Situar mal el problema puede hacer que el desamor duela más. Unsplash.

Desde hace tiempo, en nuestra sociedad ha ganado impulso la idea de que cada persona es una isla. Los individuos nacen, desarrollan una serie de habilidades y de intereses, y tratan de vivir lo mejor posible a través de ellas. Pero esta filosofía de vida, que por supuesto no es más que una simplificación de lo que realmente ocurre, estalla en mil pedazos cuando entra en escena el amor.

En una relación sana, el amor hace que nos cuestionemos dónde terminan nuestros propios intereses y dónde terminan los de la otra persona. Esta lógica resulta ilusionante y cautivadora, porque compartir la existencia a un nivel muy íntimo da sentido a lo que nos pasa y a lo que hacemos. Pero si se da el caso en el que aparece la ruptura o el desamor, eso se vuelve en contra de nosotros: aparece la necesidad casi esclavizadora de que la otra persona vuelva a amarnos.

¿Cómo hacer que alguien vuelva a amarme? La pregunta trampa

Mirándolo desde una cierta perspectiva, tiene sentido que si antes creíamos vivir inmersos en una especie de superorganismo constituido por dos personas, al irse una de ellas los restos de la relación intenten volver a atraer a quien ha decidido partir. Como en teoría un vínculo afectivo muy intenso puede hacer que una pareja llegue a ser más que la suma de dos individuos, una vez formado este vínculo ya no hay vuelta atrás.

Sin embargo, esta manera de ver las relaciones, y las relaciones de pareja en particular, es dañina. ¿Por qué? A continuación lo veremos, junto a algunas recomendaciones sobre lo que sí sería conveniente hacer.

1. Nos impide ver aspectos en los que podemos mejorar

A veces, las rupturas afectivas entre dos personas se producen por aspectos puramente subjetivos, como por ejemplo la incapacidad de superar un suceso traumático vivido junto a otra persona (la pérdida de un hijo, el hecho de contraer una enfermedad, etc.). Pero en otras ocasiones el fenómeno tiene que ver con un defecto personal, algo en lo que realmente sí se puede mejorar en términos objetivos.

El hecho de intentar buscar una solución haciendo que la otra persona vuelva a amarnos enmascara este tipo de errores y de defectos personales, ya que unque sea una medida poco eficaz para ser feliz, situar el problema en la otra persona y no en uno mismo es una manera de no tener que afrontar una tarea tan compleja como el propio cambio.

Quien vive de esta forma siempre tiene motivos para lamentarse, pero no tiene que esforzarse por tomar decisiones relevantes y llevarlas a cabo a través de un plan de aprendizaje y desarrollo personal.

2. Deshumaniza a la otra persona

Puede que en un principio no lo parezca, pero intentar hacer que alguien vuelva a amarnos es asumir que la persona a la que queremos recuperar es un objeto manipulable. Se trata de dar por sentado no ya que podemos contribuir a que tenga más información con la que decidir si quiere quedarse a nuestro lado o no, sino que podemos hacer variar sus emociones a conveniencia. ¿Hay algo más maquiavélico que eso?

3. Sienta los precedentes para el acoso

Intentar hacer que alguien vuelva a amarte no es en sí una forma de acoso, pero hace más fácil que aparezcan comportamientos de este tipo. Si desplazamos el foco del problema hacia la otra persona, interpretando la situación como si lo que está mal fuese lo que siente el otro, eso allana el terreno para futuras actitudes controladoras.

Por eso es bueno tener en cuenta que la otra persona es totalmente capaz de capitanear su propia vida, al ser responsable de sí misma y de tomar decisiones válidas.

4. Rebaja la propia dignidad

El hecho de intentar modificar los sentimientos de otra persona con respecto a uno mismo no solo resta dignidad a quien se quiere recuperar, sino que también sirve para degradarse a uno mismo. Normalmente, este tipo de experiencias van de la mano de daños a la autoestima, y pretender que todo se deba a la ausencia de amor o afecto de la otra persona hace muy fácil que, para nosotros, nuestro valor pase a ser sinónimo del valor que la otra persona nos confiere.

Dicho de otro modo, en estas situaciones se nos olvida que la otra persona tampoco tiene la capacidad de juzgar nuestro valor de un modo libre de sesgos, viéndonos tal y como realmente somos, de manera que volver a hacer que nos ame equivalga a recuperar todo el valor perdido.

Esta es, pues, una paradoja: si intentamos que alguien más vuelva a sentir amor por nosotros, podemos asumir que no tiene criterio y que tiene los sentimientos equivocados, pero a la vez costará mucho mantener la autoestima intacta a la vez que la persona a cuyas emociones damos tanta importancia actúa como si no fuésemos importantes para ella.

Lo mejor es empezar de nuevo

Puede que suene típico, pero no por ello deja de ser verdad: cuando una relación personal se rompe y esto no se debe a un fallo de comunicación, lo mejor es respetar la decisión de la otra persona hasta sus últimas consecuencias, y renunciar a marcar el calendario de las futuras tomas de contacto.

Así pues, en estos casos solo hay que seguir dos pasos que, aunque simples en teoría, requieren de esfuerzo: en primer lugar, asegurarse de que la otra persona no ha caído en un engaño, y en segundo lugar, si realmente no le falta información relevante, dejarla ir y volver a construirnos una vida que nos estimule y que tenga significado. Es complicado, pero no imposible, y con la ayuda de la asistencia psicológica, se supera mejor.