Cada vez se pone más énfasis en la idea de que crecer psicológicamente consiste en rodearse de gente, aprender a relacionarnos a todas horas y con todo tipo de personas, dejar que el verbo fluya a través de todo tipo de conversaciones. 

Allí donde se requiere creatividad, el trabajo es cada vez más trabajo en equipo, y el aprendizaje, colaborativo. Los oficios y profesiones relacionadas con la soledad son asociadas a lo mecánico, lo monótono.

Sin embargo, esta idea resulta engañosa. La soledad no es simplemente una circunstancia casi inevitable en una sociedad en la que el modelo de familia tradicional ha perdido fuerza. Sobre todo, la soledad es una fuente de inspiración y de crecimiento personal.

Estar solo no es un crimen

En muchos países las personas introvertidas, que son aquellas que necesitan estar más tiempo en entornos no sobrecargados y con poca gente, son muy bien valoradas. 

En los países occidentales, sin embargo, esta clase de personalidad es vista con la condescendencia de quien se dirige a alguien que no sabe lo que se pierde. Lo normal, parece ser, es estar rodeados de gente prácticamente a todas horas. Personas que, además, interactúan con nosotros y muestran su camaradería o admiración. Pasar inadvertido o aislarse en una reunión informal no cuenta. El encanto superficial de psicópatas y narcisistas parece estar premiado.

Las pocas veces que se habla de lo bueno de estar a solas es, casi siempre, para compararlo a la posibilidad de “estar mal acompañado”. Pero… ¿realmente el lado positivo de la soledad solo aparece si lo comparamos a la peor situación que se puede dar en su ausencia? La respuesta es no; la falta de compañía también tiene aspectos psicológicos que son buenos por sí mismos y que, de hecho, han permitido que muchos genios hayan hecho historia.

Las limitaciones de la compañía

Hay otra manera de ver las cosas. Una en la que estar en compañía no tiene por qué expandir nuestros horizontes de creatividad y espontaneidad o, incluso, puede producir el efecto contrario.

Interactuar con alguien requiere adaptarse a un código de comunicación que nos limita. Intentamos hacernos entender, y para ello dedicamos una parte de nuestra atención a controlar el modo en el que los demás reaccionan. Del mismo modo, uno de nuestros principales objetivos será comunicar ideas y sensaciones con éxito. De algún modo, cargamos con la responsabilidad de que el otro llegue a ciertas conclusiones. Incluso cuando mentimos, necesitamos recurrir a referentes comunes para que se nos entienda.

Del mismo modo, al compartir espacio con alguien dedicamos una buena parte de nuestros procesos mentales a causar una buena impresión, incluso de manera involuntaria. En definitiva, relacionarnos con los demás conlleva hacer esfuerzos por llevar nuestras ideas a algo traducible, aunque sea a costa de restarles autenticidad y matices.

Conversar es conducir nuestro pensamiento por sendas que, en parte, ya han sido pensadas por muchas otras personas tiempo atrás con tal de crear códigos de comunicación eficaces gracias a los cuales nos hacemos entender en cuestión de segundos. Frases hechas, metáforas, comparaciones recurridas… todo eso actúa como un embudo psicológico y nos sesga tanto a nosotros como a nuestros interlocutores.

El potencial creativo de la introspección

La soledad, en cambio, ofrece una libertad casi total. Allí estamos nosotros solos, con nuestras propias metáforas y formas de entender la vida, y podemos seguir construyendo sobre esas bases de forma mucho más pura de lo que lo haríamos estando en compañía de alguien.

No tenemos que rendir cuentas ante nadie, ya que no debemos comunicarnos con nadie; con que nos entendamos a nosotros mismos nos basta.

En soledad aparecen ideas geniales que no tenemos por qué rechazar por vergüenza o porque no se entienden en un primer momento. Si encajan bien en nuestros esquemas mentales, ya son válidas. Y, si no, muchas veces también.

Quizás por eso grandes genios como Leonardo DaVinci. Charles Darwin o Friedrich Nietzsche apreciaban tanto la soledad. A fin de cuentas, los mayores avances intelectuales son siempre una renuncia a seguir la senda de pensamiento que han ido marcando los demás.

Crear revoluciones creativas es justamente eso, romper moldes. No para agradar a los demás, sino porque las ideas que hemos tenido son tan potentes que, si nos dan a elegir entre las convenciones sociales y ellas, nos decidimos por las segundas. Pero eso solo se puede hacer si respetamos lo suficiente nuestros pensamientos como para cederles unos ratos a solas, para que se vayan desenvolviendo sin distracciones de tipo social.

Creando conexiones geniales

La mente funciona como una máquina de asociar ideas; la creatividad llega cuando se nos ocurre unir varias de las que parecen tener menos en común entre sí. Está claro que para que estas conexiones se produzcan necesitamos relacionarnos con los demás; entre otras cosas, porque de no ser así no tendríamos un lenguaje con el que articular ideas abstractas.

Pero, para completar el círculo, también necesitamos soledad. En primer lugar, para descansar, y en segundo lugar, para ir cultivando una manera de ver la vida que sea única y realmente nuestra, a través de la introspección.