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El concepto de desarrollo de la personalidad puede describirse como el proceso vital por el que transcurre todo individuo donde se establecen unas bases y directrices de carácter y comportamiento determinadas a partir de las cuales se conforman los rasgos, valores y formas de funcionamiento organizados y estables en el tiempo de dicha persona.

Estos mecanismos devienen como referencia para la persona en sus interacciones con el contexto (ambiental o físico e interpersonal o social) en el que se desenvuelve habitualmente.

Los factores de la personalidad

Así, el desarrollo se entiende como el resultado de la confluencia bidireccional entre unos factores más biológicos o internos (herencia genética) y otros factores contextuales o externos (ambiente). Entre los primeros se incluye el temperamento, que se define por una disposición emocional y motivacional intrínseca e innata que moviliza al sujeto por intereses de carácter primario.

Por otra parte, los factores ambientales pueden clasificarse en influencias comunes (normas, valores, creencias sociales y culturales externamente originadas) y las influencias personales (experiencias y circunstancias vitales particulares de cada sujeto, como por ejemplo, una enfermedad).

Puede decirse, por tanto, que a medida que el sujeto va madurando biológicamente y va incorporando nuevas experiencias y vivencias externas, va teniendo lugar el proceso de desarrollo de la personalidad propia. ¿De qué manera se va produciendo este desarrollo de la personalidad durante la infancia?

Desarrollo afectivo en la primera infancia

El fenómeno más importante que caracteriza el desarrollo afectivo del niño o niña en los primeros años de vida es la formación del apego o vínculo emocional/afectivo establecido entre el pequeño y una o varias figuras de referencia (usualmente sujetos pertenecientes al sistema familiar, aunque puede no serlo en todos los casos). El apego se compone de tres elementos: las conductas de apego, las representaciones mentales y los sentimientos generados a partir de los dos anteriores.

La función principal de la elaboración del vínculo afectivo es tanto facilitar un desarrollo adaptativo en el área emocional la cual permita al sujeto poder establecer futuras relaciones interpersonales afectivas funcionales y adecuadas, como asegurar un desarrollo de la personalidad general equilibrado. Sin este apoyo, los pequeños no son capaces de establecer vínculos afectivos necesarios para desarrollar todas sus competencias.

Al mismo tiempo, el apego genera un contexto en el que los niños y niñas pueden aprender y a explorar su entorno sintiéndose seguros, lo cual es fundamental para descubrir sus propias capacidades. Esta clase de descubrimientos darán forma a sus actitudes y a una parte de su personalidad, dependiendo de si se sienten más o menos competentes en los ámbitos que les toca vivir de manera habitual.

El proceso de formación del apego

En el proceso de formación del apego pueden distinguirse varias fases en función de la distinción que va aprendiendo a hacer el bebé sobre las personas de su entorno social. Así, en los primeros dos meses su incapacidad de discriminación entre figuras de apego y otras personas motiva que sienta buena predisposición para la interacción social en general, independientemente de la persona de que se trate.

A partir de los 6 meses, esta diferenciación se va volviendo más acusada, de manera que el niño o niña muestra su preferencia por las figuras más cercanas de proximidad afectiva. A los 8 meses tiene lugar la fase de “angustia del octavo mes” en la cual el bebé muestra su rechazo a los desconocidos o a las personas que no forman parte de su circulo de apego más próximo.

Con la consolidación de la función simbólica, a los 2 años de edad, se es capaz de interiorizar la permanencia del objeto, aun no siendo este físicamente visible, lo cual posibilita la consolidación del vínculo afectivo. Posteriormente, el niño comienza una etapa caracterizada por una búsqueda constante de aprobación y afecto del adulto, experimentando cierta dependencia emocional y mostrando nuevamente buena predisposición para la interacción social general.

Finalmente, entre los 4 y los 6 años, el interés del niño se centra en su relación con los iguales, lo cual afianza el inicio de la etapa de socialización en otros ambientes distintos al familiar, como por ejemplo, el escolar.

La conquista de la autonomía

La adquisición de la capacidad de autonomía tiene lugar en los primeros años de la infancia del niño o niña, una vez se ha empezado a consolidar el proceso de autoconcepto (como diferenciación de los demás sujetos) y comienza a superarse la dependencia afectiva del adulto para orientarse a la experimentación del mundo de forma independiente.

Al descubrir que pueden interactuar siguiendo las primeras nociones de normas, valores y creencias interiorizadas (no siempre coincidentes con la de los adultos entendidos como modelo de aprendizaje) a partir de experiencias vitales tempranas, su motivación se orienta a regir su comportamiento en función de sus propias decisiones. Así, se genera una fase de ambivalencia constante entre la necesidad de depender del adulto y la búsqueda de autonomía respecto de él, lo cual puede derivar en la manifestación de rabietas u otras alteraciones conductuales como muestra de la intención de preservar su independencia.

Este es un proceso delicado, puesto que añadido a que el pequeño puede resultar muy difícil de manejar, requiere que el adulto marque unas pautas educacionales estrictas y claras sobre el camino de desarrollo conveniente a tomar. Esta es una de las ideas fundamentales a destacar en lo referente al desarrollo de la autonomía del niño o niña.

Es importante recordar que debe existir ese equilibrio entre la libertad de acción cada vez más amplia que va adoptando el niño y el papel permanente de guía y orientación que deben desempeñar las figuras de apego y educacionales con las que cuenta el primero.

Otro punto fundamental recae en la relevancia que posee el contexto ambiental en el que se desarrolla el individuo, el cual moldea e influye considerablemente en el proceso de adquisición de la autonomía indicado. Por ello, cada individuo posee sus particularidades y no puede establecerse un patrón universal que explique este proceso de forma general. Como la mayoría de aspectos referentes al desarrollo de la persona se caracteriza por su individualidad y por la diferenciación cualitativa respecto de otros sujetos.

La autoconciencia, la autoestima y la autovaloración infantil

El inicio de la adquisición de la autoconciencia o autoconcepto se relaciona intrínsecamente con la consecución de la fase de desarrollo cognitivo de permanencia del objeto. El niño interioriza que permanece como el mismo ser en diferentes momentos o situaciones gracias a la proliferación y desarrollo lingüístico que se da a partir del segundo año de vida. A partir de ese momento el sujeto empieza a verse como ser distinto a los demás individuos y reconocer las ideas, valores, creencias, sentimientos, intereses motivaciones propias. Es decir que comienza a relacionar el medio en el que se sitúa con su yo.

Este es un proceso que se inicia en este momento cronológico; por lo tanto, esta diferenciación y establecimiento de la identidad individual no es completa en todo momento y pese a que se van asimilando los aspectos que son inherentes a su persona (personalidad) es posible que algunos procesos cognitivos y/o emocionales se produzcan de forma inconsciente.

Así, se trata de un proceso por el cual lo que los demás expresan y lo que uno interpreta a partir de sus acciones conforma una imagen de uno mismo. A su vez, esta imagen está asociada a una valoración moral de esta, lo cual hace que sea más o menos positiva dependiendo de las expectativas y preferencias del niño o niña.

El papel de la autoestima en niños y niñas

Con la aparición del autoconcepto surge de forma simultánea su componente valorativo, la autoestima. La autoestima es un fenómeno que se vincula muy estrechamente a la consecución de un desarrollo psicológico equilibrado y adaptativo. Por ello, si la evaluación que el individuo realiza sobre el propio valor como ser humano en interacción con los aspectos y cualidades más cognitivos relativos al autoconcepto es positiva, este hecho actuará como factor protector en el futuro en la prevención de alteraciones emocionales intensas, dificultades a nivel psicológico y, en mayor medida, problemas en la interacción social con otras personas.

Es muy relevante que no exista una discrepancia muy elevada entre el yo real (aquello que el individuo representa) y el yo ideal (aquello que al individuo le gustaría representar) para consolidar un desarrollo psíquico y emocional adaptativo y adecuado o equilibrado).

Otro aspecto fundamental es el papel que juegan las evaluaciones externas sobre el nivel de autoestima que presenta cada sujeto. Así, la imagen que los demás poseen de uno mismo y la valoración que realizan sobre sus competencias o conductas influyen notablemente en la percepción del pequeño sobre sí mismo.

A partir del tercer o cuarto año, la búsqueda de la aprobación por parte del adulto se relacionaría con esta cuestión, ya que esta motivación se realiza con la finalidad última de establecer un nivel aceptable de autoestima. Tal y como se ha comentado anteriormente, en esta etapa pueden surgir conflictos, a nivel de conductas de oposición del niño ante las figuras educacionales y otros adultos, derivados de la contraposición entre la protección del adulto y la búsqueda de autonomía del pequeño. Por ello, un aspecto fundamental a tener muy en cuenta deviene el estilo educativo que los padres ejercen sobre el niño.

Un estilo educativo caracterizado por una combinación equilibrada entre control/disciplina/autoridad y afecto/comprensión parece fomentar un elevado nivel de autoestima y, además, una menor probabilidad de manifestación de rabietas y comportamiento negativista. De esta manera, es indispensable que los educadores entiendan la importancia del aumento progresivo de autonomía por parte del niño y que a medida que tiene lugar su maduración como ser humano, debe disminuirse paulatinamente el control exhaustivo de todas aquellas decisiones relativas al niño.

¿Son equivalentes la personalidad, el carácter y el temperamento?

Aunque de forma indiferenciada se han utilizado estos tres términos de forma indiferenciada, lo cierto es que no son equivalentes conceptuales. La definición de personalidad como disposición o conjunto de rasgos estables y permanentes que guían tanto la conducta, como el raciocinio y la expresión emocional de forma genérica, englobaría tanto el concepto de temperamento como el de carácter.

Es decir, que tanto el temperamento como el carácter son elementos que forman la personalidad interaccionando conjuntamente. No pueden ser aislados de manera individual, pero ayudan a comprender nuestros patrones de comportamiento de forma global y en todas las áreas de la vida.

El temperamento hace referencia a la predisposición emocional y motivacional innata cuyas manifestaciones se deben a origen biológico o hereditario, más primitivo. Es un fenómeno considerablemente estable en el tiempo y se halla sujeto en menor proporción a interferencias étnicas o culturales. Por el contrario, el carácter, de naturaleza más cognitiva e intencional, deriva de la influencia ambiental y cultural y es el producto de las experiencias vitales externas.

Referencias bibliográficas:

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  • Neil R Carbon, Psicología Fisiológica, editorial México tercera edición.
  • Galileo Ortega, J.L. y Fernandez de Haro, E (2003); Enciclopedia de la educación Infantil (vol2). Málaga. Ed: Aljibe.
  • Delval, Juan (1996). El desarrollo humano. Siglo Veintiuno de España Editores, S.A.