Una reflexión sobre la naturaleza de la Psicología Positiva y su labor. Public Domain Pictures.

Para mi sorpresa, en los últimos tiempos me vengo encontrando en numerosos canales mediáticos, televisivos, radiofónicos y prensa escrita, bastantes alusiones a una supuesta “industria” basada en la búsqueda irracional e incondicional de la felicidad.

Como cualquier argumento o corriente que se reduzca al absurdo, pierde su fundamento cuando olvidamos la verdadera esencia o razón de ser de la Psicología Positiva, para establecer analogías despectivas como, por ejemplo, el hecho de realizar determinadas publicaciones en las redes sociales del tipo Mr. Wonderful o como mofarse de la “necesidad” de tener que acudir a un “Coach motivacional” para resolver algún tipo de cuestión trivial.

Tras los numerosos episodios de esta especie de “ataque” a un sector de la psicoterapia o de la atención mental (pues no olvidemos que el origen etimológico de la palabra terapia, viene relacionado con el concepto de atención), procedentes incluso desde sectores “colegas”, que no terminaron de aprender de las viejas batallas paradigmáticas entre los conductistas y los cognitivistas o entre los innatistas contra los ambientalistas, entre otras (paradójicamente llegando ambos enfrentamientos al surgimiento de paradigmas integradores).

Críticas injustas contra la Psicología Positiva

Puedo entender que desde la ignorancia o el desconocimiento, se pueden efectuar un sinfín de descalificaciones y críticas, más o menos destructivas. Pero lo que no puedo entender es que existan profesionales de la psicología, que se aferren a sus viejos paradigmas y corrientes metodológicas, como náufragos a los restos del naufragio, para defender su modelo o forma de ejercer la profesión, como si este fuese el único posible.

Por otra parte, no tienen tantas reticencias a la hora de abrazar conceptos como la “Indefensión Aprendida”, que desarrolló el profesor Martin E.P. Seligman, para justificar el desarrollo de depresiones u otros desajustes psicológicos, siendo éste uno de los estandartes de la psicología positiva.

Entiendo que el modelo médico de psicodiagnosis continua ejerciendo una notable influencia en la manera de entender la psicología para algunos. Pero, queridos colegas y curiosos de índole diversa, el modelo clínico psicopatológico no explica la completa diversidad del comportamiento humano, y es por ello que sin necesidad de intervenir en la prevención o rehabilitación de patologías psiquiátricas, existe un campo de actuación psicológica que no obedece sus reglas.

Una persona que se siente mal o está insatisfecha con la vida que lleva, obviamente, no está enferma. De hecho, hay muchas personas catalogadas como enfermos o trastornados que me plantean muchas dudas sobre la fiabilidad del sistema diagnóstico. Si supiesen el daño que le puede causar a una persona sentirse etiquetado de por vida, formando parte de un “saco” o colectivo de connotaciones peyorativas para su propia salud y consiguiente adaptación social, se cuidarían más a la hora de realizar según qué tipo de clasificaciones.

El problema del sobrediagnóstico

Recientemente, he tenido la oportunidad de conocer en mayor detalle la opinión del Doctor Javier Álvarez. Este jefe de psiquiatría del Hospital de León es un abanderado de un movimiento denominado “Nueva Psiquiatría”, que postula las incoherencias y suspicacias de un modelo médico probablemente influido por otro tipo de industria, pero en este caso una industria real. La farmacéutica. Es curioso el crecimiento vertiginoso que ha experimentado el principal instrumento de clasificación y diagnóstico psiquiátrico (más conocido como DSM).

Desde sus inicios hasta la fecha, el número de trastornos mentales ha visto incrementado su número de manera exponencial y su tratamiento se ha confiado de manera prioritaria al empleo y administración de psicofármacos. Unos psicofármacos cuya misión consiste principalmente en actuar sobre los neurotransmisores cerebrales “implicados” en el desarrollo del trastorno de turno. El problema estriba en el convencimiento y confianza que desprenden sobre el ínfimo conocimiento que existe sobre el funcionamiento de los mencionados neurotransmisores como garantía suficiente para experimentar con estas drogas químicas.

No quiero malas interpretaciones por mi parte, no soy un anti psicofármacos, ni anti cualquier otro tipo de tratamientos, pero si considero que hemos desarrollado una notable confianza en algo que está todavía en pañales y hemos descuidado e incluso ridiculizado otras formas de entender el mundo de la psicología y la psiquiatría, sin por ello encontrar tantos ejemplos cotidianos de crítica con esto. El humo de los “charlatanes” frente a las “pastillitas mágicas”. Y no se trata de esto, pero tampoco de lo otro.

Cada persona es un mundo y en cada mundo se requiere un tipo de intervención u otro.

Mi problema no es más grande ni más pequeño que el tuyo.

Quizás ni siquiera sea un problema.

Pero es mío y yo decido cómo quiero o necesito abordarlo.