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El cómo interpretamos las cosas que hacen los demás es crucial para nuestro bienestar personal, ya que determina en gran medida la forma en la que reaccionamos y las decisiones que tomamos en consecuencia. Por eso mismo el cerebro humano tiende a realizar trucos para hacer que esta interpretación sea sesgada y tendenciosa. Veamos algunos ejemplos: imagine la siguiente situación.

Usted sale a tomar un poco de aire al jardín, y por encima de la cerca ve al nuevo vecino que se ha mudado la semana anterior junto a su casa. El hombre parece molesto, tiene el ceño fruncido y casi puede escucharlo refunfuñar por lo bajo.

Unos minutos después empieza a levantar la voz. En un momento, la esposa se le acerca para hacerle una pregunta y él le responde de muy mala manera. Acto seguido empieza a gritarle a sus dos hijos pequeños que no dejan de corretear a su alrededor, jugando a algo que parece resultarle muy irritante al padre.

"¡Los demás son culpables de todo!"

En circunstancias como esta, es esperable que su cerebro, ni corto ni perezoso, dispare presuroso toda una serie de elucubraciones acerca de lo que está observando. La conclusión parece simple e irrefutable: su vecino tiene un pésimo carácter, es un sujeto gruñón y autoritario del que nunca podría hacerse amigo.

Un par de días después, usted se encuentra tranquilamente desayunando con su pareja, cuando esta le comenta al pasar: “Ah, ¿viste el vecino que se mudó al lado..? Pobre hombre, está desesperado, he escuchado que tan pronto como terminó de pagar la casa nueva, lo despidieron del trabajo, y ahora no sabe cómo mantener a la familia”.

Adaptándonos a nuevas informaciones

Veamos… Esta nueva información adicional tiñe de otro color la opinión que usted se había formado del nuevo vecino, ¿cierto?

La hipotética anécdota no hace otra cosa que ilustrar una de las falencias más perjudiciales del cerebro humano: estamos bien predispuestos a criticar la conducta reprobable de los demás, atribuyéndosela al supuesto mal carácter de los mismos, o a un defecto en su personalidad; y perdemos de vista que siempre hay fuerzas o influencias externas que ayudan a moldear la conducta.

Y lo que es peor, si somos nosotros los protagonistas de la historia y alguien nos acusa de tener mal genio, enseguida nos justificamos diciendo: “Bueno, lo que pasa es que estoy muy nervioso porque me quedé sin empleo”.

Así es como ocurre la mayoría de las veces; esta es una dinámica que subyace al lado oscuro y falible de nuestro cerebro: los demás tienen entera responsabilidad en su mala conducta. Sus decisiones poco felices o desacertadas son el resultado de defectos propios de la persona.

Por el contrario, cuando somos nosotros los infractores de los buenos modales y las sanas costumbres, rápidamente encontramos una explicación que viene dada desde afuera para justificar la alteración de nuestro buen temple, y dejar así a salvo a nuestra reputación y autoestima. Simplificando un poco: Si Fulano reacciona con violencia, es porque Fulano es una persona agresiva. En cambio si soy yo quien reacciona con violencia, es porque estoy cansado ya que no pude pegar un ojo en toda la noche.

La culpa: una cuestión de perspectiva

Todo lo que hacemos, aun lo malo, por inapropiado que sea, siempre constituye, para nuestro cerebro, la respuesta adecuada a una situación determinada.

Desde nuestra perspectiva, solo podemos ver al vecino enojado. Es decir, toda su ofuscación ocupa el centro de nuestra atención. En cambio, cuando somos nosotros los que estamos involucrados, solo podemos ver nuestras circunstancias; aquello que nos ha pasado en el día, ya sea que nos hayan despedido del trabajo, nos duela la cabeza o nos hayan robado el GPS del auto, nos parece razón suficiente para descargar nuestra ira sobre el mundo o los demás. Es como si el cerebro nos susurrara al oído: “Ey, vamos… yo sé que tú eres una buena persona, pero vives en un mundo malo y hostil”.

Es importante que el lector sepa que todo aquello a lo que le preste atención pasará indefectiblemente a formar parte de su mundo, y todo aquello a lo que no le ponga atención o decida ignorar, simplemente dejará de existir para usted, quedará fuera de su realidad cotidiana, con todo lo que ello implica, para bien o para mal.

Sesgos que nos protegen

Es crucial entender este tipo de sesgo mental que aparece cuando observamos la conducta propia y la de los demás, porque nos puede llevar a juicios de valor exagerados o dramáticos, que en su conjunto pueden abrir profundas fisuras en la sociedad.

Por ejemplo, aquellas personas que califican a los desempleados o a quienes reciben ayuda del gobierno por medio de planes sociales como “vagos”, “haraganes” o simplemente “gentuza que no tiene ganas de trabajar”, todas características inherentes a la personalidad, suelen ser partidarias de la “mano dura”, la “tolerancia cero” y la discriminación económica y cultural en un sentido amplio.

Por el contrario, las personas que opinan que hay gente que ha nacido y crecido en condiciones muy desfavorables, son dueñas de una cosmovisión más humanitaria y compasiva, participan más en organizaciones de beneficencia y votan a los partidos políticos de izquierda.

El papel que juega la necesidad

También resulta que nuestras propias necesidades son un parámetro con el que medimos todas las cosas. Por supuesto, no nos damos cuenta, pero así de egoístas somos.

Si lo que usted necesita es, por ejemplo, sentirse querido y respetado, entonces probablemente su esposa (que no tiene la misma necesidad que usted) ante cierto desacuerdo puede llegar a parecerle una persona fría y desamorada.

Claro que si es ella la que necesita sentirse amada y no usted, entonces su esposa le parecerá insegura y demandante. Y como vimos antes, algunos aspectos, como por ejemplo que ella tuvo una infancia problemática en la que sus padres no le brindaron mucho amor, pasa a un segundo plano o cae directamente en el olvido.

Otra posibilidad: si usted necesita hacerlo todo velozmente porque tiene una naturaleza ansiosa y se impacienta con facilidad, entonces el cajero de McDonald's que está atendiendo con dedicación al cliente que está delante suyo en la fila, le parecerá un empleado lento, ineficaz, parsimonioso, o todo lo anterior junto.

Ahora bien, si usted está de vacaciones y se siente especialmente tranquilo y relajado, y quiere elegir cuidadosamente lo que va a comer ese día, las personas que están detrás suyo en la fila y lo apuran para que haga su pedido y se corra a un costado, les parecerán un rejunte de neuróticos y frenéticos maleducados.

Si es usted la clase de persona preocupada por el orden, la limpieza, y el perfeccionismo, que se interesa por los detalles en cada tarea que realiza; es muy probable que su nuevo socio le parezca un sujeto irresponsable y desorganizado. Pero si es él quien tiene todas estas necesidades que giran alrededor de la pulcritud, entonces calificará a su socio como un maniático obsesivo insoportable.

¿Cómo resolver el problema?

Creo que lo primero que tenemos que hacer es comprender cabalmente la dinámica sesgada que utiliza nuestro cerebro para evaluar duramente la conducta de los demás, y más benevolentemente nuestra propia conducta.

Tal vez un mayor grado de autoconsciencia nos ayude a responsabilizarnos por nuestros propios actos y las decisiones que tomamos, sobre todo cuando nos enfrentamos a un problema o en momentos de estrés.