Hacer ver que el malestar no existe no es una opción. Unsplash

Hay una creencia que tenemos tan interiorizada que muchas veces cuesta darnos cuenta caer en lo irracional que resulta. Esa creencia consiste en la idea de que en cualquier suceso o experiencia de nuestras vidas hay siempre algo positivo y algo negativo. Tenemos una concepción de la realidad en la que cualquier cosa puede ser tanto una bendición como una maldición, si aprendemos a focalizar nuestra atención en todas sus facetas y matices.

Esta creencia es muy persistente, y aunque no nos demos cuenta se expresa a través de muchas maneras diferentes. Sin embargo, algunas veces esto apenas nos causa problemas, mientras que otras puede llegar a comprometer nuestra salud mental. Por ejemplo, cuando nos enfrentamos a una grave crisis en nuestra vida y nos planteamos la idea de “pensar en positivo”, focalizar nuestra atención en el componente beneficioso que se supone que tiene la situación.

Afrontar la tristeza es necesario

¿Te imaginas lo absurdo que sería decirle a una persona que debería ponerse bien? Esto es más o menos lo que nos hacemos a nosotros mismos si nos empeñamos en pensar en positivo a toda costa cuando tenemos motivos importantes para estar muy tristes o enfadados.

Hay experiencias en las que, lo queramos o no, debemos posicionarnos frente a la tristeza y la ira. Podemos aceptar que está ahí y esforzarnos por salir de esa crisis emocional, podemos hacer que forme parte de nuestra concepción de la vida y asumir que todo lo que no consista en sentirse mal es poco auténtico, o podemos tratar de ignorarla. En teoría, la mayor parte de las personas son capaces de ver que la primera opción es adecuada y beneficiosa mientras que la segunda no lo es; sin embargo, la tercera genera más división de opiniones.

A fin de cuentas, ¿no es ignorar el dolor el lema de fondo de la filosofía de vida basada en “vive el momento, no te compliques la vida”?

Si solo importa lo que sentimos en el aquí y el ahora, sufrir parece una absoluta pérdida de tiempo, así que lo mejor parece ser, simplemente, no hacerlo: pensar en positivo incluso en los momentos más tristes o decepcionantes. Desde luego, es una idea muy coherente con la idea de elegir siempre una interpretación optimista de las cosas. El único problema que tiene es que muchas veces no funciona o, de hecho, puede empeorar la situación.

Por qué pensar en positivo constantemente puede perjudicarnos

El problema que tiene esa aproximación a la tristeza basada en la filosofía del aquí y ahora es que nuestras decisiones no tienen un poder absoluto sobre nuestras emociones. Cuando nos damos cuenta de que hay algo que nos genera una gran tristeza resulta imposible distanciarse de esta y decidir qué hacer con ella tal y como un científico lo podría hacer con una placa de petri que mira a través del microscopio. Debemos decidir qué hacer desde esa emoción, no con ella, y por eso ignorarla no es una opción.

¿Qué pasa si preferimos hacer ver que sí tenemos ese poder de manipular a voluntad nuestro estado emocional? Pongamos un ejemplo: un hombre de mediana edad ve cómo el perro que lo ha acompañado durante doce años muere atropellado. Ante una situación como esta, decide centrarse en lo positivo, que en esta caso es contar con recuerdos felices junto al animal y poder reflexionar acerca de lo que le ha enseñado esa experiencia.

El primer problema de esto es que el primer paso para pensar en positivo consiste en parecer que se piensa en positivo, es decir, no llorar. El hecho de tener que controlar el llanto convierte la experiencia en algo aún más doloroso, dado que, entre otras cosas, obliga al hombre a no pensar en ciertas cosas que sabe de antemano que le harían llorar. Eso significa que, a la práctica, le es imposible realizar esas acciones que se supone que son el lado positivo de haber tenido un perro que ha muerto.

Pero aún hay otro elemento que hace que pensar en positivo a toda costa sea perjudicial: nos impide normalizar la experiencia. Si tratamos de ignorar la tristeza que nos produce algo, nunca llegamos a aceptarla, lo que significa que nos quedamos bloqueados en el proceso del duelo; simplemente, no sabemos cómo avanzar. Es necesario asumir que no es posible hacer ver que el impacto emocional de una mala experiencia no existe para, de ese modo, poder gestionar la relación que vamos a tener con ese sentimiento.

Reprimir la tristeza o el enfado no sirve

Muchas veces caemos en la trampa de pensar en las emociones, sentimientos y sensaciones de una manera demasiado esencialista. Etiquetamos la tristeza, la ira y otros estados mentales parecidos como “emociones negativas” y tratamos de hace que no formen parte de nuestro día a día, sin más. En algunos contextos sí es eficaz desdramatizar ciertas situaciones, pero cuando el malestar es muy intenso, la resiliencia no puede basarse en la supresión de emociones.

A la hora de gestionar las emociones que nos hacen sentir mal, siempre hay que tener en cuenta el factor más importante en estos casos: el tiempo. Dado que desde nuestras decisiones y nuestra racionalidad no nos es posible controlar ese lado emocional que nos caracteriza como animales que somos, hay que dejar que el paso del tiempo nos ayude.

Si aceptamos la tristeza, poco a poco el tiempo hará que vayan acumulándose las oportunidades para distraer nuestra mente con otras cosas que no sean los pensamientos acerca de lo que nos pone tristes. De este modo, llegará un punto en el que nos será posible pensar en todo, incluso en lo que nos hizo sentir mal, sin experimentar el mismo dolor que vivimos hace unos días, cuando hicimos lo mismo.

El bienestar mental, en definitiva, consiste en poder volver la vista atrás y rememorar experiencias sin sentirnos limitados por nuestras emociones. Pensar en positivo cueste lo que cueste, que en la práctica es obligarnos a ignorar ciertos recuerdos e ideas, no es sino una manera de ponerle un nombre a esa limitación e ignorar el hecho de que no se irá por sí sola si nuestra lucha contra el malestar consiste en reforzar su poder sobre nosotros.