Stephen Jenner [Wikipedia Commons]

El mundo de los cotilleos no es simplemente algo que se ciña a la telebasura; está profundamente instalado en nuestras vidas, incluso cuando creemos que nosotros no participamos de él.

De hecho, los rumores y los cotilleos son fenómenos muy estudiados por la psicología social desde hace décadas, y han sido muchos los investigadores que se han propuesto analizar cómo nacen, cómo se difunden y qué efectos tienen.

Por supuesto, hay personas que son más propensas que otras a caer en la tentación de buscar siempre piezas de información personal y difundirla; no todos actuamos igual. Pero... ¿qué es lo que hace que existan tantas personas cotillas?

Un mecanismo básico de socialización

Existen investigadores que atribuyen a los cotilleos una gran importancia, al estar en la base de nuestras primeras formas de socialización.

Por ejemplo, el psicólogo y biólogo Robin Dunbar ha desarrollado una teoría que sitúa los chismorreos en el inicio del uso del lenguaje en el ser humano, hace decenas de miles de años. Para él, el gossiping era la evolución del ritual que seguían nuestros ancestros al asearse y desparasitarse la piel los unos a los otros. Si esta actividad servía para reforzar lazos sociales, con la aparición del lenguaje esta costumbre se transformó en un intercambio de información en un contexto confidencial, lo cual servía para socializar y para conocer mejor lo que ocurría en la tribu.

De algún modo, la existencia de cotilleos permitió que el uso del lenguaje se siguiese desarrollando, lo cual permitió que apareciesen sociedades complejas y amplias.

Así, escuchar y transmitir cotilleos servía para aprender a través de narraciones simples las normas sociales de un grupo, el estatus de cada individuo e incluso las oportunidades: ¿relacionarse con cierta personas positivo? ¿hay alguien que busca pareja? etc.

Así, las personas cotillas, en el fondo, son aficionadas a un estilo de transmisión de información que podría tener su origen en el nacimiento del lenguaje, y por eso lo sigue utilizando actualmente en un contexto en el que la tribu ha desaparecido y el número de personas de las que se puede extraer cotilleos interesantes es mucho más elevado.

Eliminar la incertidumbre

Pero los cotilleos también tienen su razón de ser en los fenómenos sociales que ocurren actualmente, independientemente de lo que haya ocurrido hace mucho tiempo atrás. De hecho, el mundo de los chismorreos es una respuesta a una necesidad psicológica básica: eliminar la mayor cantidad de incertidumbre que sea posible, especialmente si tiene que ver con algo que llama nuestra atención y que mantenemos en mente con relativa frecuencia.

Nuestro cerebro no está diseñado para saberlo todo, pero se muestra más que competente a la hora de seleccionar información que para nosotros es relevante y al acumular datos sobre ese tema en concreto.

Cuando intuimos que hay respuestas que se nos escapan, nos sentimos mal, porque la información de la que disponemos se revela insuficiente y, si la consideramos importante, trataremos de completarla para restablecer ese equilibrio cognitivo del que disponíamos antes. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con la disonancia cognitiva, que aparece cuando nos damos cuenta de que nuestros esquemas mentales no encajan bien con la nueva información que nos llega.

Por ejemplo, alguien que sea fan de un cantante puede reaccionar enérgicamente cuando le llegan rumores de que esa persona consume drogas si considera que ese comportamiento no encaja con la idea de una persona respetable. Esto puede hacer que trate de indagar más sobre el tema para modificar sus ideas del modo menos desagradable posible y hacer que esta nueva información encaje bien en sus esquemas cognitivos (por ejemplo, concluyendo que no hay suficientes pruebas para considerar cierto el rumor, o bien responsabilizando a otra persona del círculo de amistades del cantante).

Más allá del fenómeno fan

Pero... ¿qué ocurre cuando los cotilleos son acerca de alguien a quien ni siquiera respetamos o idolatramos? En estos casos, el mecanismo de eliminación de la incertidumbre sigue funcionando, haciendo que nos interesemos por la vida de personas que, en cierto modo, diríamos que no nos interesan en absoluto.

Por ejemplo, los programas del corazón se caracterizan por insistir en exponer detalles de la vida de personas con las que no empatizamos. El truco aquí está en que la simple exposición repetida a la información sobre una persona en concreto hace que esta tenga más importancia para nosotros, independientemente de si nos cae bien o no.

De algún modo, el cerebro va acostumbrándose a reactivar los recuerdos relacionados con esa figura pública (o no tan pública), con lo cual pasaremos a pensar en ella con más frecuencia y, por consiguiente, será más relevante para nosotros rellenar esas lagunas de conocimiento sobre su vida cuando estas son reveladas.

Así, incluso personas que no se caracterizan por idolatrar a ciertos iconos de la cultura popular son propensas a caer en el cotilleo, aunque en ocasiones no lo admitan. 

¿Es útil cotillear?

El propio concepto de cotilleo acostumbra a ir de la mano de la idea de que se trata información poco relevante a efectos prácticos, y muchas veces esto se cumple justamente porque sabemos de la existencia de personas que solo conocemos a través de medios de comunicación. En otras ocasiones, sin embargo, los cotilleos sí pueden ser de utilidad desde el punto de vista del interés individual, aunque la clase de oportunidades que ofrece el hecho de conocer esa información sean mal vistas y, por consiguiente, contribuyan a que los cotilleos en general tampoco gocen de buena fama. 

En definitiva, determinar si los cotilleos son útiles o no depende de cada caso y del tipo de escala ética desde la que se parta.

En conclusión

Los cotilleos son un componente de socialización que probablemente nació en comunidades pequeñas y que, con el paso de los milenios, se han ido adaptando a las sociedades masificadas.

Si existen tantas personas con propensión a escuchar rumores es justamente porque estos existen a través de un principio psicológico básico: captar información acerca de temas en los que solemos pensar, ya sea porque encontramos razonable tenerlos en cuenta para obtener beneficios o porque campañas de marketing y propaganda nos han llevado a pensar mucho en ciertas personas aunque esto no nos suponga un beneficio material claro.