¿Cómo explicamos las cosas que nos pasan en la vida cotidiana? Bueno, eso depende de una multiplicidad de factores, la receta posee unos cuantos ingredientes. 

En primer lugar tenemos nuestra dotación genética, que funciona como un piso y un techo para todas nuestras posibilidades. Los genes son una herencia que no puede ser modificada, pero hay algo sobre lo que sí tenemos poder: nuestros pensamientos y, por extensión, el modo en el que pensamos acerca de lo que nos ocurre.

Los genes: la parte fijada de nosotros

Los genes, por supuesto, nos condicionan, están en la base de todas nuestras virtudes, pero también de nuestros defectos. A los fines prácticos, funcionan como un conjunto de pautas o instrucciones que nos predisponen a desarrollarnos en un sentido o en otro.

Pero por supuesto, ahí no termina la cosa. Los genes son permanentemente influenciados y moldeados por el medio ambiente. Dentro del mismo, tenemos la cultura en la que estamos inmersos, el tipo y la calidad de crianza que hemos recibido, así como las características de personalidad y el estilo relacional de nuestros propios padres.

La escuela a la que asistimos, nuestros compañeros y amigos de la infancia, cada una de las diferentes experiencias, tanto buenas como malas, que nos tocó vivir a medida que fuimos creciendo, interactúan con nuestros genes y aportan su granito de arena para que nos convirtamos en quien finalmente somos.

Cómo nos sentimos, cómo nos comportamos y relacionamos con el mundo, depende del cocktail final de todos estos diferentes elementos que se mezclan entre sí.

Los que no puede cambiarse

Desde luego, no hay mucho que podamos hacer con respecto a estos factores. Los padres biológicos que nos tocaron en suerte son inmodificables, esto significa que no los podemos cambiar por otros, ni tampoco podemos hacer nada para mejorarlos, si ese fuera nuestro deseo.

Lo mismo se aplica a los genes que nos tocaron en la lotería de la vida y a cada hecho que vivimos durante nuestra infancia y adolescencia; la máquina del tiempo que nos permite viajar al pasado para hacer los cambios que nos resulten convenientes no se ha inventado y parece que tampoco se inventará.

Pero hay otras variables sobre las que tenemos una mayor injerencia, como por ejemplo, nuestro pensamiento, en el aquí y ahora, en el momento presente, y le aseguro a quien está leyendo estas líneas en este momento, que los pensamientos juegan un rol crucial en la forma en que vemos e interpretamos el mundo.

Confundir lo pensamientos con la realidad

La mayor parte del tiempo cometemos el error de creer que nuestros pensamientos son la realidad misma, y es fácil caer en semejante equivocación por un par de razones.

En primer lugar, los pensamientos constituyen un proceso invisible. No pueden verse, no pueden tocarse y muchas veces ni siquiera somos conscientes de que estamos pensando. Pero lo hacemos; de hecho, pensamos todo el tiempo, y aunque no nos percatemos de ello, todo lo que pasa por nuestro cerebro tiene una influencia directa sobre cómo nos sentimos, y en consecuencia, cómo actuamos.

También hay que tener en cuenta que nuestros pensamientos ocurren precisamente dentro de nuestro cerebro, son nuestros, son propios, están atrapados dentro de nuestra cabeza, por tanto, no los podemos comparar con los pensamientos de los demás. Al estar aislados, es sencillo que terminen por convertirse para nosotros en nuestra verdad más absoluta.

El proceso invisible del pensamiento

Todo lo que pensamos se erige en nuestra realidad sin que nos demos cuenta; terminamos homologando lo que ocurre puertas adentro de nuestra mente con lo que ocurre afuera

Pero una cosa es lo que pensamos que ocurre, y otra muy diferente es lo que realmente ocurre. Y la ironía de todo este asunto es que lo que pensamos que ocurre es lo único que realmente importa cuando tenemos que tomar una decisión. A partir de esta idea, imaginemos un par de situaciones.

El caso del avión

Nos encontramos volando en un avión comercial a 10.000 metros de altura cuando, repentinamente, la nave entra en una zona de turbulencia. Como no tenemos mucha experiencia viajando, lo primero que pensamos es: “Dios mío, el avión se va a caer y moriremos todos. Oh no… ¡Voy a morir, voy a morir...!”.

Bajo ese pensamiento (e insisto, es solo un pensamiento, que no necesariamente tiene que ajustarse a la realidad) es altamente probable que el miedo se apodere de nosotros. Experimentaremos taquicardia, temblor en todo el cuerpo, posiblemente una angustia incontenible y la sensación de que vamos a desmayarnos de un momento a otro. En resumen, la experiencia será sumamente desagradable.

En cambio, si en el mismo contexto pensamos: “Bueno, entramos en turbulencia. Ojalá pase pronto y así sirven la cena”; creo que no es necesario que explicar que tanto nuestras emociones como la respuesta fisiológica consiguiente serán muy diferentes.

El siguiente gráfico tiene por objetivo mostrar la secuencia de pasos que usted puede llegar a experimentar tanto en un caso como en el otro:

Hecho objetivo: Zona de turbulenciaPensamiento Interpretación: “El avión se va a caer”Emoción Sensación: Miedo PánicoConducta Respuesta: Crisis de nervios
Hecho objetivo: Zona de turbulenciaPensamiento Interpretación: “Esto es normal”Emoción Sensación: Indiferencia ResignaciónConducta Respuesta: Lee una revista

El caso de la cita

Otro caso: Una mujer queda en encontrarse en una cafetería con un hombre que acaba de conocer en una red social. El muchacho en cuestión parece buen mozo, y las veces que intercambiaron mensajes se mostró cordial e inteligente, tal como le gustan a ella. Un buen partido, sin duda.

Sin embargo, 20 minutos después de que ella ocupe una mesa, a la hora acordada, no hay noticias ni rastros de él. Entonces piensa: “Debí haberlo imaginado, no le gusto, y claramente no se atrevió cuando lo invité a vernos”.

Otra opción podría ser: “Vaya tipo, después de todo resultó ser un irrespetuoso. ¿Pero quién se cree que es para hacerme esperar así...?”

En el primer caso, la mujer se sentirá, sin dudas, deprimida, desesperanzada, o ambas cosas. Puede incluso que llore durante varios días, y sus pensamientos seguirán durante un buen tiempo por el mismo derrotero: “Soy horrible, no valgo nada como persona, jamás va a quererme nadie”. En el segundo caso, se sentirá molesta, iracunda, y probablemente tenga estallidos de mal humor cuando hable con otras personas.

Pero lo cierto es, que la mujer de la cita, ante la demora de su potencial príncipe azul, también podría pensar: “Es un hecho: va a llegar tarde. Tal vez hubiera sido mejor citarlo en una cafetería más cercana a su casa, para llegar hasta aquí tiene que atravesar la mitad de la ciudad”. Esto es lo que los abogados llaman “presunción de inocencia”. Dicho en otras palabras, es deseable que procuremos siempre orientar nuestros pensamientos bajo la premisa de que nadie es culpable, hasta que se demuestre lo contrario.

El caso de la billetera

Un anciano se olvida la billetera sobre el mostrador de una farmacia a la que fue a comprar un medicamento para la hipertensión. Al día siguiente extravía los anteojos y para colmo de males, su esposa le comenta al pasar, que últimamente lo ve muy distraído. El hombre recuerda entonces que su madre sufría la Enfermedad de Alzheimer.

“Tengo Alzheimer. Lo he heredado…”, piensa. “Estos son los primeros síntomas, así empezó ella”, recuerda.

Esa noche no puede dormir. No deja de pensar una y otra vez sobre el destino funesto e inexorable que cree que le espera. Obsesionado con la idea, empieza a interpretar como un síntoma de la enfermedad cada pequeño olvido que tiene en su vida cotidiana. Preocupado, ensimismado por sus propias elucubraciones tenebrosas, deja de poner atención a lo que otras personas le dicen, lo cual lleva, a su vez, a que algunos le digan que lo ven ensimismado, como perdido, desconectado del mundo. Y es ahí cuando el protagonista de este hipotético caso entra en crisis y, desesperado, llama por teléfono a su médico para pedirle una entrevista urgente.

Por supuesto, si el anciano hubiera pensado: “Últimamente estoy muy estresado y eso hace que no ponga la debida atención en las cosas que hago, será mejor que encuentre la manera para relajarme un poco”, seguramente otro sería el epílogo.

Un último ejemplo

Otro ejemplo ilustrativo: el compañero nuevo de oficina que ingresó a la empresa la semana pasada, pasa caminando a su lado en uno de los pasillos del recinto durante una mañana cualquiera y omite saludarlo. Usted tiene dos opciones:

  1. Puede pensar que es un maleducado.
  2. Puede pensar que tal vez no lo vio, o que venía ensimismado en sus propias preocupaciones.

El poder transformador del pensamiento

Hay un común denominador entre todas las situaciones: usted está pensando. Y eso que usted está pensando puede coincidir o no con la realidad.

Si pensamos que nuestro compañero es un maleducado, entonces probablemente nos sintamos ignorados y molestos, y en lo sucesivo, mal predispuestos hacia él, lo cual hará a su vez que este compañero empiece a mostrarse antipático. Insisto una vez más: un error característico de los seres humanos es confundir sus propios pensamientos con la realidad.

Lo que estamos pensando es solo eso, un pensamiento. Pero la realidad es algo que ocurre más allá de nuestro cerebro. Y esto es de vital importancia, porque lo que pensemos puede determinar cómo nos sentimos y lo que hará en consecuencia.