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¿Existe el poder del pensamiento positivo? En principio, no hay ninguna prueba de ello, por más que algunos libros de autoayuda y revistas de consejos nos inciten a elevar al cosmos nuestras mejores “buenas ondas”.

Una persona que cree que puede alcanzar tal o cual objetivo, es más probable que lo consiga en comparación a aquella persona que no confía en sus propios recursos. Eso es absolutamente cierto, pero nada tiene que ver la “buena vibra”.

La perseverancia importa más que el pensamiento positivo

El mecanismo de acción clave es la perseverancia. Alguien con un grado moderado o alto de confianza en sus propias habilidades y capacidad de gestión no se desalentará tan fácilmente ante los problemas que vayan surgiendo en el camino, y estará bien predispuesto a redoblar sus esfuerzos ante la adversidad.

Por el contrario, quien no tiene un buen concepto de sí mismo, se desanimará con facilidad y abandonará la cruzada ante el menor fracaso.

El papel de las expectativas

Lo mismo ocurre con las expectativas que depositamos en un producto.

Numerosas investigaciones han demostrado que cuando las personas toman un supuesto analgésico sobre el que se les ha informado que es uno de los más caros que existen en el mercado, sienten un alivio mucho mayor ante alguna dolencia en comparación a cuando se les dice que el analgésico es genérico o es un medicamento barato más, de los muchos que se pueden comprar en una farmacia.

El truco, en ambos casos, consiste en darles a las personas una pastilla neutra sin ninguna propiedad real para combatir el dolor: un placebo. El problema con estos experimentos es que carecen de cierto rigor científico, ya que medir el dolor en forma objetiva no resulta sencillo y conlleva algunos inconvenientes operativos.

Veamos, se le solicita a los participantes, después de que toman el comprimido, que le otorguen una puntuación al dolor que están sintiendo en una escala de 1 a 10, donde 10 equivale a un dolor insoportable, y 1 equivale a ausencia de dolor.

El fallo inherente a tal procedimiento es la imposibilidad de medir con parámetros fiables la percepción de los diferentes niveles de dolor que está experimentando la persona.

Dicho de otra forma, no es posible comprobar si la puntuación que alguien le otorga al dolor es real. No hay que olvidar que lo que la persona “cree” estar sintiendo depende de unos cuantos factores estrechamente ligados a su subjetividad.

Sin embargo, en otra serie de experimentos se puso de manifiesto el poder que las expectativas ejercen sobre algunas capacidades intelectuales.

El experimento de la bebida y la sugestión

Se reclutó a un grupo de personas para que resolvieran un juego mental. A partir de una serie de letras desordenadas, debían deducir la palabra correcta en un momento determinado.

Esto sirvió para fijar una línea de base, es decir, conocer el promedio de cantidad de palabras a las que se podía arribar en una condición neutra. Por ejemplo, ante la presentación de las letras “rcberoe” debían construir la palabra “cerebro”. El resultado final quedó establecido en 9 palabras reales sobre un total de 15 palabras con las letras desordenadas.

En la segunda condición del experimento, a los participantes se les dio a beber, previamente, una bebida energizante, a base de cafeína.

Asimismo se les informó, convenientemente, de que esa clase de bebidas tenían la propiedad de mejorar la actividad mental, y después de algunos minutos de espera para que supuestamente el brebaje hiciera efecto, se les encargó la tarea de reordenamiento de palabras.

¿Qué fue lo que ocurrió?

En promedio, los participantes que tomaron la bebida energizante resolvieron también 9 palabras, es decir, la misma cantidad que previamente habían resuelto los sujetos experimentales de la condición neutra.

Parecía que la expectativa genérica de una mejora en la actividad mental no tenía el poder suficiente para generar un impacto real sobre las capacidades intelectuales de los participantes. Pero lo sorprendente ocurrió después.

En una tercera condición del experimento, se añadió información escrita que ensalzaba las supuestas propiedades beneficiosas de la bebida. Concretamente, se repartió entre los participantes una serie de folletos que explicaban que se había demostrado científicamente que la bebida energizante que estaban a punto de consumir aumentaba notoriamente la velocidad de procesamiento cerebral de la información.

Tal hallazgo, que se traducía en mayor rapidez a la hora de resolver juegos mentales, había sido confirmado por los científicos después de la realización de más de una docena de estudios. ¿Cuál fue el resultado? Esta vez, los participantes se volvieron realmente “más inteligentes” y resolvieron en promedio unas 12 palabras, es decir, unas 3 palabras más que el grupo control.

Toda la información científica falsa que habían leído previamente, y que aseguraba que la bebida energizante poseía increíbles propiedades potenciadoras de la capacidad intelectual, había generado un cúmulo de expectativas de tal magnitud, que predispuso favorablemente a las personas a dar un mayor esfuerzo cognitivo, con resultados reales y tangibles. Habían sido sugestionadas.

Otra muestra de sugestión basada en expectativas

En otro interesante experimento, a un grupo de personas se le mostró en forma individual la fotografía de un individuo con una expresión neutra en su rostro, y se preguntó qué impresión le causaba esta persona.

Las respuestas obtenidas fueron acordes a las creencias previas de los participantes. A la mitad del grupo, se le había dicho con anterioridad que el hombre de la fotografía era un médico nazi que había presidido experimentos atroces en un campo de concentración durante la segunda guerra mundial.

A la otra mitad del grupo, se le dijo que, por el contrario, era un líder de la resistencia que había luchado encarnizadamente contra el fascismo, y que su valentía había salvado a decenas de judíos de una muerte segura.

Así, ante la misma imagen, las personas del primer grupo opinaron que a este hombre se lo veía despiadado, que la crueldad se transparentaba en su rostro y a duras penas podía reprimir una mueca de desdén e ironía.

Las personas del segundo grupo, en cambio, aseguraron encontrarse ante un rostro amable, cálido y confiable. En sintonía con lo anterior, también se ha demostrado en una serie de ingeniosos experimentos, el poder que ejercen las expectativas para teñir o modificar la experiencia perceptual.

La cata de vinos basada en las imagen

En otra investigación, catadores expertos elogiaron las bondades de un vino de siete dólares, cuando se les informó previamente que la botella costaba setenta dólares, y se les sirvió la bebida en delicadas copas de cristal.

Sepa usted que si es dueño de un restaurante, le conviene cuidar minuciosamente la presentación de sus comidas, ya que son tan o más importantes que la elaboración del plato en sí mismo.

El poder de la anticipación

Todo parece indicar que cuando anticipamos que algo será bueno, es bastante probable pues, que resulte serlo.

Por ejemplo, somos capaces de bebernos un vaso completo de cerveza mezclada con vinagre y saborearla sin prejuicio alguno si quien nos convida, sencillamente omite el detalle de la adulteración. Por el contrario, si nos informa exactamente qué es lo que estamos a punto de beber, tan pronto como probemos un sorbo, frunciremos la nariz y pondremos cara de asco.

Es decir, si nos anticipan que algo tendrá mal sabor, efectivamente percibimos el mal sabor, gracias a las expectativas previas que nos hemos generado.

De forma análoga, si tenemos que valorar cuánto nos gusta el café que se sirve en determinada cafetería, nos parecerá mucho más sabroso y estaremos bien predispuestos a darle una alta calificación si todo aquello que rodea al café, incluida la vajilla y la mantelería del lugar, parece ser de primera calidad.

Si luego tenemos la oportunidad de probar el mismo café, pero nos dicen que se trata de otra marca, y nos lo sirven en un vaso de plástico, esta vez nos parecerá mediocre o directamente malo. Una vez más, nuestras expectativas tendrán una influencia poderosa sobre la percepción del sabor.

Al cerebro no le basta con que un producto sea realmente el mejor del mercado, o que una persona sea un eximio profesional dentro de su disciplina… además tiene que parecerlo. El conocimiento previo que tenemos sobre algo, nuestras creencias, los prejuicios y estereotipos derivados de la cultura, son todos factores que afectan la forma en que vemos el mundo.