¿Qué factores influyen a la hora de predecir si una persona será exitosa?

Esta es una pregunta compleja que muchos nos hemos preguntado alguna vez. Existen múltiples causas que pueden jugar a nuestro favor o en nuestra contra a la hora de determinar si, a lo largo de nuestra vida, podremos lograr ciertas metas económicas y laborales. 

Desde la procedencia socioeconómica hasta la suerte, pasando por un factor que muchas veces no tomamos en cuenta: la experiencia, especialmente la que hemos podido adquirir durante nuestra niñez.

La procedencia socioeconómica es un factor importante

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que uno de los factores importantes es la procedencia socioeconómica: si has nacido en una familia rica, tendrás mayores posibilidades de recibir una mejor formación, podrás dedicar más tiempo a estudiar, contarás con el colchón económico y los contactos familiares, etcétera. 

Sin embargo, si provienes de una familia humilde, lo tienes un poco (o bastante) más difícil en la vida: probablemente recibirás una educación formal no tan buena, quizá tendrás que empezar a trabajar antes de tiempo para contribuir a la economía familiar (pudiendo afectar a las horas que dedicas a estudiar), y puede que no seas capaz de costearte estudios superiores, aunque no te falte capacidad intelectual, méritos y motivación.

El ascensor social lleva décadas averiado, y no hay escaleras

Todo esto que acabo de explicar no es un tópico: varios estudios realizados en España y divulgados por el periódico El País ponen de manifiesto que el ‘ascensor social’ lleva averiado desde los años sesenta. El ascensor social es el mecanismo mediante el cual, en una sociedad, los humildes pueden llegar a escalar y ver mejorada sustancialmente su realidad económica personal gracias a sus méritos y a su esfuerzo

Este principio meritocrático parece quedar en entredicho cuando analizamos los datos. que apuntan a que, si naciste pobre, tienes muchas más probabilidades de seguir siendo pobre en la edad adulta. Si naciste rico, muy mal te tiene que ir para no seguir en una posición privilegiada.

La ley de las 10.000 horas de Malcolm Gladwell

Afortunadamente, hay otros factores que entran en juego a la hora de decidir si podremos tener éxito y desarrollar nuestro potencial. En este caso me he querido centrar en un factor que quizá no es tenido muy en cuenta: las experiencias que vamos adquiriendo durante nuestra infancia.

Las reflexiones que siguen forman parte de una conferencia del economista catalán Xavier Sala Martín, profesor de la Universidad de Columbia, y que nos revelan la importancia decisiva de esta etapa vital a la hora de fraguar ciertas capacidades y habilidades que nos permitan mayores probabilidades de éxito laboral en la adultez.

Los niños nacidos en la primera mitad del año tienen ventaja

Empecemos por pensar en un dato curioso. Una tendencia espectacularmente fuerte y sin motivo aparente es que, en la mayoría de equipos deportivos de élite, el 75% de sus jugadores nacieron en la primera mitad del año. Y, de hecho, hay una cantidad nimia de deportistas de alto nivel que hayan nacido en el mes de diciembre. Este dato puedes comprobarlo tú mismo mirando equipos profesionales de élite de cualquier deporte: notarás que esta tendencia es una curiosa e inquietante constante.

Si el 50% de las personas del mundo han nacido en la primera mitad del año, y el otro 50% en la segunda mitad, ¿cómo se explica que los deportistas de élite hayan nacido mayoritariamente en los primeros meses del año?

Malcolm Gladwell, el periodista que estudió este curioso fenómeno

Un periodista estadounidense llamado Malcolm Gladwell fue de los primeros en darse cuenta de esta cuestión de los deportistas y los meses de nacimiento. Sin poder explicar este fenómeno, investigó distintos estudios sociológicos.

Finalmente llegó a una conclusión, que no tenía nada que ver con cuestiones paranormales y astrológicas. La explicación era muy sencilla: para ser profesionales del deporte, los niños tienen que haber pasado por las categorías base, donde entrenan y juegan partidos. Lo que ocurre es que estas categorías base se dividen por años. Cuando los niños empiezan con 7 u 8 años de edad, juegan con los de su mismo año. Los que nacieron en 1993 con los de 1993, los de 1994 con los de 1994, y así.

Esto significa que los niños que nacieron en enero de 1993 y los que nacieron en diciembre de 1993 juegan en el mismo equipo. A esas edades, una diferencia de un año tiene una gran incidencia: los de enero son más altos, más fuertes, más ágiles, más listos… y los entrenadores, que además de entrenar también quieren ganar los partidos, acaban concediendo más minutos de juego y responsabilidades a los niños de enero. Son los que juegan, no solo más minutos, sino los que tiran los penalties, los que juegan los minutos decisivos… y por tanto adquieren más experiencia.

La enorme importancia de la experiencia que adquirimos (o no) durante la infancia

Esta dinámica se va acentuando y consolidando conforme van avanzando en las categorías base: al año siguiente, los niños de enero siguen siendo un año mayores y además tienen más experiencia. A cada año que pasa, mayor es el cisma de experiencia entre los niños de principios de año y los niños de finales de año.

Una vez los niños han crecido, por ejemplo cuando tienen 20 años, las diferencias físicas entre unos y otros han desaparecido. Lo que queda es una gran diferencia en la experiencia de los jugadores: los niños de enero han tenido muchas más posibilidades de entrenar y jugar más minutos, por tanto son mejores jugadores (con meritorias excepciones, claro). Al final, esta experiencia de años es un factor clave para predecir si uno podrá llegar a la élite, o no.

Para triunfar en algo, dedícale 10.000 horas

Malcolm Gladwell, a raíz de la reflexión sobre el motivo por el cual los deportistas de élite son los que más experiencia tienen, formula una teoría: para ser muy buenos en algo, debemos dedicarle por lo menos 10.000 horas. Es necesario entrenar 10.000 horas para poder ser realmente bueno en algo y poder destacar por encima de los demás, ya sea programando webs, jugando a baloncesto, tocando un instrumento…

Esta es una moraleja aplicable a cualquier ámbito de la vida laboral. Pero caben otras reflexiones. Por ejemplo, se me ocurre lanzar una pregunta al aire: ¿están los equipos deportivos de las categorías infantiles demasiado enfocados al resultadismo? Porque bien podemos pensar que a los niños de diciembre están sufriendo una discriminación estructural que afecta a su potencial para desarrollar sus habilidades.

Implicaciones educativas: el Efecto Pigmalión en los niños

De hecho, el ámbito deportivo puede ser solo un reflejo de un modelo educativo que comete errores parecidos. Cuando evaluamos a los niños en base a unos parámetros rígidos, los niños de diciembre tienen más probabilidades de sacar peores notas. 

Esto no debería ser nada preocupante, puesto que un mayor esfuerzo y el paso de los años debería ir nivelando estas pequeñas diferencias entre alumnos de principios de año, y los de finales. Sin embargo, el Efecto Pigmalión nos explica que los adultos depositamos en los niños ciertos anhelos y deseos que pueden ayudar a que el menor conforme un autoconcepto sano y aprenda a avanzar hacia ciertos objetivos y retos, que le permitirán madurar. Claro está que esto también puede darse en sentido inverso: profesores que pueden influir negativamente en el autoconcepto de muchos “niños de diciembre".

Te invito a que conozcas más sobre el Efecto Pigmalión: "El Efecto Pigmalión: cómo los niños acaban siendo los anhelos y los temores de sus padres"