Saber lidiar con nuestros errores es parte de lo que nos permitirá progresar. Unsplash.

Vivimos en una sociedad que nos presiona para que demos lo mejor de nosotros mismos. Sin embargo, no lo hace animándonos a mejorar en aquellos aspectos de la vida que nos parecen significativos, sino haciendo que le tengamos miedo a la idea de fracasar.

La intolerancia al fracaso es la consecuencia de que se nos eduque constantemente para que cada uno de los pasos que damos en nuestras vidas den una imagen de triunfo. En este artículo veremos por qué este fenómeno cultural se reproduce generación tras generación y qué debemos hacer para no dejar que nos afecte de un modo asfixiante.

La intolerancia al fracaso: ¿cómo empieza?

Seguro que te suenan esos casos de padres y madres que hacen todo lo posible por hacer que la vida de sus hijos o hijas encaje en esa imagen que tenemos todos del éxito social y personal. Sin embargo, esto es algo generalizado, no ocurre solo en estos ejemplos tan evidentes. Desde nuestras infancias, la mayoría de familiares imponen, de un modo más o menos claro y más o menos intenso, metas vitales. Son rutas que se supone que deberíamos transitar para encajar en la idea de éxito.

Por supuesto, este tipo de objetivos marcados no coinciden exactamente con lo que realmente nos interesa, y tarde o temprano nos queda claro que no es nuestra culpa si las actividades propuestas por los adultos no resultan satisfactorias.

Sin embargo, aún después de que hayamos pasado a concentrarnos en nuestros intereses, queda algo en nuestra manera de pensar que tiene que ver con la lógica que nos transmitieron nuestros padres y madres y toda la sociedad en general: el perfeccionamiento de las habilidades que uno posee, y el hecho de mostrar estas destrezas al resto, es lo que habla acerca de quiénes somos. Lo que nos da valor.

Así, en nuestra adolescencia y juventud, nos identificamos con referentes que plasman todo lo que uno quiere llegar a ser. Estos ejemplos son inspiradores, pero tal y como veremos, también contribuyen a que aparezca el miedo al fracaso.

El impacto emocional de los referentes

Cuando alguien se convierte en alguien a quien admiramos, ocurren dos cosas. Por un lado, se piensa en todas las cualidades positivas de esa persona, pero no en las negativas, ya que la visión sesgada que se tiene sobre ese referente hace que las primeras eclipsen a las segundas, debido a lo impresionantes que resultan.

Por otro lado, el hecho de que nos identifiquemos con esa persona inspiradora hace que, gane poder sobre el modo en el que creamos nuestra autoestima. Eso significa que a la hora de juzgar nuestros logros y el desempeño que demostramos en varios aspectos del día a día, esos referentes nos sirven como horizonte.

Las personas a las que admiramos son algo con lo que nos comparamos con cierta asiduidad. Sin embargo, no tenemos tanto material con el que comparar nuestros fracasos. Como resultado, tratamos el fracaso como algo anormal, algo que no debería estar ahí, a pesar de que la parte oculta de la vida de todas esas personas admiradas está llena de él.

Cómo aprender a no temer a los errores

Para llegar a desarrollar el talento es necesario fallar innumerables veces, y de hecho durante el proceso de aprendizaje los fallos son la norma. Sin embargo, aunque en teoría somos conscientes de esto, lo olvidamos con frecuencia; actuamos como si no fuese verdad. Lo que hay que hacer es, pues, volver a entrar en razón y olvidarse de los viejos complejos y con el perfeccionismo extremo, que nos llevará a bloquearnos y a no intentar empezar ninguna iniciativa.

Para entrar en esta nueva filosofía de vida, te será de utilidad seguir estos consejos.

1. Replantéate tus intereses

Para empezar, es necesario tener la seguridad de que aquello que constituye la actividad desde la que juzgamos quiénes somos y hasta dónde podemos llegar sea algo que realmente nos motiva. Si no es el caso, es normal que el empeño que se le ponga no sea suficiente, y por consiguiente solo quede la sensación de que se fracasa.

2. Establece metas asequibles

Si te propones objetivos realistas y a corto plazo, tendrás muchas menos posibilidades de obsesionarte con los pequeños fracasos que vayan sucediendo a medida que avances.

3. Deja constancia de tu progreso

Documenta el progreso de tus proyectos, para que así sea más fácil y sencillo tener en cuenta lo que has ido consiguiendo. De este modo tendrás la capacidad de ver que los errores que cometes son relativos, ya que al fin y al cabo son parte de una tendencia general de mejora.

4. Crea rutinas de modificación de creencias

Es necesario hacer que el exceso de perfeccionismo desaparezca, y para ello es necesario modificar creencias. Aunque este proceso es mucho más sencillo y eficaz con la ayuda de atención psicológica personalizada mediante el servicio de profesionales, puedes intentar hacerlo por tu cuenta.

Para ello, dedica un par de momentos de la semana a dejar por escrito tus impresiones acerca de la relación entre tus logros y tus fracasos. Primero escribe cómo percibes tus fallos, y luego compara esto con cómo deberías percibirlos de un modo más razonable, en el que quede claro que los errores son parte del proceso de aprendizaje, y no obstáculos.

Luego, reflexiona sobre esos patrones de pensamiento que en tu día a día te hacen caer en la intolerancia al fracaso. De este modo, sabrás identificar los momentos en los que esas creencias aparezcan.