

Aceptar que esta vez, en lugar de votar por Fulano sería mejor votar por Mengano, es aceptar también que estaban equivocados desde el principio, y de hacerlo, implícitamente también estarán aceptando su propia estupidez, y echando por la borda todos los recursos personales puestos en juego hasta ese momento.

Muy probablemente por esa razón, a pesar de todo, los políticos que solo se concentran en su propio beneficio, totalmente distanciados de las necesidades de la mayoría de la gente, siguen haciendo buenas elecciones una vez que han llegado al poder.

La necesidad de coherencia interna de quienes los votaron originalmente puede llegar a ser muy poderosa. Y el costo psíquico de retractarse, demasiado elevado.