Las bebidas espirituosas pueden mejorar nuestra expresión en otros idiomas, según un estudio. Unsplash

Hace ya tiempo que forma parte de la cultura popular que el consumo de bebidas alcohólicas puede ayudarnos a dominar mejor los idiomas que no son nuestra lengua materna. De hecho, hay casos en los que esta creencia ha llegado al extremo, y prueba de ello es que en Facebook hay una página con más de 100.000 seguidores llamada “Ir borracho incrementa mi habilidad para hablar otros idiomas”.

Ya se sabe que mucha de esas creencias que pasan de boca a oreja tienen más de mito que de realidad, y en concreto, la idea de que intoxicarnos con bebidas espirituosas puede hacer que hablemos mejor idiomas tiene más de broma que de verdad (en ese estado nos cuesta incluso pronunciar algunos apellidos, no digamos ya utilizar normas gramaticales con las que no estamos muy familiarizados).

Sin embargo… ¿qué pasa cuando el consumo de alcohol es moderado? ¿Podría repercutir esto positivamente en nuestro dominio de idiomas que no hablamos a nivel nativo? Un reciente estudio apunta a que la respuesta es sí.

Alcohol: efectos neuronales y psicológicos

Que el alcohol tiene efectos negativos sobre el cerebro es algo que se sabe desde hace tiempo. La cantidad de dinero que mueve la industria que comercializa este tipo de productos no ha hecho pasar desadvertido el modo en el que estas sustancias nos dañan de múltiples maneras, si bien ciertos productos alcohólicos son cuentan con mejor publicidad que otros.

Por ejemplo, los cerebros de las personas con un historial de alcoholismo tienden a ser algo menos voluminosos y las interconexiones neuronales de algunas de sus áreas son menos numerosas que en los cerebros sanos; esto se nota, entre otras cosas, en su capacidad para hacer uso de la memoria, ya que tienen un hipocampo dañado, y en su gestión de las emociones e impulsos en tiempo real.

Sin embargo, más allá de los efectos directos que el alcohol ingerido en altas cantidades tiene sobre el sistema nervioso, no resulta descabellado que en cantidades moderadas existan ciertas ventajas relacionadas con esta clase de productos. En concreto, un equipo de científicos de la Universidad de Maastricht encabezado por Fritz Renner se propuso comprobar si beber un poco de alcohol mejora temporalmente el modo en el que se habla un idioma aprendido recientemente (en adultos, por supuesto).

Esta investigación, más que descubrir una ventaja asociada al consumo de alcohol, sirve para comprender mejor los mecanismos que intervienen en el uso de un idioma extranjero.

El efecto del alcohol al hablar idiomas extranjeros

Para llevar a cabo esta investigación, Renner y sus colegas utilizaron un estudio de tipo experimental con 50 voluntarios cuya lengua materna es el alemán. Estas personas eran estudiantes alemanes que se encontraban en su segundo curso de la carrera de Psicología en la Universidad de Maastrich, ciudad a la que acuden muchas personas del país germano dada su proximidad con la frontera que separa ambos territorios.

Además, para poder pasar de Alemania a la Universidad de Maastricht, hay que parar primero por una prueba de nivel de holandés, por lo que prácticamente todos estos estudiantes contaban con un nivel de este idioma que les permitía hablarlo.

Para comenzar con las condiciones experimentales, los voluntarios fueron divididos en dos grupos: uno de ellos bebió 250 ml. de agua con gas, y el otro bebió la misma cantidad de limonada con poco de vodka, suficiente para alcanzar una concentración de alcohol en sangre del 0,04% (la cantidad de ml. de alcohol que bebió cada persona dependió de su sexo y su masa corporal para que todo el mundo presentase ese 0,04%).

Un cuarto de hora después de haber consumido las bebidas, en una fase del experimento en el que el alcohol ya debería de haber pasado a la sangre y al cerebro, se pidió a los voluntarios que debatiesen en holandés acerca de la experimentación animal durante un par de minutos. A partir de este ejercicio, dos hablantes nativos de holandés debían puntuar el grado en el que los alemanes se expresaban bien o mal, ofreciendo puntuaciones en diferentes parámetros: fluidez, pronunciación, vocabulario, elección de palabras, claridad y calidad global del habla. Además, los alemanes debían puntuarse a sí mismos en lo relativo a cómo de bien o mal habían hablado holandés.

El sorprendente resultado

Lo que Renner y sus colegas esperaban era que el alcohol hiciese que los alemanes fuesen benévolos a la hora de puntuar la calidad de su holandés en la prueba, mientras que los holandeses no otorgarían una puntuación mayor, sino menor, a quienes habían consumido el vodka. Es decir, creían que el principal efecto de la bebida espirituosa consistiría en afectar el modo en el que una persona aprecia la calidad de su propio dominio del idioma extranjero.

Sin embargo, los resultados obtenidos ofrecieron una conclusión muy diferente. Los alemanes que habían consumido vodka no tenían a puntuarse a sí mismos mejor que los que habían bebido gaseosa, pero en términos generales sí recibieron puntuaciones significativamente mayores por parte de los holandeses, tanto en la calidad global del habla como en la pronunciación.

¿Por qué ocurre esto? La desinhibición

Aunque los efectos del alcohol sobre el sistema nervioso son negativos, es razonable que en cantidades muy moderadas las repercusiones perjudiciales de esta sustancia apenas se noten y que, en cambio, emerjan otras consecuencias psicológicas que, si bien también son discretas, son de carácter positivo. Las ventajas de una ligera desinhibición puede ser un ejemplo.

Y es que a la hora de expresarnos en un idioma extranjero el miedo a hacer el ridículo al pronunciar ciertas palabras puede causar un efecto de profecía autocumplida, es decir, llevarnos a pronunciar las cosas de un modo aparatoso o bien impreciso para que apenas se nos escuche. Unas gotas de vodka podrían hacer que estos miedos prácticamente desapareciesen, dejándonos la vía libre para expresarnos de un modo intuitivo y genuino.