A veces no salen las palabras para pedir disculpas. Unsplash.

Si aceptamos el hecho de que nadie es perfecto, debemos aceptar también que en el día a día a nadie la faltan motivos para disculparse. Ya sea por tomar las decisiones incorrectas, por incapacidad o por actuar mal, es muy frecuente que aquello que hacemos cause malestar en alguien más, o tenga la capacidad de perjudicarle.

Normalmente, todo se soluciona pidiendo perdón, y la mayoría de las veces todo se resuelve de esta manera tan simple. Sin embargo, hay una pequeña porción de la humanidad que aparentemente desconoce esa posibilidad. Ciertas personas son totalmente incapaces de decir “lo siento”. ¿Por qué ocurre esto?

La incapacidad de pedir perdón cuando toca

El lenguaje es algo maravilloso: gracias a él, conflictos que podrían llegar a enquistarse y causar malestar y peleas durante años se resuelven con un breve intercambio de frases. Esto ocurre porque mediante las palabras reducimos el margen de incertidumbre acerca de lo que piensa la otra persona, algo muy importante en la gestión de esta clase de problemas.

El hecho de decir “lo siento” por ejemplo, supone dar un gran paso: alguien reconoce que ha actuado mal, en detrimento del bienestar de otra persona (o de un grupo), con lo cual se abre la posibilidad a compensar de alguna manera. Independientemente de si se aprovecha esa oportunidad para ser compensado, se ha hecho un mínimo de justicia.

Sin embargo, para que cada vez que alguien hace algo mal y es consciente de ello pidiese disculpas, debería cumplirse una condición que casi nunca se da: que prime la racionalidad sobre los sentimientos. A la práctica, hay personas que, incluso sabiendo que deberían pedir perdón, son incapaces de hacerlo… sin que ellas mismas sepan por qué.

Así pues… ¿por qué hay personas a las que les cuesta tanto reconocer ante los demás que se han equivocado, que lo sienten, cuando saben que es así y se sienten mal por ello? Ay diferentes motivos, pero todos ellos están relacionados, y tienen que ver con una mala gestión de la autoimagen.

La necesidad de preservar la autoestima

Todas las personas estructuran su propia identidad a partir de una serie de ideas y creencias acerca de uno mismo. A este conjunto de descripciones del “yo” se le llama autoconcepto, o autoimagen. Esta autoimagen permite no ir a ciegas a la hora de relacionarnos con los demás y con el entorno que no rodea, teniendo una cierta idea de cuáles son nuestras características, debilidades y fortalezas.

Sin embargo, la autoimagen no es un conjunto de informaciones recopiladas fría y objetivamente. Al contrario. Como aquello de lo que se habla en la autoimagen es uno mismo, todas esas creencias tienen un impacto emocional evidente sobre la persona.

Así, todo aquello que indique debilidad, incapacidad o poca fiabilidad a la hora de tomar decisiones, tiene un impacto en la autoestima, que es la vertiente valorativa de la autoimagen, aquello que habla sobre el valor de uno mismo en comparación a unos estándares que nos fijamos (y que pueden ser más o menos acertados). Hay muchas situaciones que pueden comprometer la autoestima, y muchas veces, el hecho de pedir perdón es una de ellas.

Un autoconcepto delicado

Hay quien tiene una autoimagen tan delicada que el simple hecho de reconocer un error puede hacer que su autoestima se tambalee, por insignificante que haya sido el error que se reconoce. En cierto modo, si una parte de nosotros sabe que nos hemos equivocado y hemos actuado de un modo inapropiado, la autoimagen puede permanecer protegida siempre que no reconozcamos el error en voz alta. Podemos jugar a disfrazar el error de otra cosa, atribuirle la culpa a otra persona o, simplemente, no ponerle nombre a ese sitil sentimiento de culpa que sentimos.

Pero si pedimos perdón, todos esos pensamientos y sentimientos originados por el error cometido quedan automáticamente etiquetados como lo que son: nuestra responsabilidad. Y, en cuestión de un segundo, tenemos que lidiar con el hecho de que nuestro autoconcepto no puede seguir existiendo tal y como lo hacía.

Si el error por el que pedimos perdón es pequeño, esto puede significar que somos capaces de cometer pequeñas equivocaciones a las que no damos importancia y por las que no nos disculpamos. Si es un error grave, puede significar un cambio radical en el modo en el que nos vemos. Por supuesto, la mayoría no tenemos demasiadas dificultades a la hora de darnos cuenta que pedir perdón es algo que habla bien de nosotros y que, en parte, hace que la equivocación quede atenuada. Pero hay quien no puede permitirse poner en el punto de mira su autoconcepto, exponerlo al más mínimo rasguño.

Humillación o disonancia cognitiva

Está claro que hay quien no pide perdón simplemente porque no piensa en el bienestar de los demás o porque considera que, desde una lógica instrumental, decir “lo siento” no le reporta ningún beneficio: pensemos, por ejemplo, en alguien con cierta tendencia a la psicopatía que al bajar del autobús empuja a alguien a quien no volverá a ver.

Sin embargo, entre quienes no son capaces de disculparse a pesar de sentirse mal por ello, lo más común es que se dé una de dos opciones: o asocian la disculpa a la humillación, con lo cual su autoestima no podría soportar hacer algo así pero tampoco tienen manera de expresar su arrepentimiento, o tienen un cierto delirio de grandeza.

En este último caso, reconocer el error entra tan en conflicto con su autoimagen que pedir perdón implicaría replantearse desde cero muchos de los aspectos sobre su propia vida y sobre las relaciones con los demás: se trata de un fenómeno conocido como disonancia cognitiva.

En cualquier caso, queda claro que saber pedir perdón de manera honesta es una carta que juegan las personas con una alta Inteligencia Emocional. No hay que hacerlo si no se tiene motivos para ello, pero cuando se sabe que es lo correcto, expresarlo se vuelve una simple cuestión de saber gestionar bien los propios sentimientos (y saber comunicar esa habilidad a los demás).