Biografías

​Anna Freud: biografía y obra de la sucesora de Sigmund Freud

La hija de Sigmund fue una de las principales referencias de la corriente psicodinámica.

​Anna Freud: biografía y obra de la sucesora de Sigmund Freud
Arturo Torres Arturo Torres Psicólogo

Cuando se habla sobre psicoanálisis resulta casi inevitable pensar específicamente en Sigmund Freud, un personaje histórico que, más allá de suponer el inicio de una corriente de pensamiento, ha llegado a ser uno de los iconos más populares y reconocibles. 

Sin embargo, la corriente psicodinámica, que es la rama de la psicología no científica que fundó Freud, tuvo ya desde principios del siglo XX muchos otros representantes que defendían una visión de la psique significativamente distinta a la del padre del psicoanálisis. Por ejemplo, este es el caso de Anna Freud. Hoy explicamos su vida, su obra y sus teorías más relevantes.

Psicoanálisis: Freud, Jung y Adler

Alfred Adler y Carl Gustav Jung son dos de estos ejemplos. Fueron pensadores excepcionales que no tardaron en alejarse de las propuestas de su mentor y llegaron a fundar distintas corrientes dentro de la psicodinámica (la psicología individual y la psicología profunda, respectivamente).

Sin embargo, parte de los sucesores de Sigmund Freud reivindicaron las obras de su maestro y trabajaron abrazando la mayor parte de los planteamientos de este, para expandir y matizar las ideas relacionadas con el psicoanálisis "clásico". Anna Freud, la hija de Sigmund Freud, fue una de estas personas.

Los primeros años de Anna Freud

Anna Freud nació en Viena en el año 1895, y fue la última hija del matrimonio formado entre Sigmund Freud y Martha Bernays. En esa etapa su padre estaba ideando los fundamentos teóricos del psicoanálisis, así que ya desde muy joven entró en contacto con el mundo de la psicodinámica. De hecho, durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial solía asistir a las reuniones del Círculo Psicoanalítico de Viena. Poco después, entre 1918 y 1920, empezó a psicoanalizarse con su padre.

Es en esta época cuando Anna Freud deja de trabajar como institutriz y decide dedicarse al psicoanálisis. En concreto, se dedicó al psicoanálisis con niños y niñas. Entre 1925 y 1930, Anna Freud empieza a impartir seminarios y conferencias para formar a psicoanalistas y educadores, convencida de que la práctica y teoría psicoanalítica creada por su padre podía resultar de mucha importancia durante los primeros años de vida de las personas, que es cuando se interiorizan las normas sociales y pueden quedar fijados traumas determinantes . También publica su libro de Introducción al Psicoanálisis para Educadores.

Es también en esta época cuando surge uno de los choques de trenes más relevantes de los primeros años del psicoanálisis: la batalla teórica que libraron Anna Freud y Melanie Klein, otra de las pocas mujeres psicoanalistas europeas de principios de siglo. Ambas sostenían ideas totalmente opuestas en muchos aspectos relacionados con la evolución de la psique con la edad y los procedimientos que se debían seguir para tratar con niños y adolescentes, y ambas recibieron mucha cobertura mediática. Anna Freud, además, recibió el apoyo de su padre.

Llevando más allá el psicoanálisis

En los años 30, Anna Freud empezó a revisar la teoría freudiana sobre las estructuras psíquicas del ello, el yo y el superyó. A diferencia de Sigmund Freud, muy interesado en el ello, lo inconsciente y los mecanismos ocultos y misteriosos que según él gobiernan la conducta, Anna Freud era mucho más pragmática y prefería centrarse en aquello que nos hace adaptarnos a los contextos reales y las situaciones cotidianas.

Este tipo de motivaciones hicieron que centrase sus estudios en el yo, que según Sigmund Freud y ella misma es la estructura de la psique conectada directamente con el entorno, la realidad. Dicho de otra forma, si Sigmund Freud proponía explicaciones sobre cómo el yo y el superyó tenían el papel de evitar que el ello impusiera sus intereses, Anna Freud entendía el yo como lo más importante de la psique, al ser la parte que actúa como árbitro entre el superyó y el ello. De este planteamiento surgió poco después la llamada psicología del yo, cuyos representantes más importantes fueron Erik Erikson y Heinz Hartmann.

Pero volvamos a Anna Freud y sus ideas sobre el yo.

Anna Freud, el yo y los mecanismos de defensa

A mediados de los años 30, Anna Freud publicó uno de sus libros más importantes: El Yo y los mecanismos de defensa.

En esta obra intentó describir de manera más detallada el funcionamiento de las estructuras yoicas de las que años antes había hablado su padre: el yo, el ello y el superyó. El ello, según estas ideas, se rige por el principio del placer y busca la satisfacción inmediata de sus necesidades y pulsiones, mientras que el superyó valora si nos acercamos o nos alejamos de una imagen ideal de nosotros mismos que solo actúa noblemente y ajustándose a la perfección a las normas sociales, mientras que el yo está entre las otras dos e intenta que el conflicto entre ellas no nos dañe.

Anna Freud resalta la importancia del yo como válvula de escape que hace que la tensión acumulada por un ello que ha de ser reprimido constantemente no nos ponga en peligro. El yo, que es la única de las tres estructuras psíquicas que tiene una visión realista de las cosas, intenta entretener al ello para que sus exigencias se retrasen hasta el momento en el que el hecho de satisfacerlas no nos ponga en riesgo, a la vez que negocia con el superyó para que nuestra autoimagen no se vea seriamente dañada a la vez que hacemos esto.

Los mecanismos de defensa son, para Anna Freud, las artimañas que el yo utiliza para engañar al ello y ofrecerle pequeñas victorias simbólicas, ya que no puede satisfacer sus necesidades en el mundo real. Así, el mecanismo de defensa de la negación consiste en hacernos creer a nosotros mismos que el problema que nos hace sentirnos mal, simplemente no existe; el mecanismo de defensa del desplazamiento hace que redirijamos un impulso hacia una persona u objeto con el que sí podemos "desquitarnos", mientras que y la racionalización consiste en sustituir una explicación sobre lo que ha pasado por otra que nos haga sentirnos mejor (puedes ver más mecanismos de defensa en este artículo).

Asentando las bases de la teoría freudiana

Anna Freud no destacó por ser especialmente rompedora, más bien todo lo contrario: aceptó el grueso de las ideas de Sigmund Freud y las amplió en lo relativo al funcionamiento del ello, el yo y el superyó.

Sin embargo, sus explicaciones sirvieron para darle un enfoque más pragmático y no tan oscuro al psicoanálisis. Que sus planteamientos clínicos y educativos sean realmente útiles o no es un tema totalmente distinto.

Arturo Torres Arturo Torres Psicólogo

Licenciado en Sociología por la Universitat Autónoma de Barcelona. Graduado en Psicología por la Universitat de Barcelona. Posgrado en comunicación política y Máster en Psicología social.

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