La historia de la humanidad ha estado llena de ejemplos en los que el ser humano ha sometido a la fuerza partes de la naturaleza por mero capricho. A veces no se ha necesitado ni la excusa de satisfacer necesidades básicas de la población para destruir ecosistemas y explotar animales.

La historia de un gorila llamado John Daniel es un recordatorio de eso. Durante años, creció conviviendo con una familia afincada en Uley, un pueblo ubicado al sur de Inglaterra. Allí, este primate fue criado como un niño más.

John, el gorila que tomaba el té a las 4

Hace tiempo que se sabe que los grandes simios, como los gorilas, los bonobos y los chimpancés, tienen un nivel de inteligencia que los hace propensos a aprender muchas de las costumbres humanas. Este hecho, unido a lo exótico de tener un gorila en casa como signo de distinción y posición social, es lo que hizo que en el año 1917 una cría de gorila fuese vendida al alcalde de Londres por 300£ de la época.

John había nacido en la selva de Gabón, pero después de ser capturado por los mismos hombres que mataron a sus padres, su única función pasó a ser ornamental, un entretenimiento.

Durante su primer año conviviendo entre humanos, el gorila John Daniel empezó a aprender rápidamente los patrones de conducta relacionados con los buenos modales y la etiqueta que cabría esperar de un niño de clase alta.

Cuando Alyse Cunningham, una familiar del alcalde de Londres, pasó a hacerse cargo de John, este fue trasladado a una pequeña localidad llamada Uley. Allí pondría en práctica lo que habría aprendido y se mezclaría con los niños y niñas del vecindario.

Un nuevo hogar: Uley

John Daniel rápidamente se convirtió en el centro de las miradas de todo el vecindario. John era un animal salvaje a ojos de todo el mundo, y nadie se habría sorprendido si hubiera atacado a alguien en un ataque de rabia inesperado. Sin embargo, el gorila demostró ser increíblemente pacífico y amigable.

A pesar de que ya presentaba un tamaño considerable y superaba en peso a todos los niños de su edad, su forma de vivir estaba llena de refinamiento. Aprendió a hacerse la cama, se lavaba, ayudaba en algunas tareas del hogar y paseaba con los más pequeños, los cuales apreciaban mucho su compañía.

De hecho, Alyse Cunningham lo llevaba como acompañante a las cenas de la alta sociedad, y también asistía con este a las reuniones para tomar el té con sus amistades.

John David parecía cumplir con todas las expectativas de lo que se esperaba de él como mascota y como entretenimiento. Pero... ¿cumplirían los seres humanos con su papel de protectores de John? No por mucho tiempo.

El abandono y el regreso a la jaula

Por mucho que su comportamiento se amoldara a las exigencias de las personas que lo rodeaban, John seguía siendo un gorila, y eso no lo podía cambiar. Siguió creciendo a una gran velocidad, y llegó un punto en el que por su tamaño y peso empezaba a ser muy complicado mantenerle.

Es por eso que Alyse Cunningham decidió darlo a una residencia en la que estuviese cuidado. Sin embargo, fue engañada, y John terminó siendo explotado en un circo.

La salud del gorila decayó rápidaente, y sus nuevos propietarios dedujeron que podía ser un problema ocasionado a que echaba de menos a Alyse.

Esta idea hizo que el circo escribiese una carta a la señora Cunningham, para que fuera para allá, y el plan surtió efecto: esta partió hacia allí rápidamente. Sin embargo, no llegó a tiempo: John David murió antes a causa de complicaciones respiratorias en el año 1922. Actualmente está disecado y expuesto en el American Museum of Natural History.

Hay más casos de primates criados como niños

La historia de John David es trágica, pero no es la única de este estilo. Por ejemplo, en los años 70 una familia decidió criar una cría de chimpancé como si fuese un niño más y, de paso, intentar hacer que aprendiese una forma avanzada de lenguaje por signos.

Nim Chimpsky (nombre dado como clara referencia al lingüista Noam Chomsky) creció feliz durante su infancia, pero al llegar a la adolescencia fue mandado a un centro de experimentación animal y nunca volvió a relacionarse con humanos en un régimen de semi-libertad. Tampoco sus progresos con el lenguaje de signos le sirvieron para evitar volver a formar parte del engranaje de producción y comercialización.

Del mismo modo, otros primates como Nim y John Daniel han sido criados desde que eran pequeños para que aprendiesen los fundamentos del modo de vida que los humanos llevan en Occidente. Sin embargo, cuando por una razón u otra ya no pueden seguir relacionándose con sus cuidadores en semi-libertad, caen en estados depresivos rápidamente. 

Acostumbrarse a vivir como un niño para tiempo después pasar a vivir con una jaula es muy duro, por el dolor emocional que produce y también por la falta de bienestar físico. El simple hecho de estar en condiciones de aislamiento puede hacer que la salud se desmorone, tal y como se mostró, por ejemplo, durante los experimentos de privación materna de Harry Harlow.

En todo caso, la necesidad de afecto y de compañía de calidad no es una característica únicamente humana, aunque frecuentemente lo olvidemos.