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Cada vez es más evidente que la obesidad es un problema de importancia en las sociedades occidentales. No solo la comida a la que tenemos acceso contiene más carbohidratos y grasas de mala calidad, sino que es muy frecuente intentar disipar el estrés asociado al trabajo haciendo viajes a la nevera, algo impensable hace unos pocos siglos.

Nuestro problema es la malnutrición, más que la desnutrición, y esta herencia parece estar cambiando drásticamente la salud de las nuevas generaciones, que desde sus primeros años de vida aprende hábitos poco saludables, tanto los relacionados con una mala alimentación como los quetienen que ver con formas de ocio pasivo (uso excesivo del ordenador y los videojuegos, etc.). En 2014, por ejemplo, alrededor de un 15% de los niños y niñas de España tenían problemas de obesidad, y un 22,3%, sobrepeso.

¿Mejoras permanentes en la salud de los niños?

¿Cómo luchar contra la obesidad infantil? Es complicado, teniendo en cuenta que, además de estar producido por unas rutinas aprendidas y unas preferencias de consumo determinadas, la obesidad tiene un factor biológico: la impulsividad y la falta de control sobre conductas alimenticias se podría explicar por una conectividad inusual entre áreas del cerebro, tal y como pasa en general con las adicciones.

Si, además, queremos que los resultados de la intervención sobre la obesidad infantil se mantengan en el tiempo sin que se caiga en recaídas, todo se vuelve mucho más difícil, ya que debe actuarse tanto sobre la conducta como en la manera de trabajar del cerebro y, por extensión, de todo el sistema neuroendocrino.

Sin embargo, un equipo de investigadores de la Vanderbilt University parece haber encontrado evidencias de que puede combatirse la obesidad infantil mediante la práctica de Mindfulness, lo cual se puede hipotetizar a partir de su descubrimiento: los problemas de alimentación en los pequeños estaría explicados, efectivamente, por una descompensación en el grado de conectividad neuronal al comparar áreas relacionadas con la inhibición y áreas relacionadas con la impulsividad. Estos resultados han sido publicados recientemente en la revista Heliyon.

Otro ámbito de aplicación para el mindfulness

La clave, según los investigadores, estaría en identificar el problema de obesidad cuanto antes y desarrollar con ellos un programa de mindfulness, que puede ser combinado con otras medidas para atajar el problema. Esta podría ser otra de las funciones relacionadas con el ámbito de la salud en las que el Mindfulness se ha mostrado eficaz.

Estas mejoras podrían estar explicadas por las modificaciones en la conectividad neuronal que parecen estar asociadas a la práctica de esta actividad y que predisponen a un comportamiento menos impulsivo a un mejor control de la propia conducta. Y es que, según los investigadores de la Vanderbilt University, existen motivos para pensar que practicar Mindfulness ayuda a reequilibrar la cantidad de conexiones asociadas a la inhibición y la impulsividad, haciendo que unas no tengan un dominio absoluto sobre las otras.

Así pues, si la obesidad infantil estuviese relacionada con este tipo de descompensación, el Mindfulness podría ser muy útil para combatirla. Para eso, sin embargo, tenían que asegurarse que este tipo de desequilibrio en las conexiones neuronales explicase al menos en parte la aparición de la obesidad en niños y niñas. Y para resolver esta incógnita diseñaron un estudio.

¿Cómo se realizó la investigación?

El equipo de científicos obtuvo datos sobre 38 niños y niñas de entre 8 y 13 años de edad, de los cuales 5 presentaban obesidad infantil y 6, sobrepeso. En los datos recopilados sobre estos niños y niñas se incluía su peso, sus respuestas en el Child Eating Behaviour Questionnaire (CEBQ) en los que figuraban datos sobre sus hábitos alimenticios, e imágenes por resonancia magnética (IRM) de sus cerebros.

A partir de estos datos, pudieron comprobar que tanto los problemas de peso como los hábitos relacionados con la obesidad infantil correlacionan con unos patrones de conectividad entre tres zonas del cerebro: la parte inferior del lóbulo parietal, relacionado con la inhibición de la conducta; la parte anterior del lóbulo frontal, asociada con la impulsividad; y el núcleo accumbens, asociado a la sensación de recompensa.

En concreto, en los niños y niñas con problemas de sobrepeso, las regiones del cerebro relacionadas con la impulsividad estaban mejor conectadas con el resto del cerebro que las áreas asociadas a la inhibición. Lo contrario sucedía en los individuos más capaces de evitar problemas de obesidad y los hábitos que llevan a estos, ya que la región relacionada con la inhibición estaba mejor conectada con el resto de redes neuronales que la zona asociada a la impulsividad.