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El compañero Oriol Arilla escribió hace poco tiempo en Psicología y Mente un interesantísimo artículo titulado “El lenguaje como regulador de lo social“. Aprovecharé que ya se ha roto el hielo con uno de los temas que más controversia suscita y que ha sido objeto de las más importantes teorías filosóficas y psicoanalíticas del último siglo para ahondar todavía más en la reflexión.

El artículo de O. Arilla se inicia con una primera e importantísima ruptura con los análisis más convencionales sobre lo que es el lenguaje. A saber, que no es únicamente un medio de transmisión de información.

Ruptura con el paradigma clásico

El escritor y filósofo Walter Benjamín nos advirtió hace casi un siglo que no podíamos reducir el análisis del lenguaje al siempre limitado esquema burgués, utilitarista, de ser un medio para un fin. En este caso, un medio para transmitir información de una persona hacia otra. Para Benjamín, y suscribo su tesis, el lenguaje es una medialidad pura. Esto es, no entra en los canales de ser un medio para un fin sino un medio en sí mismo y realizado en sí mismo. Para defender esta posición, Benjamín argumentaba que nadie puede referirse y pensar sobre el lenguaje sin recurrir al lenguaje mismo. Si quisiéramos aplicar un análisis científico cartesiano hacia el lenguaje tendríamos que poder aislarlo como objeto, el problema es que esta operación es imposible. De ningún modo podemos separar al lenguaje de su propio objeto de análisis pues debemos utilizar el lenguaje mismo para hacerlo.

Esta idea enlaza con la cita de Nietzsche que abre, inaugura, el artículo de Oriol: “No hay nada menos inocente que las palabras, las armas mas mortíferas que puedan existir”. No es que las palabras sean sólo el arma más mortífera que pueda existir (no es un medio inocente para un fin independiente de ellas) sino que son, además, el primer marcador de poder y de estructura. El lenguaje es la primera estructura que nos enseñará a obedecer.

Deleuze y Guattari escriben en Mil Mesetas: “El lenguaje ni siquiera está hecho para que se crea en él, sino para obedecer y hacer que se obedezca. […] Una regla de gramática es un marcador de poder antes de ser un marcador sintáctico. La orden no está relacionada con significaciones previas, ni con una organización previa de unidades distintivas”[1]. El lenguaje siempre presupone al lenguaje y va a configurar mediante una estructura dura una forma determinada de aproximarse al mundo, a lo visto, a lo oído. Generará, de esta manera, diversos efectos de poder, en los cuales entra la construcción de nuestra subjetividad y de nuestra forma de ser en el mundo. El lenguaje va siempre de algo dicho a algo que se dice, no va de algo visto a algo que se dice. Deleuze y Guattari argumentan entonces que si los animales –en su ejemplo, las abejas- no tienen lenguaje es porque lo que tienen es la capacidad de comunicar algo visto o percibido, pero no tienen la capacidad de transmitir algo no visto o no percibido a otros animales que tampoco lo hayan visto o percibido.

Afirman Deleuze y Guattari profundizando esta idea: “El lenguaje no se contenta con ir de un primero a un segundo, de alguien que ha visto a alguien que no ha visto, sino que va necesariamente de un segundo a un tercero, ninguno de los cuales ha visto“. En ese sentido, el lenguaje es transmisión de palabra que funciona como consigna y no comunicación de un signo como información. El lenguaje es un mapa no un calco.”

Las reflexiones tanto de Benjamín como de Deleuze y Guattari nos allanan el camino para introducir dos ideas que me parecen fundamentales a la hora de enfrentarnos a nuestras realidades políticas y psíquicas del día a día. La primera idea es la de la performatividad del lenguaje, introducida por el filósofo John Langshaw Austin y perfeccionada por Judith Butler a finales del siglo XX. La segunda idea es la de la primacía de los significantes frente a los significados. Esta segunda idea fue ampliamente desarrollada por Lacan y es el epicentro de la teoría psicoanalítica contemporánea.

El lenguaje performativo y la política

Austin afirmó que “hablar siempre es actuar”. El lenguaje es muchas veces performativo en la medida de que un enunciado puede, más que describir una realidad, realizar el hecho por el mismo hecho de ser expresado. De esta manera, cuando yo “juro” estoy realizando el hecho de jurar en la medida que expreso el juramento. Jurar o casarse –que son los dos ejemplos utilizados por Austin- sólo cobran sentido en el lenguaje mismo. El enunciado está generando una realidad, independiente de todo acto externo a él, por el simple hecho de expresarse. A través de una autoridad simbólica como puede ser la de un cura, el enunciado “yo os declaro marido y mujer” es un enunciado que sólo entra en relación con él mismo, es un acto performativo en la medida de que el acto, el hecho, cobra sentido sólo en la medida de estar dentro de una comunidad determinada y siguiendo unos marcadores de poder del lenguaje determinados. Cuando el matrimonio se ha constituido, la realidad que existía hasta entonces cambia.

Recogiendo esta idea, Derrida apuntillará que lo performativo no puede ser intencional –pues Austin argumentará que lo primero en el lenguaje será la voluntad de algún sujeto- y que está más allá del sujeto. El lenguaje, por sí mismo, podrá entonces transformar la realidad sin la intencionalidad de los humanos. Retomaré las reflexiones de Derrida para el apartado del psicoanálisis.

Judith Butler retoma muchas de las ideas aquí expuestas para su teoría del género. No entraré en este artículo en profundidad en su pensamiento por falta de espacio. Lo que asegura Butler es que la ley es producida performativamente mediante las repeticiones coercitivas de prácticas regulativas. Pero la ley no se reduce únicamente a lo legal, formal, también se extiende al resto de prácticas sociales. 

De esta manera y recogiendo una idea lanzada por Marx (“estos se creen súbditos porqué el es rey”) asegurará que el género es completamente performativo, en el sentido de que cuando pensamos que al decir “hombre” o “mujer” estamos describiendo una realidad en realidad la estamos creando. De esta manera, nuestros cuerpos dejan de ser cuerpos para convertirse en ficciones tecno-vivas las cuales, mediante las prácticas coercitivas repetitivas de los roles asignados a hombres y mujeres, se ajustarán a mecanismos de poder. La identidad de género, ser hombre o mujer, no existe de forma autónoma a estas mismas prácticas preformativas que nos ajustan a ser aquello que la estructura social espera que seamos. Se nos asignan roles –al nacer con un cuerpo de bio-hombre se nos asignará el rol de la masculinidad– que deberemos ir repitiendo para naturalizarlos, para hacerlos como si fueran identidades naturales. Esto enmascara la lucha social que se esconde detrás y obvia el carácter performativo del ser hombre o mujer. 

Beatriz Preciado apunta una cuestión importantísima para comprender la magnitud de esta práctica coercitiva sobre los cuerpos: al nacer, el médico nunca nos realiza un análisis cromosómico pero, aún así, y simplemente a través de la vista (observar si hay un pene o una vagina) se determinará nuestro rol social (ser hombre o mujer). Se hace, de esta manera, de la política una estética. Por nuestra estética se nos asignará un rol social de masculinidad o feminidad. Preciado afirma: “La ciencia produce metáforas performativas, es decir, produce aquello que intenta describir a través de marcadores políticos y culturales previos a ella.”

Con todo lo que he expuesto aquí quería simplemente entrar en la complejidad y la importancia que tiene la filosofía del lenguaje así como su impacto en nuestras luchas políticas cotidianas. La deconstrucción de todos los conceptos que nos imponen desde que nacemos debe ser una práctica liberadora constante. Y no hay que olvidad nunca la dimensión ultra-política del lenguaje así como de la performatividad en la construcción de nuestra subjetividad, de nuestras resistencias y del poder.

El lenguaje en Lacan, unas pinceladas

En la teoría psicoanalítica contemporánea y, particularmente, en Lacan, el lenguaje es una estructura dura que determina casi en su totalidad la producción de nuestra subjetividad. Lacan argumenta a través de la primacía de los significantes (S1) frente a los significados (s1). Para demostrar dicha operación, Lacan recurre a la metáfora y a la metonimia. Ambas figuras son las que fortifican y demuestran que los significantes siempre están por encima de los significados, pues en una metáfora se produce un desplazamiento del significante (de la palabra en sí) mientras que el significado se mantiene. Con diversas palabras podemos transmitir un mismo significado. De aquí que Lacan -y el psicoanálisis- se fije y ponga su atención en los significantes maestros y en las cadenas de significantes, más que en los significados. Aquí podríamos añadir las reflexiones de Derrida, en las cuales se habla de que un mismo signo puede tener varios significados (polisemia) como complemento a la teoría lacaniana.

Los significantes siempre nos remiten a otros significantes, no pueden existir por sí mismos. De ahí que el psicoanálisis clásico también haya recibido muchas críticas, pues no hay que buscar el significado escondido detrás de las palabras que decimos. Para Lacan, sin embargo, la narración surge para resolver un antagonismo fundamental, en palabras de Zizek, “mediante el reacomodo de sus partes en una sucesión temporal”. Hay un hecho traumático que es constitutivo del ser así, un hecho, una esfera, que es lo Real que nunca puede entrar en los canales de lo Simbólico (la triada lacaniana es Lo Real-lo Simbólico y lo Imaginario, en el centro del cual está la jouissance). Aquello que en el objeto es percibido positivamente como más que el objeto mismo y que es la fuerza que impulsa mi deseo sería el objet petit a, que a veces puede confundirse con lo real y el surplus de goce. No quiero entretenerme mucho en esta teoría en este breve artículo. Lo que hay que retener para lo que nos ocupa es la primacía del significante que podría añadirse a la del signo y de la forma y que nos aboca a algo al fetichismo y a la teoría comunicativa contemporánea.

Signo, forma y lenguaje en la construcción de hegemonías y marcos políticos

Nos fascina el signo. La forma es la que determina, y no el contenido. Y aquí, para ir concluyendo, me gustaría intentar establecer una relación con la teoría marxista. Zizek citando a Marx, nos puede servir para enlazar y plasmar con claridad la relación del fetiche y de las formas. Escribe Zizek: “la economía política clásica se interesa únicamente por los contenidos encubiertos tras la forma-mercancía y ésta es la razón de que no pueda explicar el verdadero misterio tras la forma, sino el misterio de esta forma misma […] ¿De dónde brota, entonces, el carácter enigmático que distingue al producto del trabajo no bien asume la forma de mercancía. 

Obviamente de esta forma misma.[2]. Hay que eludir un poco los significados y los contenidos para centrar nuestras reflexiones en las formas y en los signos. Vivimos en un sistema de semio-capitalismo (capitalismo de los signos) que genera sus propios marcos opresivos y que crea realidad mediante signos y lenguajes. Para combatirlo, debemos ser inteligente y crear y generar nuestros propios signos así como deconstruir nuestro lenguaje, que no deja de ser nuestro primer marcador de poder y de estructura autoritaria.

Referencias bibliográficas

  • [1] Deleuze y Guattari, Capitalismo y esquizofrenia 2: Mil Mesetas, 1990:82
  • [2] Marx citado por Zizek, El sublime objeto de la ideología, 2010 : 40