Todo el mundo se ha preguntado en alguna ocasión si las personas más inteligentes lo son por herencia genética o bien a causa de las influencias ambientales que reciben, como la calidad de la nutrición o la educación proporcionada por los padres. En los últimos años la genética de la conducta ha logrado responder de forma detallada a esta duda histórica.

La investigación en el campo de la psicología diferencial revela que tanto los genes como el entorno tienen un peso muy significativo en la determinación del cociente intelectual, la medida clásica de la inteligencia. No obstante, la relevancia de la herencia parece ser ligeramente superior a la del ambiente.

¿Cómo se define la inteligencia?

El constructo “inteligencia” resulta difícil de delimitar, puesto que se le han atribuido múltiples significados tanto en el lenguaje lego como desde la comunidad científica. Se trata de una capacidad compleja que engloba la capacidad de aprender información nueva, la de aplicar distintos tipos de razonamiento y la de solucionar problemas, entre otras muchas.

Una definición especial es la que se ha hecho desde el enfoque operacional. Esta perspectiva propone que la inteligencia debe ser definida como “aquello que es medido por los tests de cociente intelectual”, instrumentos que se han mostrado moderadamente útiles para predecir aspectos como el rendimiento laboral y el estatus socioeconómico.

Sin embargo, la inteligencia es un atributo muy amplio y que no sólo existe en los seres humanos. Ha sido definida por muchos autores como la capacidad para comportarse de forma adaptativa ante situaciones complejas por tal de alcanzar una meta; en este tipo de definiciones se destaca la concepción de la inteligencia como un factor global y estable.

Relación entre genética e inteligencia

Desde el campo de la genética de la conducta, que analiza las diferencias individuales en aspectos comportamentales (como la inteligencia) a partir de métodos genéticos, se calcula que el coeficiente de heredabilidad del cociente intelectual oscila entre 0,40 y 0,70. Esto significa que aproximadamente la mitad de la variabilidad se explica por factores hereditarios.

A partir de revisiones en estudios de este tipo, Antonio Andrés Pueyo concluye que aproximadamente el 50% de la varianza en inteligencia queda explicada por causas de origen genético, mientras que el otro 50% se debe a distintos factores ambientales y a los errores aleatorios de medición.

De modo general los estudios más antiguos han encontrado un peso mayor de la herencia genética en la inteligencia que las investigaciones recientes. Además parece que el coeficiente de heredabilidad es mayor en los casos en que el CI es muy alto (más de 125) o muy bajo (menos de 75).

En cuanto a los distintos factores que componen la inteligencia, algunos estudios han encontrado que las aptitudes verbales se heredan en mayor medida que las de tipo manipulativo. El peso de la genética en el CI verbal aumenta con la edad; lo mismo sucede con otros componentes de la inteligencia, aunque no de forma tan notable.

Por otra parte la inteligencia fluida descrita por Raymond B. Cattell, un constructo similar al factor global (“g”) utilizado originalmente por el pionero Charles Spearman, está más influida por la herencia genética que la inteligencia cristalizada. Mientras que la primera se asocia al razonamiento y a la resolución de problemas nuevos, la segunda se refiere al conocimiento acumulado

Influencia de la estructura y los procesos cerebrales

Distintos autores han señalado la relevancia de los procesos fisiológicos del sistema nervioso central en la inteligencia. En este sentido estarían implicadas estructuras y funciones como los lóbulos frontales, la densidad de la materia gris (compuesta por cuerpos neuronales, dendritas amielínicas y glía) en el cerebro o la tasa metabólica de la glucosa.

Así, Vernon escribió que las diferencias encontradas en los tests de CI reflejan una mayor velocidad y eficiencia en la transmisión de impulsos nerviosos, mientras que según Eysenck lo más importante es el número de errores en estas conexiones: si se producen menos fallos en la transmisión el cerebro consumirá menos glucosa, reduciendo el esfuerzo energético.

Otros estudios han relacionado las medidas de inteligencia con el flujo sanguíneo y la actividad neuroquímica en los lóbulos frontales, así como la densidad de la materia gris. Todas estas características morfológicas y funcionales se heredan en un grado significativo, puesto que dependen de la expresión de determinados genes.

Factores ambientales que afectan al CI

La inteligencia depende en buena medida del ambiente. En este sentido son relevantes un gran número de factores, entre los que destacan el acceso a nutrición, educación y sanidad de calidad que permitan el mayor desarrollo posible del potencial biológico del cerebro de cada persona.

En muchos casos resulta extremadamente complicado determinar qué proporción de la variabilidad comportamental se puede atribuir a la herencia y cuál al ambiente, en particular cuando hablamos de las influencias relativas al entorno familiar inmediato. Asimismo existe una interacción recíproca entre la genética y el ambiente que se da de forma constante.

Según Andrés Pueyo los factores ambientales explican casi la mitad de la varianza en la inteligencia, un peso muy similar al que tienen los genes. Dentro del 50% de variabilidad que no queda justificado por la herencia atribuye a la varianza común o interfamiliar un 30% y al ambiente no compartido un 10%. La varianza error pondera otro 10% para este autor.

Así, las influencias ambientales no compartidas, que difieren entre personas criadas en una misma familia, parecen ser más relevantes en la determinación de la inteligencia que el ambiente compartido, aunque el peso de éste es suficientemente elevado como para ser tomado en consideración.