Para defender sus intereses, se entiende que la mujer debe dar algo a cambio siempre.

Cuando pensamos en el concepto de “machismo”, es fácil que imaginemos a un hombre que expresa opiniones claramente sexistas acerca del papel que las mujeres deben tener como cuidadoras del hogar y de los niños.

Sin embargo, hace tiempo que se sabe que el machismo no es solo una serie de creencias acerca de cómo deben ser las relaciones entre hombres y mujeres. No aparece solo al mostrar directamente opiniones impopulares; surge en nuestra manera de comportarnos y de relacionarnos. Está en los hechos, no en las palabras.

Es por eso que, muchas veces, el carácter hiriente del machismo queda disimulado; es visto como algo totalmente normal no porque no produzca dolor (lo produce) ni porque sea justo (no lo es), sino porque nos cuesta imaginarnos otra manera de relacionarnos con el género femenino. Se ha vuelto normal no empatizar con las mujeres, actuar frente a ellas tal y como lo haría un psicópata.

Así es como el machismo nos vuelve psicópatas frente a las mujeres

A continuación veremos varias actitudes, prácticas y comportamientos que, pese a ser una manera de tratar a la mujer como un objeto, forman parte de nuestro día a día.

1. Esperar una recompensa por tratar al a mujer como a un ser humano

Los psicópatas se caracterizan por ser capaces de gestionar cualquier relación personal siguiendo una lógica de costes y beneficios. Es decir, prácticamente todo lo que hacen al estar con alguien tiene sentido como parte de una estrategia más o menos concreta para obtener algo a cambio.

Esto es algo que ocurre a menudo actualmente en el modo en el que los hombres tratan de congeniar con mujeres. El hecho de no menospreciar explícitamente es percibido como una ventana competitiva que se tiene frente a una gran cantidad de hombres, y eso significa que puede ser usado para pedir algo a cambio.

Por ejemplo, el concepto de “frienzone” a menudo es utilizado para chantajear emocionalmente en este sentido, pasando por alto que la amistad no es algo que deba ser usado para comprar a las personas.

2. Forzar situaciones en las que cuesta demasiado decir que no

Aunque es lento, el progreso existe, y por ello cada vez son más las personas que tienen claro que la violación es algo aberrante en todos los casos (aunque cueste creerlo, esta idea es relativamente reciente). Sin embargo, siguen estando normalizadas acciones que se parecen mucho a esta clase de imposición de voluntad dirigida contra las mujeres.

Un ejemplo de esto tiene que ver con técnicas para “flirtear” usadas habitualmente por hombres y que tienen en común crear una situación tan violenta en la que decir que no cueste mucho. Esto puede consistir tanto en hacer que el límite del espacio personal quede desdibujado (con abrazos que en un principio iban a ser breves pero se terminan alargando) como en generar un ambiente tan desagradable que aceptar cualquier petición sea la salida más fácil (por ejemplo, a través de preguntas muy personales e incómodas).

La idea es colocar a la mujer en una clara situación de inferioridad, dejarla sin espacio para negociar lo que es aceptable y lo que no lo es.

3. Hacer como que no oyen o no entienden

Esta práctica es otra de esas maneras sutiles que se usan para anular a la mujer, y consiste en actuar como si todo lo que sucede en los diálogos con ellas ocurriese en un teatrillo, algo que no significa nada y de lo que nos podemos apartar para dirigirnos a las personas que sí tienen la inteligencia suficiente para entender lo que está sucediendo.

4. Actuar como si toda mujer debiese ceder su tiempo para conocer a un hombre

Es sistemático: nadie se sorprende si yendo por la calle no queremos detenernos un segundo para recibir un folleto publicitario de un nuevo negocio que ha abierto en la zona, pero resulta inaceptable que una mujer no quiera prestar atención durante varios minutos para darle la oportunidad a un hombre que quiere presentarse. Del mismo modo en el que los psicópatas pueden enfocar cualquier relación como un puzzle en el que la meta es obtener lo que uno quiere, en esta clase de interacciones no importa la disposición inicial de la mujer; solo importa el final al que se quiere llegar.

5. Culpar a la mujer por sus sentimientos

El ámbito emocional siempre ha sido asociado a lo femenino, y eso significa que puede ser interpretado como un signo de debilidad. Por ejemplo, frecuentemente se menosprecia a las trabajadoras al asumir que se preocupan más por las personas que por los fríos objetivos empresariales. Esto ocurre incluso con jefas.

6. Utilizar su sexualidad en su contra

Buena parte del modo en el que hemos aprendido a concebir la sexualidad femenina se basa en una creencia tan irracional como dañina: si no eres hombre y quieres vivir tu sexualidad, pierdes derechos y dignidad.

Es decir, el simple conocimiento e que una mujer no es totalmente ajena a la vida sexual puede ser usado en su contra, ya sea para humillarla o para coartar su libertad con el pretexto de protegerla. Cualquier excusa es buena para someter a una persona que no es asignada al género masculino.

7. Utilizar su “pureza” en su contra

Si la anterior opción no puede ser explotada porque no hay señales evidentes de que una mujer no se ajusta al rol de objeto sexual, eso también puede ser un motivo para atacarla.

¿Cómo? Hay diferentes estrategias: desde tratarla como algo que no tiene valor al estar “desconectada” de su supuesta función como máquina para reproducirse y criar, hasta señalar que no invertir tiempo y esfuerzo en despertar el interés de los hombres le resta valor.

8. Valorar a la mujer solo por su estética

Esto va mucho más allá de esa tendencia que tenemos de fijarnos en el aspecto de las personas para decidir qué actitud tomaremos frente a ellas, algo en lo que solemos caer con frecuencia independientemente de cómo sea el otro. En el caso de las mujeres, además, el machismo contribuye a que sea el físico el que describa su personalidad, sus aspiraciones e intereses.

Dicho de otro modo, se percibe a la mujer como un maniquí animado, programado específicamente para orientar su pensamiento hacia el ámbito en el que trabaja el maniquí: atraer, ofrecer una buena imagen, etc.

9. Culpar a la víctima de violencia de género

Sigue siendo muy frecuente responsabilizar a las víctimas de acoso sexual o violación por lo que les ha ocurrido. El motivo de esto es que hacer cualquier otra cosa supondría tomar plena responsabilidad frente a un serio problema social y estructural, mientras que ignorarlo y mantener al margen las necesidades de seguridad de las mujeres resulta más cómodo.