La violencia de género es una de las lacras que siguen vigentes en la sociedad actual. En lo que llevamos de año al menos siete mujeres han perdido la vida a manos de sus parejas, la primera de ellas pocas horas después de empezar el 2017.

Los malos tratos y la violencia intrafamiliar causan estragos en la persona agredida tanto a nivel físico como psíquico, sea mujer o hombre. Pero la violencia no afecta únicamente a los integrantes de la pareja.

Cuando hay hijos de por medio estos padecen tanto de la observación del maltrato a sus seres allegados como, en muchos casos, de una violencia directa o indirecta aplicada contra ellos. Algunos de ellos incluso son agredidos física o psicológicamente con el propósito de dañar al otro componente de la relación. Lo que estos niños están sufriendo recibe el nombre de violencia vicaria.

¿Qué significa ‘vicario’?

El concepto vicario hace referencia a la sustitución o reemplazo de un individuo por otro en el ejercicio de una función o en la vivencia de una situación. Un ejemplo fácil de comprender se puede contemplar en el aprendizaje vicario, en que se aprende a partir de la observación de los actos llevados a cabo por otras personas y sus consecuencias.

Comprendido el concepto, se entiende que la violencia vicaria se va a definir como situaciones en que se va a llevar a cabo algún tipo de agresión sobre una persona o en sustitución de otra, la cual sería el verdadero objetivo, o de manera colateral.

La violencia vicaria: qué es y por qué se lleva a cabo

La violencia vicaria es un tipo de violencia intrafamiliar que incluye toda aquella conducta realizada de manera consciente para generar un daño a otra persona, ejerciéndose de forma secundaria a la principal. Dicha violencia es una forma de maltrato infantil que puede ir de la visualización y presenciación por parte del menor de agresiones por parte de uno de sus familiares a otro o por el padecimiento de agresiones directas como método para causarle un perjuicio.

En muchos casos el hijo o hija es utilizado de manera instrumental con el objetivo de hacer daño al auténtico objetivo de la violencia, la pareja. El individuo que ejerce el maltrato aprovecha la fragilidad de los menores vulnerando y menoscabando su integridad física o psicológica con el fin de dañar psicológicamente a su pareja, despertando en ella sufrimiento, dolor y sensación de culpa al no poder defender a las personas más queridas por la víctima.

La violencia vicaria o la amenaza de ella es empleada asimismo como mecanismo de coacción y control hacia la víctima adulta: ante el conocimiento de lo que el o la agresora es capaz el cónyuge o el menor se ve forzado a ceder ante las pretensiones y deseos del otro y además ante el miedo de que los menores sean agredidos la víctima adulta tiene menos opciones de denunciar, buscar ayuda o hacer algo que los ponga en riesgo.

Este tipo de violencia doméstica puede darse de múltiples maneras, tanto a nivel de maltrato psicológico, privación de necesidades básicas, abusos físicos e incluso abusos sexuales. En algunos casos este tipo de violencia puede llevar a la muerte al menor, sea en forma de homicidio o de asesinato premeditado.

Perfil del agresor

Si bien el desencadenante de las agresiones puede ser muy diferente según el caso, en muchos casos detrás de la violencia vicaria puede encontrarse una profunda sensación de inferioridad y falta de autovalía, las cuales generan en el maltratador una frustración que es descargada agresivamente a través de la violencia sobre otros. Al igual que ocurre con otras formas de violencia doméstica suele tratarse de hombres de entre veinte y cincuenta años de edad, si bien existen también casos en que la agresora es una mujer.

En su mayoría el agresor tiende a buscar la dominancia y el ejercicio del poder a través de la sumisión tanto de su pareja como de la los infantes, sintiéndose una figura autoritaria y disfrutando de una obediencia y control de la situación con las que se intenta compensar sus inseguridades. En ocasiones las conductas violentas pueden verse agravadas o desencadenadas durante estados de ebriedad u alteraciones de consciencia.

Efectos en el menor

El padecimiento de este tipo de violencia van a generar sobre el menor una serie de efectos físicos y psicológicos que le van a marcar en profundidad la gran mayoría de ámbitos vitales, provocando una serie de perjuicios graves en su desarrollo.

En primer lugar uno de los efectos más inmediatos se puede observar cuando el maltrato se da a nivel físico. Las agresiones que el menor pueda sufrir pueden suponer severas lesiones que pueden llegar a requerir de hospitalización e incluso pueden llevarle a sufrir una discapacidad (según las zonas que sean lesionadas) o incluso a la muerte.

A nivel psicológico la autoestima y el autoconcepto pueden verse severamente dañados. Se observa por norma general un deterioro de la capacidad de atención y concentración, una bajada del rendimiento académico y un elevado nivel de desmotivación. Es frecuente la aparición de trastornos por estrés postraumático, con reminiscencias de las agresiones, evitación de situaciones que recuerden al maltrato y un elevado nivel de activación fisiológica. No es extraño que aparezcan también trastornos de ansiedad o del estado del ánimo como la depresión. El miedo y la anhedonia son síntomas frecuentes que incluso pueden avisar al entorno social de que el menor está sufriendo algún tipo de abuso. Los intentos de suicidio en algún momento del ciclo vital, incluyendo la infancia, no son extraños.

A nivel emocional se dificulta en gran medida la adquisición de habilidades sociales, la aparición de empatía y de problemas de autocontrol. De esto modo, se favorece asimismo la aparición en un futuro de diferentes trastornos de tipo psicótico o comportamientos antisociales, agresivos y psicopáticos.

A nivel social, estos menores tienden desarrollar actitudes de gran desconfianza en sus relaciones interpersonales, resultando más compleja la vinculación afectiva con terceros. Todo ello resulta de la vulneración y el abuso al que han sido sometidos, especialmente agravado por el hecho de que el agresor o agresora es una figura significativa y cercana. El hecho de que exista una vinculación afectiva hace que sea más complicado que denuncien o tomen otro tipo de acciones. También es posible que los malos tratos visualizados o sufridos sean disociados del resto de la experiencia, manteniendo una vida social relativamente normal fuera del hogar como mecanismo de compensación. No es raro que se desarrollen actitudes de sobreprotección con las personas más significativas con el fin de evitar que puedan sufrir el mismo padecimiento que ellos.

Por último, la violencia vicaria a la que se han visto sometidos puede provocar que los menores afectados adquieran los patrones de comportamiento que han podido observar, generándose un aprendizaje vicario de la situación en que a la larga pueden llegar a replicar los malos tratos al estar habituados a ellos y considerar la violencia en la familia y la pareja como un comportamiento normal.

Tratamiento

El tratamiento de este fenómeno debe abordarse desde una perspectiva multidisciplinar, en que tanto servicios sociales, sanitarios, educativos, administrativos y judiciales trabajen de manera conjunta. Con este propósito se han realizado varios protocolos de actuación en casos de maltrato infantil en el ámbito familiar.

La legislación vigente debe garantizar al menor que sufre o es testigo de abusos el derecho a la prestación de servicios asistenciales que atiendan las necesidades derivadas de la situación de violencia, siendo en ambos casos víctima de violencia doméstica y precisándose de la prevención de nuevas situaciones que puedan provocar daños físicos o psíquicos. En este aspecto resulta fundamental la detección y denuncia de casos de maltrato, motivo por el cual se han establecido diferentes protocolos de observación en instituciones como hospitales y escuelas.

A nivel psicológico es necesario el trabajo desde la psicología con las víctimas de agresiones, tanto con los menores afectados como con los adultos, independientemente de que se haya sido testigo o también se hayan sufrido agresiones. La necesidad de dar una explicación a la situación va a producir una honda frustración que han de ser capaces de expresar, siendo necesario trabajar además con las cogniciones y emociones causadas por los malos tratos.

Colaborar en el procesamiento de la situación sufrida, favorecer y promover un autoconcepto realista, evitar evitaciones conductuales y eliminar la autoculpabilización típica de un gran número de víctimas son objetivos terapéuticos comunes, que deben acometerse validando las sensaciones de los individuos y aceptándolos incondicionalmente.

Con respecto al maltratador o maltratadora, al margen de las consecuencias legales de sus actos y la medidas preventivas impuestas (tales como la orden de alejamiento) se han creado diversas terapias de rehabilitación que pretenden modificar sus conductas abusivas y mejorar la gestión de la frustración, mediante técnicas de modificación de conducta y otras técnicas de índole cognitivo y emocional.

Referencias bibliográficas:

  • Deu del Olmo, M.I. (2016). Hijos e hijas víctimas de violencia de género en la Ciudad de Ceuta. Granada: Universidad de Granada. [http://hdl.handle.net/10481/43005]
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  • Save The Children (2006). Atención a los niños y niñas víctimas de violencia de género. Análisis de la atención a los hijos e hijas de mujeres víctimas de violencia de género en el sistema de protección de la mujer. Madrid: Save the Children España.
  • Sepúlveda, A. (2006). La violencia de género como causa del maltrato infantil. Cuadernos de Medicina Forense, 12, (43-44), 149-164.
  • Vaccaro, S. (2015). Violencia vicaria: Los hijos y las hijas víctimas de la violencia contra sus madres.