Psicología educativa y del desarrollo

Bullying: analizando el acoso escolar a través de la teoría mimética

Una mirada diferente sobre el problema del acoso en la escuela.

Bullying: analizando el acoso escolar a través de la teoría mimética

Imagen: Wikimedia

Déborah García Sánchez Déborah García Sánchez Psicóloga educativa

El bullying y la teoría mimética

Siempre ha existido el bullying, aun antes de que se le denominara como tal, no obstante las investigaciones al respecto han incrementado en las últimas décadas debido a la necesidad derivada de las transiciones por las que ha atravesado el ámbito social y educativo. Es evidente que ya no basta con reflexionar sobre las observaciones y los resultados de dichas investigaciones, es ahora menester ahondar en las teorías psicológicas que den respaldo a éstas y que enmarquen una mejor comprensión de la realidad, hoy tan compleja, orientando hacia acciones pertinentes que den pie a una reformulación de los paradigmas sociales.

Definición de bullying

Para analizar mejor este fenómeno, es preciso definirlo bien.

El ser humano es agresivo por naturaleza y con frecuencia, es violento por aprendizaje social, aunque su expresión conductual varíe según las culturas y los tiempos, hasta constituir un clima relacional violento, manifiesto y/o enmascarado, lo que ha llegado a ser un fenómeno social muy entendido (Gómez: 2006).

Ahora bien, ¿Qué entendemos por acoso escolar o bullying? La denominación anglosajona bullying se emplea comúnmente para referirse al fenómeno del “matonismo”. Así pues, el acoso escolar es la condición de maltrato entre pares caracterizado por el acoso y/o intimidación del abusador sobre la víctima, dentro del ámbito escolar. Por lo tanto, un alumno es victimizado cuando está expuesto de forma repetida y durante un tiempo indefinido a actos negativos llevados a cabo por uno o más alumnos.

Se produce una acción negativa cuando un sujeto, de forma intencionada, ocasiona algún daño o lesión, transgrede moral, psicológica o físicamente a otro individuo. Se pueden cometer acciones negativas de manera verbal, por ejemplo con amenazas y burlas, con engaños o incluso físicamente, mediante acciones de contacto como el empujar, golpear, patear, pellizcar, escupir. Existe, además, violencia que no es física ni verbal, por ejemplo risas, muecas, gestos obscenos, acoso libidinoso así como la exclusión o denegación a cumplir los deseos correctos y legítimos de la otra persona.

Los efectos del acoso escolar se extienden mucho más allá de los momentos concretos en los que se producen las agresiones, ya que las víctimas suelen estar ansiosas ante la perspectiva de volver a la escuela y les aterroriza la posibilidad de volver a cruzarse con el agresor.

Se considera que están inmersos en estos problemas y que en mayor o menor medida son víctimas de ellos, tanto las y los alumnos que son injustificadamente agresivos con otros, como a quienes son víctimas directas de dichas agresiones. Asimismo, son víctimas de la violencia los y las estudiantes que, sin verse involucrados de forma inmediata, lo están en forma indirecta, porque son observadores y sujetos pasivos de la misma, siendo que están forzados a convivir en situaciones sociales donde el problema se encuentra latente.

¿Por qué sucede el bullying?

El factor esencial en el bullying es el inmanente deseo humano de dominación, someter al semejante, regocijándose en su desgracia aunque ésta sea auto-infligida.

Como la UNESCO señala, la probabilidad de que la escuela sea significada por el estudiante como una experiencia emocionalmente positiva dependerá del ambiente que logren crear los alumnos y los profesores. El clima emocional de la escuela está dado por la presencia o ausencia de la violencia y otras perturbaciones en los diversos ambientes. Actualmente, de entre los distintos fenómenos de la violencia susceptibles de producirse en el ámbito escolar, se ha decidido centrar la atención de manera fundamental en aquellos que tienen como actores y víctimas a los propios alumnos, que son reincidentes y que fractura la simetría que debiera existir en las relaciones entre pares, promoviendo o favoreciendo procesos de victimización en quien es sujeto de violencia interpersonal. 

Un aspecto medular del fenómeno de acoso escolar es la existencia de un desequilibrio de fuerzas. Se trata de una constante presente en todos aquellos contextos de relaciones interpersonales en los que están juntos, de forma más o menos obligatoria, pero relativamente permanente, personas de igual estatus social que se ven obligadas por las circunstancias a compartir escenarios, trabajos o simples actividades; los alumnos que asisten a instituciones educativas se encuentran en estas condiciones, por lo que pueden, y de hecho así sucede, verse involucrados en problemas de victimización.

La mimetización: entrando en el círculo vicioso del bullying

“Hay que reconocer a la violencia un carácter mimético, de tal intensidad que la violencia no puede morir por sí misma una vez que se ha instalado en la comunidad. Para escapar a ese círculo sería preciso liquidar el terrible atraso de la violencia que hipoteca el futuro; sería preciso privar a los hombres de todos los modelos de violencia que no cesan de multiplicarse y de engendrar nuevas imitaciones”
—Irard (1983, 90).

A luz de lo anterior, la violencia escolar, desde la óptica social, se establece como un asunto de salud pública y un elemento significativo que conlleva un riesgo psicosocial debido a múltiples derivaciones en el aspecto psicológico, biológico y social.

El fenómeno de la violencia escolar no es más que la reverberación de la subversión agresiva que se desprende desde los núcleos familiares y en la sociedad en general. El aforo de la violencia escolar se columbra por un deterioro de las relaciones horizontales entre pares así como verticalmente, entre profesores, padres y alumnos, siendo el más notorio y preocupante, desde mi perspectiva, el maltrato de los alumnos hacia los profesores e instituciones, el cual atiende en gran medida, a la consideración que docentes y escuela deparan al alumnado, al influjo social y principalmente a la formación en el hogar. 

Déborah García Sánchez Déborah García Sánchez Psicóloga educativa

Analista académica licenciada en Psicología con especialidad en Psicología Educativa. Maestría en Evaluación para la Calidad Educativa por el Colegio de Puebla A.C. (COLPUE).