Ser bipolar significa, en un sentido coloquial, tener un humor cambiante, pasar de la tristeza a la alegría, y de la alegría al enojo, a propósito de nimiedades, en cuestión de pocos minutos, de manera impulsiva e impredecible, a lo largo de todo el día.

Ser bipolar implica, también en su significado más popular, pasar del amor al odio en las relaciones sociales. En síntesis, es sinónimo de una gran inestabilidad emocional y cambios súbitos en la conducta de la persona que desconciertan a todo el mundo.

Pues bien… Nada más alejado de la verdad. Aclaré antes que la descripción era en un “sentido coloquial”, es decir, lo que la gente común, en líneas generales “cree” que es ser bipolar. Sin embargo, la bipolaridad tiene que entenderse como un concepto ligado a lo que se conoce como trastorno bipolar.

El propósito de este artículo es hacer una descripción de algunas manifestaciones conductuales típicas del trastorno bipolar que pueda ayudar al reconocimiento rápido y efectivo del trastorno por parte de familiares o amigos de la persona afectada, facilitando la consulta apropiada con un especialista en salud mental.

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¿Qué es el Trastorno Bipolar?

El trastorno bipolar es una alteración rara y bastante incapacitante en muchos aspectos, que vuelve ingobernable el estado anímico de quien la padece, pero que nada tiene que ver con lo expuesto hasta ahora.

Se trata en realidad de una alteración mixta, que combina episodios de depresión profunda, que pueden durar meses enteros, con episodios de manía, que suelen durar días o semanas.

La manía en la bipolaridad

Todos sabemos a grandes rasgos qué es la depresión: un trastorno del estado de ánimo en el que la tristeza, frustración o incapacidad para experimentar sentimientos vinculados a la alegría resulta incapacitante para la persona que lo vive. Ahora bien, ¿qué es la manía? Pues nada más ni nada menos que un estado de alegría exacerbada.

Durante el ciclo de depresión, la persona bipolar se siente hundida en el más profundo y oscuro de los abismos. En casos graves, incluso llega a perder el interés por cuestiones básicas que hacen a la supervivencia, como alimentarse; y menos aún siente deseos de bañarse, ir a trabajar o salir con amigos. Se encuentra en un estado de indefensión y desesperanza en el que nada tiene sentido.

Pero cuando la persona con trastorno bipolar se recupera de la tristeza, invariablemente se va al otro extremo, a la alegría patológica comúnmente denominada manía. De ahí el término “bipolar”.

Una persona en estado maníaco se siente eufórica, rebosante de energía, lo que la lleva a cometer toda clase de imprudencias y extralimitaciones. En los episodios de manía el curso del pensamiento se acelera, al igual que la fluidez verbal, que muchas veces llega a convertirse en una verborragia imparable, en la que es muy común la carencia de una línea directriz en el discurso, la asociación de ideas alejadas a propósito de nexos arbitrarios o de significado personal, las bromas pueriles y los chistes desubicados, que el individuo no alcanza a reconocer como tales, considerándolos como sumamente divertidos.

Las consecuencias de la etapa maníaca en el Trastorno Bipolar

Cuando se instala la manía, la conducta completa se desorganiza. El exceso de vitalidad hace que la persona no sienta la necesidad de dormir y se lance a una sociabilidad desenfrenada que la lleva a hacer amigos con facilidad en todas partes, y a concurrir en forma maratónica a toda clase de fiestas y eventos que encuentre.

Las relaciones sexuales indiscriminadas y sin ningún tipo de protección también son frecuentes ya que aparece cierta sensación de valentía e invulnerabilidad. Incluso hay casos de personas que siendo heterosexuales en estado normal, se embarcan en relaciones homosexuales incitadas por la pura curiosidad, y la abrumadora necesidad de explorar nuevas vivencias que hagan circular la adrenalina por su torrente sanguíneo.

Toda clase de conductas de riesgo aparecen en esta enfermedad, al mismo tiempo que la capacidad de autocrítica o autocontrol se bloquea. Es común el abuso de sustancias como el alcohol o las drogas, la conducción temeraria a alta velocidad, y el desafío o desprecio hacia toda forma de autoridad en rigor de un acusado sentimiento de omnipotencia.

Es por esa razón que de la alegría a la suspicacia, la paranoia y la abierta hostilidad hacia los demás, haya solo un paso en los casos en las que el trastorno bipolar pasa por la fase de la manía. Resulta común que la persona interprete de manera equivocada aquellos comentarios ambiguos que puedan hacer los demás entendiendo que son ofensas personales y desatando en consecuencia riñas o peleas físicas que involucran con frecuencia a los desprevenidos parientes, amigos o allegados.

Más aspectos poco conocidos sobre este trastorno

En una sola noche de casino, una persona cuya bipolaridad haya dejado paso a un estado de manía puede apostar en la ruleta el sueldo completo de un mes, ya que su capacidad de juicio se encuentra profundamente alterada, momentáneamente secuestrada por un optimismo exagerado: puede llegar a creer que ella sola hará saltar la banca.

También suele ser usual en los casos de trastorno bipolar la saturación de las tarjetas de crédito en tal solo unas pocas horas, por compras compulsivas y descontroladas. Cuando esto ocurre, y la familia de la persona enferma decide acudir en busca de ayuda profesional, muchas veces no queda otra alternativa que prescribir la internación, de modo que el paciente pueda recibir y adherir el tratamiento farmacológico y psicológico de rigor en estos casos, en base a estabilizadores del estado del ánimo y terapia.

Esencialmente se trata de una enfermedad que tiene su origen en desequilibrios químicos y disfunción de ciertas áreas cerebrales, que no pretendo explicar aquí para no matar de aburrimiento al lector. Por el momento, me conformo con esta pequeña contribución en pos de clarificar o echar algo de luz sobre una de las enfermedades mentales más tergiversadas y menos comprendidas por la sociedad.