Un sentimiento que lleva a problemas. Unsplash.

La venganza es vista muchas veces como una senda que nos conduce hasta un estado mental de serenidad una vez hemos saldado unas cuentas pendientes que teníamos con algo o alguien. Desde esta perspectiva, las ganas de vengarse no son más que el resultado natural de haber pasado por una humillación o de haber sido perjudicados de un modo muy significativo, en ocasiones sin que quien nos ha hecho ese daño hubiese algo a cambio.

Sin embargo, el deseo de venganza no es una sensación que en sí misma sea sana. De hecho, puede hacernos entrar en una lógica destructiva que no nos hace bien ni a nosotros ni a la sociedad en la que vivimos.

¿Qué es la venganza?

La venganza es un conjunto de comportamientos dirigidos a perjudicar a una persona o colectivo que es percibido como culpable o responsable por un daño causado sobre otros o, con frecuencia, sobre la persona con los deseos vengativos.

En resumidas cuentas, la venganza es una manera de gestionar las conductas vinculadas a la agresión. A veces, en vez de adoptar un comportamiento que implique enfrentarse directamente con quien nos ha perjudicado en el momento en el que lo acaba de hacer, se opta por una estrategia a medio o largo plazo, lo cual permitiría tener una mayor probabilidad de infligir el daño deseado al poder beneficiarse del tiempo y la preparación de recursos para planificar el ataque físico o psicológico.

Por otro lado, se ha visto que las personas con más posibilidades de abrazar comportamientos de venganza son aquellas que puntúan alto en el rasgo de personalidad vinculado al sadismo. Las personas sádicas son aquellas que son relativamente propensas a disfrutar con el sufrimiento ajeno.

La diferencia con la justicia

Desde pequeños somos educados con la idea de que los actos negativos tienen consecuencias negativas, y los actos positivos, producen cambios beneficiosos. Esta idea es muchas veces válida en el contexto de la educación que padres y madres dan a los niños pequeños, pero en la vida adulta las cosas no funcionan así. Muchas veces, por defecto, los daños quedan ahí, y el universo no conspirará para que haya compensación.

Ante esta realidad, las ganas de justicia aparece como una cualidad humana orientada a crear una sociedad mejor en la que prime el principio de que todas las personas tienen los mismos derechos y en el que deben existir mecanismos de compensación. Sin embargo, las ganas de venganza no nacen de la voluntad de hacer un mundo mejor, sino de un sentimiento mucho más visceral. No es algo que tenga que ver con una manera de ver el mundo o con unos deseos de cómo tiene que ser la sociedad, sino que tiene que ver con el odio y el resentimiento.

Así, los deseos de venganza pueden convertirse en una manera de adentrarse en una dinámica de conflictos que haga el problema más grande de lo que ya es, debido a su carácter pasional y poco sistemático.

¿Por qué los deseos de venganza son algo negativo?

Más allá de la sensación de que una vez alcanzada la venganza se experimentará un cierto alivio compensatorio por el sufrimiento causado anteriormente, dejarse llevar por esta fuerza de motivación suele llevar a resultados dañinos. Estos son algunos de los motivos.

No hay límites para hacer daño

En la venganza solo existen los límites que uno mismo se pone. Por eso, es fácil ir muy lejos en la voluntad de dañar a alguien. Las justificaciones van apareciendo ante cualquier indicio de que se sobrepasan muchos umbrales, y esto puede llevar a una situación en la que se pierde el control y se produce mucho dolor.

Potencial desaprovechado

Hay personas que invierten mucho tiempo y esfuerzos en vengarse. Es muy fácil que, una vez pasada esta etapa, se mira hacia atrás y se vea este periodo como una pérdida de tiempo, un vacío en el calendario, porque nada de lo que se disfruta en el futuro de una manera sostenida se debe a esas acciones.

La escalada de la violencia

Es fácil olvidar el motivo por el que empezó todo, y que una acción tenga su reacción de manera indefinida. De esta manera, una iniciativa que parecía ser liberadora al principio (ya que en teoría servía para poder llegar a sentirse en paz) llega a esclavizar, al exigir cada vez más tiempo y esfuerzo.

¿Qué hacer?

Ante los deseos de venganza, lo mejor es optar por una de dos opciones.

Por un lado, es bueno buscar distracciones que ayuden a hacer que los pensamientos intrusivos acerca de ello aparezcan una y otra vez. Con el cambio de hábitos, se rompe la tendencia a pensar siempre en lo mismo o a fantasear con cobrarse la revancha.

Por otro lado, también se puede optar por llegar a vengarse de una manera muy indirecta y relativamente constructiva y benigna. Es la opción del mal menor. Por ejemplo, usando esas ganas de compensación haciendo que el progreso personal sirva como lección para quien nos quiso perjudicar, mostrando que sus intentos de hacernos daño fueron en vano.

En cualquier caso, queda claro que cada caso es único dependiendo de la filosofía de vida de cada uno. Eso sí, eso no significa que no exista una batalla que librar (y ganar) contra los deseos de venganza.