Hay ciertos mitos acerca de la infancia según los cuales lo que nos ocurre durante los primeros años de vida determina quiénes seremos en nuestra adultez. Por ejemplo, mucha gente cree que la personalidad de los padres “se pega” a sus hijos e hijas a causa de la convivencia, pero los datos muestran que esto no ocurre.

Sin embargo, sí es cierto que en la niñez hay vivencias que dejan una profunda huella en las personas. El maltrato verbal en la infancia es uno de esos fenómenos que, si se repite de manera sistemática durante varias semanas o meses, pueden llegar a dejar una huella profunda en nuestra identidad.

Pero… ¿de qué manera ocurre este proceso por el cual unas palabras nos cambian? A continuación veremos cuál es la lógica que hay detrás de todo esto.

El maltrato verbal durante la niñez: por qué deja huella

Existen muchos tipos de violencia más allá de la violencia física. En parte, las agresiones tienen un componente psicológico que no hay que pasar por alto. Sin embargo, en ocasiones olvidamos que del mismo modo en el que cualquier acto de violencia directa es un ataque contra la dignidad de la víctima, lo mismo ocurre con los insultos y expresiones de menosprecio.

Si la agresión verbal se utiliza es justamente porque tiene un efecto que va más allá de transmitir ideas. Tiene un impacto emocional. Y el impacto emocional que el maltrato verbal tiene sobre los niños y niñas se articula a través de dos procesos diferenciados. Veámoslos.

La priorización de lo negativo

Como víctimas, somos especialmente sensibles a los estímulos que pueden ser interpretados como un ataque. En general, damos más importancia a los aspectos negativos de la vida que a los positivos. Por ejemplo, se ha visto que tras haberse realizado un ataque verbal, el uso de cumplidos realizados posteriormente no sirve para revertir los efectos negativos del ataque.

Lo anterior tiene sentido desde una perspectiva evolucionista. Como nuestra supervivencia es lo primero, en nuestro sistema nervioso se prioriza la información relativa a las señales de peligro, o las señales de una posible situación en la que estemos en desventaja. Por eso, se ha comprobado que los insultos tienen un impacto psicológico muy superior a las alabanzas o los piropos.

Del mismo modo, nuestra memoria también almacena con mayor diligencia la información relativa a las vivencias desagradables o negativas. Esto permite que las tengamos en cuenta estos hechos para no repetirlos y que busquemos señales de peligro en el presente a partir de esos datos.

El maltrato verbal es tan sencillo y tan fácil de realizar que una vez se ha empezado a usar es muy fácil que se reincida en él. Esto hace que los niños y niñas víctimas de él tengan, como información de primera mano almacenada en su memoria, muchos recuerdos relacionados con insultos y elementos similares.

La formación de la identidad

La infancia es una época convulsa, aunque no lo parezca. El cerebro se somete a una gran cantidad de modificaciones en poco tiempo, pero también hay cambios de tipo psicológico, no solo en el estrato neurobiológico.

En los primeros años de vida se forma la autoimagen, el concepto de uno mismo que influirá en el modo en el que creamos expectativas acerca de nuestras capacidades, personalidad y posibles logros de vida.

Cuando se da maltrato verbal, tal y como hemos visto, buena parte de la información acerca de uno mismo que se tiene a mano está vinculada emocionalmente a momentos desagradables, estresantes o incluso llenos de miedo. No es solo que al pensar en nosotros pensemos en el contenido de esos insultos, sino que, además, el malestar que vivimos en esos momentos es evocado por la memoria, lo experimentamos por segunda vez (aunque normalmente de un modo algo menos intenso).

Por decirlo de algún modo, la infancia es esa etapa de la vida en la que nuestras ideas son más sensibles a la influencia del entorno, y es por eso que algo tan disruptivo y violento como el maltrato verbal penetra profundamente en nuestros pensamientos y, una vez que ha afectado al autoconcepto, es muy fácil que esa influencia se mantenga y tenga repercusiones sobre la autoestima.

Así pues, cualquier señal de que uno mismo pueda ser alguien indeseable es magnificada y puede llegar a obsesionar al pequeño o pequeña, y algo parecido puede ocurrir al llegar a la vida adulta.

Concluyendo

Deberíamos dar más importancia a las vivencias que, a pesar de no involucrar violencia física, comprometen la autoestima y autoconcepto de personas jóvenes. El cerebro es muy sensible a los cambios durante la primera etapa de la vida, y es por eso que el maltrato verbal compromete su funcionamiento a la hora de pensar en uno mismo.