A veces es necesario afrontar el hecho de que la relación no tiene futuro. MaxPixel.

Poner fin a una relación de pareja es siempre algo complicado, pero no lo es solo en el momento de cortar. El simple hecho de plantearnos si debemos dar por terminada esa etapa de nuestra vida que hemos compartido con otra persona puede ser igual de duro. Y es que la indecisión es una verdadera fuente de estrés y ansiedad.

En este artículo veremos varias cosas que debes tener en cuenta para saber si ha llegado el momento de dejar ir a tu pareja y regresar a la soltería.

El arte de saber cuándo dejar ir a tu pareja

En la mayoría de los casos, cuando aparecen las crisis matrimoniales o de pareja, estas no aparecen de manera súbita y clara. Si esto fuese así, la situación sería muy dura, pero por lo menos todo estaría más claro. Lo que ocurre, en cambio, es que progresivamente se van acumulando los problemas y los conflictos, haciendo que el malestar quede enquistado y sea cada vez más difícil de gestionar.

No es extraño que esa sea la norma. Ante situaciones incómodas pero poco definidas y complejas de entender, tendemos a aferrarnos a la esperanza de que todo se solucione por sí solo; es decir, se adopta una situación evitativa ante el problema.

Cerrar los ojos y hacer ver que no pasa nada puede parecer poco razonable, pero cuando nos toca vivir estos casos en la propia carne, acostumbra a ser una opción muy atractiva. Si el presente nos da la posibilidad de no pasar por un rato muy malo, a menudo optamos por eso, aunque sepamos que eso nos pueda llevar a sufrir más en el futuro. Y esto, por supuesto, ocurre también con las relaciones amorosas.

Pero si agudizamos nuestra capacidad de detectar esos puntos de la relación en los que ya no hay marcha atrás y todo indica que las posibilidades de que todo mejore son muy bajas, se favorecerá que tomemos la decisión correcta en ese caso: dar por terminada la relación para no sufrir más. Veamos algunas claves para saber si se ha llegado a esa situación.

1. Los indicios del maltrato

Evidentemente, este es el aspecto más importante a la hora de evaluar los requisitos de calidad mínimos de una relación. Si los insultos, las agresiones físicas u otras formas de maltrato de tipo psicológico (como el gaslighting) se convierten en norma, la relación de pareja no tiene razón de ser, ya que de hecho no es tal, sino un vínculo basado en la denigración del otro o incluso la amenaza para su propia integridad. El amor y esta clase de tratos son incompatibles.

A pesar de que siglos de normalización de la violencia contra la mujer y del amor romántico basado en el sacrificio han hecho que en ciertos casos no resulte “automático” reconocer el maltrato cuando se sufre, es posible si se tiene en cuenta ciertas líneas rojas que no pueden ser sobrepasadas, como los desprecios constantes, las burlas, los insulos o la amenaza de sufrir heridas o dolor físico.

En esta caso, pues, no se trata de dejar ir a la pareja, sino actuar en consecuencia ante el hecho de que no se tiene una pareja de facto, sino maltratador o maltratadora.

2. Solo temes el qué dirán ante la ruptura

Si al pensar en la ruptura de pareja la primera preocupación que te viene a la cabeza es el qué dirán, eso es un síntoma de que efectivamente hay motivos sólidos para dar por terminado ese noviazgo o matrimonio. A fin de cuentas, el envoltorio de una relación no hace que esta exista o tenga sentido.

3. Llevas tiempo sintiéndote mal

Cuando una parte de nosotros siente que se sigue en la relación por pura inercia, es normal que surjan sentimientos de culpabilidad, especialmente al establecer planes de futuro, dado que a medida que pasa el tiempo se van adoptando más compromisos, por un lado, y por el otro se va fingiendo para aparentar normalidad, engañando a la otra persona.

En este caso puede considerarse que hay manipulación, y el hecho de que de miedo romperle el corazón a la otra persona exponiendo la situación no justifica que esta viva engañada, opción que termina causando mucho dolor a ambas partes.

4. Hay una situación de dominio

Las relaciones en las que hay una clara asimetría de poderes en los roles que adopta cada persona no tienen por qué ser una forma de maltrato, pero siguen siendo relaciones tóxicas.

Esto es así porque la costumbre de que sea siempre la persona la que decide y la misma persona la que se adapte a esas situaciones puede derivar rápidamente hacia el maltrato. A fin de cuentas, se normaliza la idea de que es uno quien tiene el criterio y otro el que tiene que acatar órdenes (aunque en un principio simplemente aceptase tener un rol pasivo para no tener que esforzarse demasiado).

5. La otra persona lo deja claro

Da igual lo mucho que nos duela; si la otra persona quiere terminar la relación, hay que tener claro que no hay nada que discutir ni negociar. Las ideas obsesivas sobre lo que se puede hacer para recuperar a la pareja son frecuentes en algunos casos, pero no hay que dejar que nos dominen.