Una de las principales y históricamente más importantes corrientes teóricas de la psicología es el conductismo. Dicha corriente pretende explicar el comportamiento y la acción humana a partir del análisis objetivo de la conducta, la cual se entiende como el único correlato evidenciable de la psique e ignorando por lo general los procesos mentales debido a la imposibilidad observarlos empíricamente. 

A lo largo de la historia han surgido múltiples desarrollos situados dentro del conductismo, los cuales han ido variando el enfoque o la manera de entender la conducta. Una de ellas fue elaborado por el que sería el cuadragésimo cuarto presidente de la APA, Clark Leonard Hull: estamos hablando del conductismo deductivo o neoconductismo deductivo.

Breve introducción sobre el conductismo

El conductismo parte de la intención de hacer del estudio de la psique humana una ciencia objetiva y basada en la evidencia, alejándose constructos hipotéticos que no se puedan demostrar. Se basa en la premisa de que lo único verdaderamente demostrable es la conducta, basándose en la asociación entre estímulo y respuesta o entre conducta y consecuencia para explicar el comportamiento humano.

Sin embargo, inicialmente no considera la mente o los procesos mentales como parte de la ecuación que explique o influya en la conducta. 

Es más, se considera al sujeto fundamental pasivo, un receptáculo de la información que simplemente reacciona a la estimulación. Ello sería así hasta la llegada de los neoconductismos, en los que se empieza a plantear la existencia de fuerzas demostrables propias del sujeto. Y uno de los más conocidos neoconductismos es el conductismo deductivo de Hull.

Hull y el conductismo deductivo

Partiendo del positivismo lógico imperante de la época y de los desarrolles de Skinner respecto al reforzamiento de la conducta, Thorndike y Pavlov, Clark Hull elaboraría una nueva manera de entender el conductismo.

En lo metodológico, Hull consideraba que es necesario que la ciencia de la conducta parta de la deducción, planteando un modelo hipotético-deductivo en el que a partir de unas premisas iniciales basadas en la observación es posible extraer, deducir y más tarde comprobar diferentes principios y subteorías. La teoría debía mantener coherencia y poder elaborarse a partir de la lógica y la deducción, empleando modelos basados en las matemáticas para poder elaborar y demostrar sus teorías.

En lo que respecta a la conducta, Hull mantenía una perspectiva funcional: actuamos debido a que necesitamos hacerlo con el fin de sobrevivir, siendo la conducta el mecanismo por el cual conseguimos hacerlo. El ser humano o el organismo en sí deja de ser un ente pasivo y pasa a ser un elemento activo que busca la supervivencia y la reducción de necesidades.

Este hecho es un hito que incorpora al esquema típico de estímulo-respuesta un conjunto de variables que intermedian entre la variable independiente y la dependiente en dicha relación: las llamadas variables intervinientes, variables propias del organismo como la motivación. Y aunque dichas variables no son directamente visibles, pueden deducirse matemáticamente y comprobarse experimentalmente.

A partir de sus observaciones, Hull establece una serie de postulados que tratan de explicar la conducta, siendo el impulso y el hábito los componentes centrales que permiten comprender fenómenos como el aprendizaje y la emisión de conductas.

El drive o el impulso

Una de las teorías principales que surgen del neoconductismo deductivo de Hull la teoría de la reducción del impulso.

El ser humano, como todas las criaturas, tiene unas necesidades biológicas básicas que precisa satisfacer. La necesidad provoca que en el organismo surja una pulsión o impulso, una emisión de energía que genera que busquemos suplir nuestra carencia mediante la conducta con el fin de garantizar o favorecer la posibilidad de adaptarnos al medio y sobrevivir.

Actuamos en base al intento de reducir los impulsos que nuestras necesidades biológicas nos provocan. Las necesidades están presentes independientemente de la existencia o no de estimulación y generan o impulsan la emisión de conductas. Así, se considera que nuestras necesidades nos motivan para la conducta.

Las necesidades que nos conducen al impulso pueden ser muy variables, desde las más biológicas como el hambre, la sed o la reproducción a otros derivados de la socialización o la obtención de elementos vinculados a la satisfacción de dichas necesidades (como por ejemplo dinero).

El hábito y el aprendizaje

Si nuestros actos reducen dichas necesidades, obtenemos un reforzamiento que generará que las conductas que se llevaron a cabo y permitieron dicha reducción tengan mayor probabilidad de ser replicadas.

Así, el organismo aprende a base del reforzamiento de la asociación entre estímulos y respuestas y conducta y consecuencias en base a la necesidad de reducir las necesidades. La repetición de experiencias reforzantes terminan por configurar hábitos que replicamos en aquellas situaciones o estímulos que elicitan la emisión de la conducta al provocar el impulso. Y ante situaciones que revistan características semejantes a las que genera un determinado impulso, se tenderá a actuar de igual forma, generalizándose el hábito.

Es importante tener en cuenta y remarcar que el impulso en sí únicamente nos proporciona energía y motivación para actuar, pero no genera el hábito: este se deriva del condicionamiento. Es decir, si vemos algo que parece comestible puede surgir el impulso de comer, pero cómo hacerlo depende de las asociaciones que hayamos hecho entre determinadas conductas y sus consecuencias de cara a suplir nuestras necesidades.

La fuerza del hábito adquirido depende de numerosos factores como la contigüidad y contingencia entre la emisión de la conducta y su consecuencia reforzante. También depende de la intensidad con la que aparezca el impulso, del número de repeticiones de la asociación y el incentivo que suponga la consecuencia al reducir en mayor o menor medida la necesidad. Y según la fuerza del hábito aumenta, éste resulta cada vez más complicado de extinguir, hasta el punto de que aún cuando deja de servir para reducir el impulso es posible que persista.

Hull también trabajó y estudió la acumulación de experiencia, siendo mayor la cantidad de aprendizaje de la conducta que se realiza en los momentos iniciales que el realizado posteriormente. En base a ello han surgido posteriormente las diferentes curvas de aprendizaje. Lo que restaría por aprender de la conducta es menor, con lo que con el tiempo la cantidad de información aprendida se reduce.

Referencias bibliográficas:

  • Hull, C. L. (1943). Principles of Behavior. Nueva York: Appleton-Century-Crofts.