Una de las consecuencias del ritmo de vida actual y de las elevadas exigencias a las que constantemente estamos expuestos, es el aumento del estrés crónico, así como  episodios de depresiónansiedad en población de todos los rangos de edad.

Asociadas a estas variables de tipo social, contamos además con otras de tipo personal que agudizan estos estados, como son una  baja tolerancia a la frustración o a las emociones negativas, o un mal abordaje de las experiencias personales o sentimientos complejos que nos afectan en el día a día. En la sociedad actual, uno de los recursos más habituales para afrontar el malestar psicológico ante muchas de estas presiones está siendo la automedicación con psicofármacos, pudiendo llegar a un abuso de la misma y convertirse en un problema añadido.

Pero: ¿son necesarios los psicofármacos?

En muchas ocasiones sí lo son. La medicación psiquiátrica puede ser de gran ayuda para encauzar un problema psicológico o de conducta en un momento concreto y puntual de la vida de la persona. Recordemos que este tipo de sustancias tienen como función principal regular la acción de ciertos neurotrasmisores, mejorando algunos de los síntomas que padece el afectado.

Además, en  trastornos mentales graves en los que existe un desajuste elevado, sabemos que la medicación es estrictamente necesaria y que tiene una función crucial para la adaptación del paciente, aunque no puede dejarse de lado la intervención psicológica y familiar que suele acompañar a este tipo de casos.

Los efectos psicológicos de automedicarse con psicofármacos

Sin embargo, en otros muchos casos, el uso de los fármacos está siendo excesivo y mal canalizado como la solución a un malestar psicológico que surge ante problemáticas cotidianas o síntomas que no justifican su uso. La prescripción de psicofármacos debe ser pautada por un facultativo e ir acompañada de un tratamiento psicológico adicional si quieren mantenerse mejoras a largo plazo. Sabemos mucho de los efectos secundarios a nivel fisiológico del uso de estos fármacos, pero es relevante destacar también los efectos secundarios de tipo psicológico que quedan en la persona a nivel de autoeficacia o de percepción de resolución de los problemas.

La mayoría de los problemas que crean sufrimiento en los pacientes que piden ayuda son de origen psicosocial, no de origen bioquímico, de modo que si no se encuentra la verdadera causa y origen del problema, difícilmente se llegará a una solución, y tampoco se podrá retirar el fármaco (cuya finalidad es la estabilización transitoria del síntoma, y no la medicación crónica como solución sostenida).

Consumir fármacos sin control profesional: una auténtica ruleta rusa

El verdadero problema de la automedicación es la utilización de medicamentos por propia iniciativa, sin que haya prescripción médica, control o diagnóstico profesional asociado a tal fármaco. Es una práctica que tenemos muy normalizada como un modo de tapar síntomas con cierta inmediatez, ¿cuántos de nosotros nos hemos tomado una pastilla para un dolor de cabeza, de espalda o para dormir en algún momento de nuestra vida? En estos casos en los que tratamos un resfriado, una molestia puntual, estaríamos hablando de una automedicación responsable y limitada en el tiempo.

Los problemas comienzan cuando la automedicación se prolonga en exceso o se establece como un recurso para controlar un síntoma molesto, pero sin tratar el origen del mismo. Es frecuente en tal caso que la persona crea que necesita tal medicación para desenvolverse en su día a día o enfrentar sus problemáticas. Concretamente, y en especial, nos referimos a los psicofármacos antidepresivos, ansiolíticos e hipnóticos cuyo consumo se está normalizando a medio y largo plazo cuando las propias indicaciones del fármaco tienen límites temporales de uso.

Efectos (físicos y psicológicos) del mal hábito de automedicarse

Aparte de los típicos efectos a nivel físico cuando se consume un químico, señalaremos la tolerancia, abstinencia y dependencia resultante cuando se toman algunos de estos fármacos sin control por largos periodos de tiempo.

Sin embargo, como el efecto más importante que queremos destacar es a nivel psicológico, por la falta de control o responsabilidad ante la mejora. El consumo de fármacos para la resolución de problemas psicológicos facilita el desarrollo de lo que se conoce como  locus de control externo al desviar la mejora a un recurso externo e independiente de la persona. Un paciente con sintomatología de depresión o ansiedad puede aprender que necesita la medicación para estar mejor y actuar sobre su estado, no aprender que él es capaz de actuar sobre su estado para mejorar. En ocasiones este efecto puede dificultar el avance del paciente al no adquirir los recursos propios necesarios para resolver por sí mismo una determinada situación.

Ejemplos y posibles soluciones

Pongamos un ejemplo, una persona con cierto  grado de ansiedad social que experimenta gran malestar ante determinadas situaciones termina desarrollando un trabajo de cara al público en el que pasa mucha ansiedad, afectándole a su ejecución. Las vías de solución requieren dejar el trabajo (que no es una opción porque necesita sostenimiento económico), buscar activamente otro trabajo, recurrir a medicación para la ansiedad, que tendrá que seguir tomando siempre que mantenga ese trabajo o aprender a afrontar la situaciones sociales de otro modo, con un plan de tratamiento que incluya trabajar la ansiedad, habilidades sociales y autoestima entre otras cosas.

En casos como este, lo que intentamos reflejar es que la huida o tomar fármacos son métodos de evitación del problema real, que no aportarán nada al crecimiento o al aprendizaje personal a través de la experiencia. Medicación si, pero siempre con supervisión y para casos que lo requieran.