Nuestras creencias en el más allá pueden crear fronteras psicológicas. Unsplash

Rousseau decía que hay varios tipos de religión, entre los que se encuentra una versión “privada” e individual de la creencia en lo trascendente y lo divino, y otra que es de carácter colectivo, basado en rituales públicos y unos dogmas y símbolos compartidos. A la práctica, decía este filósofo, la primera variante es indeseable, porque no actúa para hacer que las sociedades estén unidas.

El tiempo ha pasado y con ella las sociedades también; ahora, a diferencia de hace tres siglos, debemos satisfacer a una necesidad que antes no existía. Esta nueva necesidad es la de crear una cultura inclusiva en la que nadie quede al margen por cuestiones relacionadas por sus creencias o ausencia de ellas. Y, si bien la historia de las religiones está llena de conflictos violentos entre confesiones, la relación que estas tienen con el ateísmo no ha sido mucho mejor.

Hoy, de hecho, un estudio muestra que en un mundo en el que cada vez se defiende más la libertad de pensamiento y de credo, el ateísmo sigue siendo estigmatizado.

El respeto de los ateos por los creyentes no es correspondido

Un equipo de investigadores de la Universidad de Ohio ha mostrado que los ateos son más respetuosos con los creyentes que viceversa, algo ante lo que ofrecen varias explicaciones.

El equipo de investigadores, encabezado por Colleen Cowgill, utilizó un juego basado en la economía para averiguar cómo las creencias personales de cada uno influyen en el modo en el que nos identificamos con el resto o por el contrario si nos distancia de ellos. En concreto se quería ver si el hecho de ser creyente o ateo hace que actuemos dando mucha prioridad a aquellos que comparten estas creencias o si esta prioridad tiende a no existir.

Para ello, se eligió un sencillo ejercicio conocido como el juego del dictador, en el que una persona debe decidir si quiere compartir su dinero, y qué cantidad debe ceder. De este modo, se crean parejas en las que una persona es atea y la otra es creyente, y se asigna un rol de dominio a una de ellas para que decida si quiere repartir una cantidad de dinero.

El resultado mostró que, sabiendo las creencias de cada uno, los cristianos repartieron más dinero al resto de los cristianos que a los ateos, mientras que los ateos no dieron trato de favor a ninguno de los colectivos, dando en promedio la misma cantidad a creyentes y a no creyentes. Esto dejó de ocurrir en el momento en el que las creencias religiosas de cada persona, o la ausencia de ellas, dejaron de ser reveladas.

El estigma podría estar detrás de eso

Colleen y su equipo proponen una explicación para explicar por qué los ateos tienden a mostrarse más amables con los creyentes de lo que reciben a cambio por parte de los creyentes, al menos según este estudio. Lo que podría estar detrás de este fenómeno es una estrategia de compensación por parte de los ateos, para evitar recibir las consecuencias negativas relacionadas con los prejuicios y el estigma sobre el ateísmo en general.

Y es que hay que tener en cuenta que durante mucho tiempo religión y moralidad han sido prácticamente sinónimos: la ética surgía de la creencia en un orden superior que nos dice lo que debemos hacer. La ausencia de creencia en lo divino, según esta lógica, es una amenaza, porque no hay nada que nos garantice que un ateo no vaya a cometer los actos más atroces si pensamos que lo único que impide que nos comportemos mal es nuestra unión con uno o varios dioses.

Por otro lado, aún hoy en día sigue existiendo poco contacto con el ateísmo (a día de hoy no hay ningún país en el que la mayoría de la población sea atea), por lo que es razonable que quien no cree en ninguna religión tema recibir un trato desfavorecedor si ofrece la más mínima oportunidad como para ser visto como el enemigo.

Aún no se ha logrado la plena integración

Este estudio demuestra que las creencias más privadas siguen siendo algo que divide a la sociedad, hasta el punto en el que una simple etiqueta es capaz de hacer que nos tratemos de un modo diferente. Tender a dar un trato privilegiado a quien se parece más a uno mismo no deja de ser una manera de crear una división innecesaria sin que exista un motivo real de conflicto.

Así pues, los ateos, siendo conscientes de los estereotipos que aún perduran, hacen lo posible por “compensar” al resto, ya que parten de una situación de desventaja. En este sentido, aún sería necesario realizar investigaciones parecidas a estas para ver si ocurre algo parecido con las minorías religiosas en países en los que hay un alto grado de fanatismo.