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La sede de las emociones se encuentra en el cerebro, y no en el corazón, como pregonan parte de la literatura y el arte en general. Concretamente, en una serie de circuitos neuronales, en su mayoría enterrados en las profundidades del cerebro, conocidos comúnmente como sistema límbico o paleomamífero.

De hecho, todas las patologías psicológicas conocidas por el hombre se caracterizan por un déficit o un exceso emocional. Es decir, las enfermedades mentales pueden definirse básicamente como estados afectivos que por alguna razón, escapan de su rango de normalidad.

A su vez, ese déficit o exceso emocional es ocasionado por diferentes desequilibrios químicos y disfunciones en las regiones del sistema límbico y otras zonas adyacentes que participan en la supervisión y regulación del estado anímico. A continuación veremos los síntomas asociados a la depresión y la ansiedad, dos de los estados emocionales que más se asocian a los trastornos.

Los síntomas del desajuste emocional en la depresión

La depresión se caracteriza por la exacerbación de algunas emociones que, en su justa medida son beneficiosas para la persona, como la tristeza, la culpa y la vergüenza. Quien padece este problema, entra en un estado de tristeza profunda que lo lleva a llorar o sentirse angustiado buena parte del día. Como corolario, comienza a culparse a sí mismo por lo que le pasa, y se siente afligido por preocupar a sus amigos y seres queridos.

Convencido de que se ha convertido en una pesada carga para su familia, la sensación de vergüenza se dispara y muchas veces el paciente deprimido empieza a pensar que lo mejor que podría pasarle es morir, puesto que la enfermedad le impide ver un horizonte más o menos promisorio.

Por supuesto, usualmente nada de esto es cierto. Lo que ocurre es que el desbarajuste de estas emociones, que se desvían de su cauce normal, terminan por enturbiar el proceso normal de razonamiento del paciente enfermo, alterando sus sistema de creencias, tiñendo completamente su percepción, empujándolo a pensar que es un ser inútil, reprobable, incapaz de valerse por sus propios medios, y que en consecuencia es esperable que termine sumido en la más absoluta ruina social y económica, abandonado por todos aquellos a quien quiere, y librado a la fatalidad de su inexorable y funesto destino.

Los síntomas en la ansiedad

Otro cuadro psiquiátrico signado por emociones descontroladas es lo que se conoce como trastorno de ansiedad generalizada. En este caso, el sentimiento preponderante es la preocupación derivada del miedo, y la falsa certeza de que algo malo irremediablemente está por ocurrir.

Tal y como su nombre lo indica, la persona con ansiedad generalizada se preocupa por todo, y lo que es peor, todo el tiempo; desde que se levanta hasta que se acuesta, no puede dejar de pensar en la familia, la salud, la economía del hogar, el trabajo y un sinfín de cuestiones mundanas y del día a día, como por ejemplo, que el fin de semana debería ir al supermercado por su compra de alimentos semanal, la posibilidad (sin prueba alguna) de que su pareja le sea infiel, o lo que puede haber pensado el vecino que vive al lado, a quien la semana pasada por descuido olvidó saludar cuando se lo cruzó en el centro comercial.

La preocupación constante, omnipresente, lleva a la persona a un estado de vigilancia continuo, y resulta fácil identificar a alguien afligido por esta afección: son individuos que se han vuelto impacientes, desconfiados, quejosos, acelerados, y que viven permanentemente a la defensiva, pues creen que deben estar siempre alerta para prevenir y evitar las inminentes desgracias que creen que la vida les depara.

Como no pueden relajarse nunca, tampoco logran disfrutar de nada. Incluso actividades que deberían ser placenteras como ir al cine, salir a comer afuera, o la fiesta de cumpleaños de un primo cercano se convierten en un incordio, en una fuente de estrés antes que de satisfacción.

En tanto la persona con ansiedad no comprende que la mayoría de sus temores son infundados, el cuadro tiende a cronificarse, y muchas veces entra en lo que yo denomino la “fase de agotamiento”, que no es otra cosa que un estado de depresión, consecuencia de la frustración que se siente ante la imposibilidad de controlarlo todo, y del cansancio físico y mental que conlleva el monitoreo permanente de las muchas pero improbables acechanzas, riesgos y peligros que ofrece el mundo.

Ampliando el repertorio de emociones

Ahora bien, ¿qué podemos hacer para librarnos de algunas enfermedades como la depresión y la ansiedad patológica? Pues bien, una forma natural de contrarrestar el problema es procurando minimizar los focos de estrés y maximizar el abanico de emociones agradables que somos capaces de experimentar.

El esfuerzo de psicólogos y psiquiatras se orienta en estos casos a restablecer el normal funcionamiento emocional del paciente azotado por la enfermedad. En este sentido, se le ayuda a gestionar productivamente sus emociones negativas, y a identificar sus emociones positivas, para que pueda potenciarlas y sacarles el máximo provecho posible.

Tan pronto como esto se logra, la forma en que el individuo percibe al mundo empieza a mejorar. El entorno deja de ser un lugar frío y amenazante; su realidad se transforma, se vuelve más afable. La conjunción de ambas estrategias da forma a la mejor receta para librarse de la enfermedad y encaminarse hacia el bienestar personal y la felicidad.