La fobia a la sangre, también conocida como hematofobia, es una de las fobias que generan más interés, posiblemente por una razón bastante sencilla: son muchas las personas a las que no les agrada ver sangre, y por lo tanto pueden llegar a plantearse si experimentan hematofobia o no.

Sin embargo, que no existan demasiados fans de la sangre y las heridas no significa que la fobia a la sangre sea algo generalizado, ni mucho menos. La propia definición de lo que se entiende por fobia indica que solo se dan en lo casos en los que los niveles de estrés y malestar asociados a un tipo de estímulo dañan la calidad de vida de la persona y le impiden realizar actividades cotidianas con naturalidad. Es por eso que la hematofobia tiene implicaciones mucho más graves que el simple hecho de intentar no herirse.

A fin de cuentas, la fobia a la sangre es una alteración psicológica que en ocasiones es motivo de intervención psicológica. Este tipo de fobias pueden llegar a ser un problema, pero en la mayoría de los casos los síntomas se pueden mitigar hasta un punto en el que casi no interfieren con la vida diaria. Pero para saber a través de qué mecanismos se puede "curar" la fobia a la sangre antes hay que entender qué es y en qué procesos psicológicos se fundameta.

¿Qué es la fobia a la sangre?

La hematofobia consiste en un miedo a la sangre (y las situaciones que se perciben como relacionadas directa o indirectamente con ella) que resulta incapacitante para llevar una vida normal. Así, la fobia a la sangre puede aparecer al ver esta sustancia, pero también al ver o imaginar un pinchazo de vacunación o una herida en la que se ha formado una costra, entre otras muchas situaciones. En definitiva, los síntomas de la fobia a la sangre tienen que ver tanto con las percepciones más básicas y “crudas” relacionadas con la sangre como con las ideas algo más abstractas que guardan relación con ella.

Pero además de estar asociada al miedo a la sangre propia o ajena, la hematofobia se fundamenta en otra vertiente del pánico: el temor a los propios síntomas que generan estas crisis. Es por eso que la fobia a la sangre se basa en parte en el fenómeno del miedo al miedo, característica que comparte con fenómenos como la agorafobia.

Por lo tanto, el miedo que está detrás de la fobia a la sangre no tiene que ver con el dolor físico en sí, sino con la idea de la sangre fluyendo y derramándose. Se trata de un terror más irracional que práctico, ya que de lo que se huye no es de las situaciones que ponen en peligro nuestra vida o la de alguien, sino de las señales de estas situaciones potencialmente peligrosas.

Los síntomas de la hematofobia

Lo que hace única a la fobia a la sangre es que las crisis que produce terminan desembocando en desmayos con bastante frecuencia, algo que no ocurre en otros tipos de fobias. Aunque desmayarse esté relacionado con los ataques de pánico, lo cierto es que este no es un síntoma típico de la mayoría de las fobias, que se manifiestan a partir de una subida de tensión repentina, la aparición de niveles extraordinariamente altos de estrés y el sentimiento de necesidad de abandonar el lugar y alejarse el estímulo que ha desencadenado el episodio.

La fobia a la sangre, sin embargo, el episodio fóbico tiene dos fases, en vez de una sola. Después de ritmo cardíaco y la entrada en estado de alerta, se produce una bajada brusca de tensión que en ocasiones ocasiona desmayos al hacer que no llegue suficiente oxígeno al cerebro. De este modo, la segunda fase de la hematofobia anula los efectos de la primera e incluso hace que la presión sanguínea caiga en picado.

Así pues, los síntomas de la fobia a la sangre reflejan el funcionamiento difásico de este fenómeno. Entre los síntomas típicos de la hematofobia se encuentran los mareos y desmayos, los  ataques de pánico, las náuseas y la sensación de un profundo asco.

¿Cuáles son las causas de la fobia a la sangre?

Los motivos por los que aparece la fobia a la sangre no se conocen con exactitud, aunque según se ha podido comprobar el hecho de descender o no de una familia en la que alguien experimente hematofobia es un factor muy potente a la hora de estimar las posibilidades de que se tengan episodios fóbicos de este tipo; la fobia a la sangre es explicada en parte por la genética.

También se considera que la hematofobia puede desarrollarse como resultado de experiencias pasadas, es decir, a partir del aprendizaje y los recuerdos. No es extraño considerar que la hematofobia puede surgir como consecuencia de las vivencias, teniendo en cuenta que esta sustancia suele aparecer en ocasiones dolorosas o desagradables. Así pues, desde la  perspectiva conductista la fobia a la sangre puede ser causada al asociar este estímulo al dolor que genera un accidente, tratamientos de salud, etc.

¿Puede ser útil la fobia a la sangre?

También se ha llegado a proponer que la fobia a la sangre podría estar basada en un mecanismo de supervivencia que en ciertas ocasiones puede resultar útil. A fin de cuentas, la bajada repentina de la presión sanguínea hace que en caso de que esta sustancia brote de heridas propias, se pierda menos cantidad. Sin embargo, esta hipótesis basada en el potencial adaptativo de la bajada de tensión no deja de ser más bien una especulación difícil de comprobar.

De todas formas, hay que dejar claro que la principal característica definitoria de la fobia a la sangre es que no es útil en absoluto, sino todo lo contrario. Aunque la evolución pudiera haber favorecido la difusión de ciertos genes relacionados con la hematofobia, las condiciones de vida del ser humano moderno son muy distintas a las de hace cientos de miles de años. Hoy en día los análisis de sangre y las vacunas tienen suma importancia, y el hecho de que cada día interactuemos con muchas personas y nos expongamos a todo tipo de actividades (entre las que se encuentran ver imágenes reales o ficticias en las que aparece sangre) convierte la fobia a la sangre en un problema que, dependiendo de su intensidad, puede llegar a ser muy incapacitante.

Combatiendo la fobia a la sangre

¿Se puede “curar” la fobia a la sangre? Existen múltiples tratamientos y estrategias para enfrentarse a la hematofobia, pero ninguno se basa en la lectura de textos; ponerle freno a la fobia a la sangre requiere un acercamiento en vivo al tema y a la realización de ciertos ejercicios bajo la supervisión y el trato personalizado de un experto.

Entre las herramientas más útiles a la hora de hacer desaparecer la hematofobia se encuentran las que se suelen utilizar en el transcurso de las  terapias cognitivo-conductuales, que tienen base en el enfoque conductista y ponen énfasis en la desensibilización para que nos acostumbremos a la sangre.

Una de las técnicas más utilizadas en esta y otras muchas otras fobias es la exposición gradual al estímulo fóbico, en este caso la sangre. A lo largo de varias sesiones, a persona con fobia diagnosticada va exponiéndose poco a poco a situaciones que le producen ansiedad, yendo de las más leves a las que implican un contacto más directo y cercano con la sangre.

Otra útil herramienta es el aprendizaje de instrucciones que se deben seguir mentalmente de manera secuencial y que tienen que ver con la implementación de técnicas de relajación y las rutinas de acercamiento a lo que produce miedo.

Merece la pena buscar una solución

Experimentar mareos cuando se realizan extracciones de sangre es algo relativamente frecuente, pero no tiene por qué ser sinónimo de hematofobia. La fobia a la sangre puede ser más o menos grave y se puede presentar de manera más o menos severa y molesta, pero siempre conlleva problemas relacionados con el día a día y no tanto con experiencias puntuales.

Experimentar fobia a la sangre supone pasar por problemas relacionados con la evitación de tratamientos médicos y vacunas, negarle la ayuda a personas heridas, evitar la realización de tareas en las que hay una mínima posibilidad de causarse heridas (cocinar, ir de excursión, etc.) o, en el caso de las mujeres, no poder plantearse la posibilidad de dar a luz. Por eso merece la pena acudir a especialistas certificados y recibir su atención personalizada y un diagnóstico que permita planear  tratamientos.