Una de las consecuencias de la presión social dirigida hacia la población femenina. Unsplash.

Que la sociedad actual nos presiona mucho para dar una imagen atractiva y deseable no es ningún secreto. Hace ya décadas que se escribe sobre cómo en países aparentemente libre existe una tendencia a hacer que todos los ciudadanos encajen en un molde de lo que es considerado estético, agradable de mirar. Y que esta presión recae especialmente sobre las mujeres tampoco es algo que sorprenda a nadie.

Este fenómeno está relacionado con el pensamiento de “me siento vieja”, muy común en mujeres adultas de una gran variedad de edades. Sin embargo, al contrario de lo que se podría llegar a pensar, el aspecto personal no es lo único que explica este fenómeno. Sí, es cierto que existe una obsesión con las arrugas, la piel que pierde firmeza y las canas, pero el problema, aunque en parte psicológico e imaginado, va más allá. Comprender esto es fundamental para dejar de sentir esa angustia y tristeza que una gran parte de la población femenina sufre.

En este artículo nos centraremos en lo que pasa cuando una mujer se siente vieja a pesar de no ser muy mayor, dado que en las personas de la tercera edad que sienten la vejez como algo malo, el problema es de otra naturaleza.

La pregunta inicial: ¿por qué me siento vieja?

A la hora de aliviar el malestar de este tipo, todo pasa por comprender cuáles son las razones materiales que nos llevan a sentirnos viejas incluso mucho antes de haber entrado en la etapa vital de la vejez, y a sentirnos mal por ello. Merece la pena remarcar esto último, ya que la vejez en sí no tiene por qué ser algo que produzca tristeza; aunque a la práctica vaya de la mano de ciertas limitaciones físicas, cómo la experimentamos al llegar a esta fase depende de cómo valoramos esas limitaciones, no la vejez en sí.

En las mujeres que se sienten muy mayores a pesar de no pertenecer a la tercera edad, lo que ocurre es que el concepto de la vejez actúa como “puente” entre el modo en el que imaginamos que se siente la vejez real, por un lado, y la situación actual, por el otro. ¿Y por qué ocurre esto? Fundamentalmente, por lo que la sociedad dicta que debe ser una mujer, no por el hecho de haber entrado en lo que biológicamente es la tercera edad.

Durante siglos, las mujeres han sido sexualizadas hasta el extremo, hasta el punto de convertir la reproducción en su tarea principal, junto a los cuidados del hogar, que es el sitio en el que deben ser protegidos y educados los frutos de esa reproducción. Y como el reloj de la reproducción corre algo más rápido que el de la esperanza de vida, durante la etapa más temprana de la juventud se concentra toda la presión social para tener hijos, mientras que al haber pasado esa etapa vital, las menores posibilidades de tener bebés son asociadas a la vejez en general, y a la inutilidad en particular.

Por mucho que hayamos avanzado mucho en materia de sexismo, la idea de que el objetivo principal de la mujer es atraer a un buen marido y tener hijos sigue pesando en el modo en el que inconscientemente valoramos a las mujeres. En un contexto en el que el rol reproductivo de las mujeres es recordado constantemente, los más pequeños indicios de envejecimiento, que suelen aparecer alrededor de los 25 años, pueden hacer que aparezcan pensamientos obsesivos. En ocasiones, ni siquiera es necesario haber visto señales objetivas de envejecimiento: es muy común que chicas de 19 o 20 años se sientan viejas al anticipar el momento en el que dejarán de verse tan jóvenes, y considerarlo como próximo.

¿Qué hacer para desprenderse de ese malestar?

Tal y como hemos visto, el pensamiento de “me siento vieja” se basa en una paradoja. Por un lado, se apoya en una preocupación imaginaria, que normalmente no está basada en ninguna característica concreta del propio cuerpo que sea objetivamente dañina o lo vuelva menos funcional. Por el otro, no es simplemente un problema perteneciente a la mente de la mujer como individuo, sino que existe porque ser una mujer de una cierta edad tiene ciertas consecuencias sociales indeseables a causa del sexismo.

Cualquier iniciativa que una mujer quiera emprender para dejar de sentirse mal por tener la edad que tiene pasa, necesariamente, por emprender acciones para evitar que sea el resto de la sociedad la que le asigne menos valor por no ser una post-adolescente. Así, algunas propuestas útiles a seguir son las siguientes.

1. No dejes que tu cultura se limite a lo mainstream

La cultura mainstream es aquella que reproduce los vicios culturales más enraizados y generalizados, y si una mujer se expone exclusivamente a ella, es mucho más probable que sienta toda la presión social vinculada a los roles de género.

Por eso, frecuentar entornos sociales en los que la idealización de la extrema juventud tenga menos poder y sea cuestionada, resulta muy beneficioso, ya que aporta una mirada crítica que permite dejar de ver lo que se siente como un problema exclusivamente propio, y pasar a verlo como la consecuencia de un fenómeno social e histórico, que puede desaparecer en el futuro.

2. Buscar redes de solidaridad femenina

Esta medida se parece a la anterior, y tiene que ver con dejar de depender solo de la aprobación masculina, cuya percepción de la mujer, tradicionalmente, ensalza la extrema juventud. El simple hecho de rodearse de más mujeres con esta visión crítica de lo que la sociedad espera de ellas es muy beneficioso.

3. Desmitificar la reproducción

Tal y como hemos visto, el rol reproductor asignado por la sociedad forma parte del núcleo del problema. Si se dice que los hombres envejecen mejor y más lentamente que las mujeres, es en parte porque la presión reproductora no recae sobre ellos: si son padres de familia o no importa mucho menos que si una mujer es o ha sido madre o no.

Así pues, dejar de hacer que la propia vida gire en torno a la creación de una familia, como si no se pudiese ser feliz al margen de esta (independientemente de si existe esa familia a o no), es parte de la solución para dejar de sentirse vieja en el mal sentido del término.