El término “manspreading” es relativamente nuevo, y de hecho no se popularizó hasta bien entrado el año 2014, según los datos de búsqueda en Google. Sin embargo, hace años que se conoce el problema al que hace referencia: una cierta tendencia por parte de muchos hombres a ocupar mucho más de lo necesario en los asientos de los transportes públicos a fuerza de abrir o estirar mucho sus piernas.

De hecho, ya en los años 70 una fotógrafa feminista llamada Marianne Wex se dedicó a documentar este fenómeno, y el resultado fue un libro ampliamente documentado llamado Let’s Take Back Our Space: Female and Male Language as a Result of Patriarchal Structures.

Sin embargo, a la hora de explicar por qué existe el manspreading, la perspectiva de género y feminista no es la única, y a día de hoy la causa de esta tendencia del comportamiento masculino es debatida. Ahora bien… ¿Qué sabemos hasta el momento acerca del manspreading?

¿Hasta qué punto es un problema generalizado?

Por lo que se sabe, el manspreading es algo muy común, tanto que lo normal es encontrar al menos un caso en cada vagón de tren. Un reciente estudio realizado con una muestra de más de 5000 personas que utilizaron el transporte público durante diferentes días de la semana y horas del día, más de un cuarto de los hombres (el 26%) ejercieron manspreading, mientras que este porcentaje caía hasta menos del 5% en el caso de las mujeres.

Además, esa misma investigación concluyó que incluso aquellos hombres que estiraban sus piernas en ausencia de otros pasajeros que se sentasen a su lado tendían a no corregir su postura cuando el vagón se iba llenando de gente y desaparecían los asientos libres.

Curiosamente, además, el grupo de edad en la que los hombres se mostraron más propensos a caer en el manspreading es el que va de los 30 a los 49 años. A edades más tempranas el porcentaje era algo menor, y bastante menor en grupos de edad de personas mayores de 50 años.

Las campañas contra el manspreading y la propia utilización cada vez más extendida de este término parecen no haber servido para eliminar este comportamiento. ¿A qué podría deberse esta resistencia al cambio? Es un problema cultural, o uno biológico que no se irá por muchas campañas de civismo propagandísticas que se utilicen en forma de cartelitos disciplinarios?

Las posibles causas del manspreading

Evidentemente, muchas de las propuestas que intentan ofrecer una explicación acerca del manspreading tienen un trasfondo político más o menos claro. Por ejemplo, tal y como hemos visto, autoras feministas como Marianne Wex indican que el manspreading podría ser otro de esos pequeños privilegios reservados para los hombres; en este caso, el de poder reclamar para sí mismos más espacio en ciertas situaciones, para su propio confort y en detrimento del bienestar de los demás. 

Así, esta conducta sería a la vez una forma de expresar su poder, que desde una óptica feminista estaría vinculado al patriarcado, y un privilegio que permite sentir mayor comodidad.

Por otro lado, entidades críticas con el feminismo, como por ejemplo la Canadian Association for Equality (una organización vinculada al Movimiento Derechos del Hombre) ha llegado a aducir que para el varón resulta potencialmente doloroso sentarse manteniendo las piernas paralelas.

De un modo menos politizado (aunque igualmente politizante), los investigadores Ash Bennington y Mark Skinner sugieren que el manspreading es una cuestión biológica que tiene que ver con que el hombre tiene los hombros mucho más anchos que la cadera en comparación a las mujeres. 

Según este razonamiento, el espacio que dejan entre sí las rodillas debe corresponderse con el que dejan entre sí los hombros, lo cual hace que, por defecto, el ángulo mínimo que mantienen entre sí las piernas sea mucho mayor. Además, abrir las piernas sería una manera de evitar que ocupasen mucho espacio justo enfrente, donde muchas veces discurre el pasillo de los vagones.

¿Biología o fenómeno cultural?

En definitiva, sigue sin existir una causa clara que explique el fenómeno del manspreading, aunque sí se sabe que existe, está muy presente en el día a día de quienes utilizan transporte público, y que es algo significativamente generalizado en los hombres. 

Ahora bien, si es algo provocado solo por la propia biología de los cuerpos o por las normas culturales y las conductas aprendidas a lo largo de las generaciones es algo de lo que probablemente sabremos más en unos años, a medida que se vaya investigando más acerca de esta conducta recientemente bautizada. Probablemente, en su origen encontraremos una mezcla de biología y de aprendizajes culturales normalizados a lo largo de siglos y siglos. A fin de cuentas, resulta muy complicado encontrar un claro espacio entre sexo y género.