Unsplash

Las ansias de querer hacer que los niños gocen al máximo de esa etapa de la vida puede llevar a la sobreprotección infantil con pasmosa facilidad.

Lo que en un principio puede parecer simple ayuda y apoyo emocional, en ocasiones, se llega a magnificar y a inundar casi todos los ámbitos de la vida de los pequeños, haciendo que no puedan desarrollar las competencias personales necesarias para llegar a ir conquistando autonomía poco a poco.

Y es que si a sobreprotección resulta tan dañina es, en parte, porque no siempre es fácil diferenciarla de la amabilidad natural que los adultos muestran ante los más jóvenes. Es por eso que es muy importante reconocer las señales de que a un niño o niña se le está privando de la posibilidad de desarrollarse psicológicamente como es debido través de aprendizajes básicos.

Falloss educativos y sobreprotección infantil

A continuación puedes ver muchas de las equivocaciones frecuentes que están detrás de la aparición de niñas y niños mimados y sobreprotegidos.

1. Suponer que la educación es cosa de la escuela

Algunos padres y madres asumen la idea de que los únicos retos que deben afrontar los más pequeños de la casa son los de la escuela. Es decir, que el único lugar en el que estos deberían esforzarse en hacer las cosas se encuentra entre las paredes del colegio, y que fuera de este los padres o tutores deben ofrecer todas las facilidades posibles como "compensación".

Pero esto no funciona así; las principales competencias intelectuales y emocionales se aprenden fuera del colegio, y eso significa que hay que esforzarse en progresar una vez ha terminado el horario escolar.

2. Evitar los conflictos a toda costa

Algunos padres y maestros prefieren evitar problemas renunciando a la posibilidad de negociar con los niños cuando aparece un conflicto de interés. La idea que está detrás de esta estrategia es que el propio niño o niña ya se dará cuenta espontáneamente de que ha obrado de forma caprichosa.

Los resultados de esto, por supuesto, no son tan positivos como cabría esperar a partir de esta lógica. De hecho, una estrategia tan ingenua se traduce en algo muy simple: los pequeños se salen siempre con la suya... a menos a corto plazo, porque hacer siempre lo que se quiere es el camino más corto hacia la sobreprotección y la falta de autonomía.

3. La creencia de que la frustración es mala

La visión de un niño o niña que siente malestar o un cierto grado de frustración puede llegar a ser casi insoportable para algunos adultos, que irán rápidamente a ofrecer su ayuda y protección.

Sin embargo, conviene perderle el miedo a la posibilidad de que alguien que está pasando por la infancia pueda experimentar frustración, si esta aparece puntualmente.

La frustración es algo que los más pequeños deben poder prever y aprender a gestionar, ya que de otra forma, cuando nadie pueda ayudarlos, todo se les hará una bola y tendrán que tratar de aprender a marchas forzadas qué hacer, sin tener experiencia previa en el asunto.

4. Confiar ciegamente en el aprendizaje vicario

Algunos padres y educadores creen que el simple hecho de solucionarle n problema a un niño delante de sus ojos hace que este aprenda la lección y pueda repetir esa estrategia en un futuro.

Es cierto que el aprendizaje a través de lo que vemos que hacen otros, o aprendizaje vicario (concepto desarrollado por el psicólogo Albert Bandura), es uno de los mecanismos por los que nos adaptamos a los retos que nos plantea la vida, tanto en la infancia como durante el resto de etapas vitales. Sin embargo, en sí mismo no es suficiente, y no puede ser la única modalidad de aprendizaje.

Para dominar bien una competencia hay que participar en los problemas en los que esta debe ser aplicada. Esto lo sabrá cualquier persona que haya tratado de enseñarle informática a alguien: tomar el control del mouse y mostrarle la secuencia de clics necesarios para realizar una operación significa el olvido inmediato por parte del pobre aprendiz si no está familiarizado con el programa.

5. El error básico de las prioridades

Otro error frecuente que produce pequeños sobreprotegidos es suponer que el objetivo de la educación es caerle bien al niño o niña, que se establezca un vínculo afectivo fuerte.

Este vínculo afectivo es muy importante, pero no es en sí mismo el objetivo de la enseñanza. Por eso, resulta perjudicial premiar la falta de iniciativa y la inacción, y es necesario ir planteando retos razonables y asumibles que los pequeños puedan ir realizando. Esto no solo hará que aprendan, sino que además les hará sentir bien al notar una sensación de conquista cada vez que algo les sale bien y, por supuesto, será beneficioso para su autoestima.

6. La competición de mimos

Para educar es necesario auto-examinarse y reflexionar acerca de los motivos que nos llevan a tratar a los pequeños tal y como lo hacemos.

Y, englobada en esta tarea de análisis de las propias motivaciones, es imprescindible que nos paremos a pensar acerca de si estamos mimando demasiado a un niño o niña simplemente por la imagen social que produce educar a alguien que está siempre con todas sus necesidades cubiertas (que no necesariamente feliz).

Especialmente en el caso de los padres, esta competición de mimos que lleva a comparar el trato ofrecido a los propios hijos con el que los amigos y vecinos procuran a los suyos puede ser una tentación muy grande que debe ser evitada; a fin de cuentas, cada persona tiene una imagen poco fiable e irreal acerca de cómo se educa en casas ajenas.