“Este niño es tonto”, “nunca llegarás a nada”, “quita, que no sabes hacerlo”. Estas frases reflejan de forma clara una expectativa negativa respecto a la persona a la que se refieren. Y no solo eso, sino que tanto si se expresan como si no, probablemente se realicen una serie de acciones que harán que el sujeto introyecte esa idea y termine comportándose de la manera esperada. 

Ello se conoce como efecto Pigmalión. Pero también existe un efecto relacionado con la misma situación, si bien desde una óptica distinta: estamos hablando del efecto Galatea.

El mito de Pigmalión y Galatea

Para comprender mejor cómo funcionan el efecto Pigmalión y el efecto Galatea, puede ser de utilidad que veamos de dónde proceden estos términos, siendo su historia vinculada a la mitología.

El mito de Pigmalión nos lo presenta como rey de Chipre, que durante toda su vida había buscado a la mujer perfecta para convertirla en su esposa. Sin embargo, no conseguía encontrar a nadie. El rey decidió dedicar su tiempo a la escultura, arte en el que destacaba. Decidió representar en una de sus obras a la mujer perfecta, creando una estatua de marfil de tal perfección que terminó enamorándose de ella. La llamó Galatea y pasó largo tiempo admirándola. Pero la estatua no dejaba de ser tal cosa.

Pigmalión acudió a diversas celebraciones religiosas y rogó a los dioses que le dieran vida, y Afrodita, diosa del amor y la pasión, respondió a sus súplicas. Al regresar a su hogar Pigmalión pasó largo tiempo observando con tristeza a Galatea, para finalmente besarla. Pero sorprendentemente se encontró con que el tacto era cálido. Con un segundo beso, Galatea cobró vida, enamorándose a su vez de Pigmalión.

El efecto Pigmalión

A través del mito, podemos observamos como los deseos y expectativas de Pigmalión provocaron que realizara una serie de acciones que a su vez llevarían a que dichos deseos y expectativas se hicieran realidad.

Del mismo mito se ha extrapolado lo que se denomina el efecto Pigmalión, según el cual las expectativas que proyectemos en los demás provocarán que hagamos acciones que a la larga generarán en la persona en cuestión ese tipo de comportamiento. Por ejemplo, si pensamos que un niño no va a llegar a nada y proyectamos inconscientemente sobre esa idea, a la larga es más probable que el niño crea lo mismo y acabe cumpliendo con el comportamiento y rol que se esperaba de él.

El efecto Pigmalión es altamente conocido en el mundo de la psicología y la educación, pudiendo generar un gran efecto en los individuos lo que los demás esperen de ellos. Pero del mismo que las expectativas ajenas tienen efecto, también lo tienen las propias. De este modo podemos observar la existencia de otro importante efecto complementario a este. Se trata del efecto Galatea.

El efecto Galatea

El efecto Galatea se refiere al poder que tiene la creencia respecto a las propias capacidades y posibilidades o la falta de éstas a la hora de conseguir o no el éxito en nuestros objetivos.

Si una persona se siente segura y capaz de lograr lo que desea, va a tener una probabilidad mucho mayor de alcanzar sus metas ya que su conducta va a estar más orientada y centrada en ellas. El sujeto va a tender a depender más de su propio esfuerzo y y va a sentirse mucho más comprometido en la consecución de los objetivos.

Por el contrario alguien que se sienta incapaz de lograr lo que quiere, a quien le falta de confianza, no se va a atrever a ir con todo a por sus objetivos. Tenderá a dudar, a visibilizar posibles errores y fracasos y su compromiso con ello será más frágil, con lo que efectivamente será más probable que no cumplir con la que era su meta.

Su relación con la percepción de los demás

El efecto Galatea no tiene únicamente una connotación interna. Nuestra autopercepción y autoconfianza queda proyectada al exterior a través de nuestras actitudes y conductas, de manera que los demás van a captarlas y a formarse una imagen de nosotros en base entre otras cosas a ellas.

La imagen que se formen será más positiva o negativa según lo que puedan captar, y esa imagen influirá en cómo nos traten. A modo de ejemplo, si nos ven como alguien débil puede ser más probable que pretendan aprovecharse o bien protegernos, mientras que si proyectamos una imagen más decidida es posible que nos admiren o envidien. También en las expectativas que los demás se formen de nosotros

Del mismo modo la percepción que los demás tengan de nosotros y lo que nos transmiten nos va a afectar modificando en cierto grado nuestra autopercepción y con ello nuestra forma de actuar, lo que a su vez hace que el efecto Galatea y el efecto Pigmalión estén íntimamente relacionados.

Sin embargo lo que resulta más importante de cara a predecir nuestro éxito o fracaso es lo que pensemos de nosotros mismos y nuestras posibilidades de lograrlo, puesto que una persona puede triunfar aún si su entorno no cree en ello, mientras que alguien que no crea en sí mismo lo tendrá mucho más difícil incluso si todo su entorno lo apoya.

Vinculación con locus de control

El efecto Galatea tiene también relación con el locus de control, entendiendo como tal a la vinculación que establecemos entre lo que sucede y lo que hacemos, es decir a la atribución de los sucesos a la propia actuación o a otros factores como la suerte.

Una persona que crea que sus éxitos son debidos a factores internos, estables y globales realizará conductas mucho más activas y dirigidas a la meta, mientras que alguien que piense que se deben a factores externos, inestables y particulares puede considerar que sus triunfos no son tales sino mero azar y por lo tanto perderá la motivación para luchar por sus objetivos.